| coordinación precisa entre las diferentes fases del proceso productivo exigida por la elaboración de un valor de uso de gran complejidad como es el producto perecedero. Es precisamente el carácter perecedero del producto manejado por estas industrias, en el que el tiempo que transcurre entre la recolección y la llegada al punto de venta es un factor de competitividad absoluto, así como las exigencias de los mercados a los que hay que atender en cuanto factores de diferenciación y calidad (calibres, color, apariencia, etc.), lo que está en la base de unas empresas cuyas disposiciones organizacionales son cada vez más sofisticadas. Quizás el condicionante más importante para la organización de la producción en estas empresas se derive de las determinaciones de la norma de consumo. En concreto, son las estrictas exigencias de los clientes o de los mercados donde el producto obtiene una mayor valorización. La continua demanda de normalización y diferenciación en la producción para acceder a los mercados de mayor valor, implica reducir al máximo la variabilidad de los factores que pueden incidir sobre las características del producto agrícola, lo cual supone aumentar su nivel de complejidad organizacional. Al mismo tiempo, la fragmentación de la norma de consumo y de los mercados, obliga a las estrategias de competitividad de las empresas a afrontar ese desafío. La búsqueda de nichos de mercado por diferenciación de los productos, es la vía. Es decir, producir teniendo en cuenta los gustos de los consumidores específicos. Por tanto, también la empresa agrícola está dejando atrás la era de la producción en masa de objetos indiferenciados, y entrando en la fase postfordista del consumo diferenciado. Estas estrategias de variedad están sobredeterminadas e inducidas por las grandes cadenas de comercialización a las que "prestan un servicio" las empresas productoras. Esta articulación de los productores con las redes comerciales se hace en términos de extrema dependencia. Son las superficies comerciales las que definen los parámetros de calidad, tamaño, etc. con cambios frecuentes de forma arbitraria para levantar barreras de entrada al mercado. Estos cambios implican un caudal de riesgos y problemas a los productores, amen de la continua variabilidad de los precios a menudo en períodos de tiempo muy cortos, siempre presionando hacia abajo. La lógica que rige un complejo de producción-comercialización anudado en términos de dependencia, y ayudado por la propia inmovilidad de las empresas productoras para articular estrategias ofensivas con capacidad de imponer a los mercados sus propios parámetros de calidad, productos innovadores, gamas específicas, etc., termina imponiendo un mercado de trabajo con unas características muy contradictorias. Por un lado, se elevan las cualificaciones del trabajo, e incluso se requieren nuevas categorías profesionales, mientras que por otro lado se ahonda en la precariedad y eventualidad del trabajo como forma de abaratar costos. Trabajo etnificado, trabajo fluido1 La agricultura industrial está generando de forma creciente una acusada dualización de las cualificaciones de trabajo, que es al mismo tiempo una polarización de las condiciones de empleo. Mientras que está experimentando un incremento de las cualificaciones hacia arriba (gerencia, ingenieros, etc.), hacia abajo abre un amplio proceso de desvalorización y descualificación del trabajo manual. La extrema flexibilidad de la relación salarial ha sido la estrategia empresarial sistemáticamente buscada como forma de abaratar costes laborales. Ello ha supuesto una degradación muy importante de las condiciones de trabajo. Esta situación llama la atención, pues siendo una agricultura que depende tanto en cantidad como en calidad del trabajo asalariado, sin embargo, esta dependencia no ha posibilitado a los trabajadores agrícolas un mayor control sobre sus condiciones de trabajo y de empleo, ni ha generado un movimiento organizativo de los mismos. Más bien al contrario, las relaciones laborales en las agriculturas mediterráneas han profundizado la eventualidad, incrementando la intensificación del trabajo (de los 800.000 asalariados inscritos en el Régimen Especial Agrario de la Seguridad Social, solamente un 1% son trabajadores fijos), han externalizado las funciones de reclutamiento, administración, gestión, transporte y disciplina de los obreros a toda una serie de intermediarios o contratistas liquidando así la relación directa entre empresa y trabajador-, han proliferado los destajos unilateral e informalmente decididos por los contratistas antes de la recolección, en fin, se ha constituido un tipo de trabajo de extrema fluidez. Esto ha sido factible mediante la movilización continua en el tiempo de categorías sociolaborales altamente vulnerables al interior de la organización social del trabajo, principalmente mujeres e inmigrantes, es decir, sujetos que por su débil posición en la estructura social tienen una escasa capacidad de hacer valer su cualificación y por tanto de ejercer un poder de negociación de las condiciones de venta de su fuerza de trabajo. La etnificación del trabajo ha sido claramente la estrategia desplegada por las políticas de reclutamiento y gestión empresarial de la mano de obra. Para la progresiva segmentación étnica del mercado de trabajo en la agricultura industrial ha sido fundamental el recurso a los flujos de trabajadores inmigrantes que han venido llegando a las regiones mediterráneas españolas desde finales de los 80. Una mano de obra segmentada en función de la procedencia nacional y/o étnica garantiza una serie de características bien atractivas para las empresas: disponibilidad, estabilidad, extrema flexibilidad, disciplina, trabajo barato poco exigente, etc. Puede afirmarse que la historia del exitoso crecimiento de las agriculturas mediterráneas es la historia de la búsqueda continua de una oferta de trabajo vulnerable y disponible. Me centraré en una de esas agriculturas, el complejo hortofrutícola de la Región de Murcia, para ejemplificar cómo se ha venido constituyendo ese flujo de trabajo barato. Podemos establecer una sucesión de diferentes estadios en cuanto a las prácticas y relaciones de trabajo con relación a las estrategias de acumulación de la agricultura industrial murciana. En un primer momento, se produce una aceleración del ritmo de los procesos económicos la transformación agraria hacia los cultivos intensivos es posible, primero, con la llegada del trasvase Tajo Segura (finales de los 70), y segundo, con la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea (1986) que garantiza el acceso a mercados muy competitivos-, al tiempo que persisten y se reproducen viejas prácticas de gestión empresarial de la mano de obra a través de la eventualidad, precariedad, desregulación, etc. Ahora los trabajadores de la agricultura industrial se ven sometidos cada vez más a la disciplina del cronómetro y del flujo en cadena regulado tecnológicamente, con objeto de satisfacer las necesidades de cumplimiento con los estrictos tiempos de llegada del producto al mercado. Es en estos años cuando puede observarse un primer momento de segmentación étnica del mercado de trabajo agrícola murciano con respecto a las cuadrillas de población gitana, a las que a menudo se le paga un jornal más bajo o bien se le asignan las tareas más duras, como la recogida del pimiento de bola o el algodón, en condiciones de pago a destajo.
1 A lo largo de este apartado se utiliza material empírico procedente de la investigación "Condiciones de trabajo en el sector agroalimentario", realizada para el Consejo Económico y Social de la Región de Murcia (2001). |