Ecuador DEBATE Nº 49
TEMA CENTRAL
MEDIOS, IMAGENES, Y LOS SIGNIFICADOS POLITICOS DEL "MACHISMO"
X. Andrade*
Son los sectores populares los que se perciben a sí mismos como "inherentemente" machos, mientras que la burguesía, para poder representarlos, es demandada de probar su masculinidad, de construirla como el pueblo la imagina, de configurar el tamaño de los genitales de acuerdo a las proporciones que la obscenidad manda. Es la audiencia en las calles la que establece el orden de esta "economía política visual" y el lugar de los genitales dentro de ella.
Durante los últimos nueve meses [Octubre 1998Junio 1999] estuve dedicado a hacer una investigación etnográfica en la ciudad de Guayaquil sobre construcciones culturales de la masculinidad, o sea sobre como la gente entiende, actúa y produce "lo masculino". Mi foco de atención, sin embargo, se vio inevitablemente dirigido hacia la violencia como efecto de su visibilización masiva vía la declaratoria del estado de emergencia en la Provincia del Guayas desde Enero pasado. Utilizando reflexiones antropológicas sobre masculinidad para articular mi análisis, este artículo intenta hacer una lectura de la cultura política durante el estado de emergencia en Guayaquil considerando, aunque preliminarmente, tres estudios de caso. Analizo la expansión de ciertos géneros periodísticos, la colusión entre élites y medios y, finalmente, la apelación a retóricas postmodernistas sobre la importancia de la imagen. Mi hipótesis es que la apropiación política de discursos sobre masculinidad corresponden a manejos folklóricos de éstos, para investir al poder con connotaciones simbólicas oposicionales. Por "folklor", en este contexto, entiendo un proceso selectivo de activación de estereotipos regionalistas que opera mediante la rearticulación de elementos extraídos de catálogos costumbristas que se hallan cargados, a su vez, con significados de género.
En la primera parte discuto el impacto del género de la crónica roja en los medios de comunicación locales, especialmente la prensa escrita, puesto que la omnipresencia de este género periodístico ha sido visto por expertos en estudios culturales como un rasgo postmodernista por excelencia. Me preocupa particularmente la utilización política de la crónica roja y como este tipo de narrativa enmarca la coyuntura estudiada. La segunda sección analiza un evento específico dentro del marco del estado de emergencia, esto es la movilización del Banco del Progreso, para ejemplificar como narrativas sobre masculinidad van mano a mano de estrategias regionalistas desplegadas por las élites y los medios, y de retóricas que, siguiendo al alcalde de Guayaquil, León Febres Cordero, apelan transhistóricamente a una economía política de los genitales. Finalmente, hago una lectura sobre la cultura política "serrana" para ilustrar como estrategias para el manejo del poder supuestamente alternativas a "la costeña" léase "civilizadas", de acuerdo a sus postulantes- aluden a un mismo repertorio básico sobre el cuerpo del Estado y el de sus sujetos. Para ello, planteo que el uso metafórico del "Titanic" por parte del ex presidente, Jamil Mahuad, ejemplifica una apropiación folklórica de imágenes de industrias culturales tales como las del cine hollywoodense y enmarco este manejo en el contexto de su declarada preocupación por la construcción de "su" [propia] "imagen". Concluyo que explorar los repertorios culturales que sirven para coreografiar al Estado puede ayudar a la elaboración de lecturas etnográficas sobre la cultura política ecuatoriana a fines de los noventa.EL DOMINIO DE LA CRONOCA ROJA
Desde enero del 99 ha imperado un, así llamado, "estado de emergencia" en la Provincia del Guayas, cuya vigencia ha sido extendida por lo menos hasta el presente [Junio 1999] . Tal declaratoria fue oficialmente justificada como la única vía para combatir la delincuencia local, consagrando percepciones generalizadas sobre Guayaquil como una ciudad fuera de control. Contradiciendo las optimistas versiones que acompañaron a su decreto inicial, el mismo que otorgaba una cobertura máxima de dos meses tal como estipula la constitución ecuatoriana para este tipo de situaciones, la emergencia ha sido dos veces extendida bajo declaratorias de una "lucha a muerte" para repetir la retórica oficialista- susceptible de ser renovada por decreto. Después de una espectacularización secuencial de hechos violentos por parte de los medios para hacer visible y masificar la idea del surgimiento de "una ola incontenible" de violencia a través de los últimos meses de 1998, el decreto fue una decisión política que no por coincidencia resultó paralela al urgente malestar local por mayor atención gubernamental y el rechazo a políticas neoliberales. En vista de que movilizaciones públicas fueron suspendidas, la emergencia fue una carta política que, de alguna manera, ha servido para controlar la protesta social a costo de la violación cotidiana de los derechos humanos. Lo importante es distinguir entre el momento en que se hace visible el fenómeno de la violencia, vía medios, y los hechos objetivos. Por distintas razones políticas, en determinadas coyunturas el Estado y los gobiernos locales construyen, crean y hacen públicas estas, así llamadas, 'olas' de violencia independientemente de si, efectivamente, el problema ha empeorado o no.
El estado de emergencia ha sido contraproducente para el gobierno a varios niveles: desde una exacerbación de posiciones antigubernamentales, pasando por la evidencia del corte regional y una profunda desconfianza frente a las fuerzas represivas. La dimensión que interesa discutir por ahora es que, la medida, paradójicamente, si bien sirvió para contener una respuesta social que podía haber sido potencialmente catalizada por distintos frentes políticos, simultáneamente dejó en esa capacidad a fragmentos elitarios cuya fuerza política, una vez activada por la crisis del sistema financiero, lideró manifestaciones masivas bajo retóricas de tinte regional/regionalista, imponiendo una dinámica que ha atravesado la discusión global sobre lo político a lo largo del año 99.
Ampliamente aclamado por ciertas élites políticas y económicas de la ciudad cuyas exigencias fueron canalizadas monolíticamente por la prensa local y nacional, la ciudad fue militarizada, los mínimos derechos ciudadanos abolidos, la libertad de reunión pública suprimida. La participación de los medios en esta coyuntura, sin embargo, no puede ser reducida a su papel como tecnología del poder ni tampoco a su rol central en la construcción ideológica de los fenómenos sociales en determinadas coyunturas políticas. Por el contrario, una dimensión que el estado de emergencia ha evidenciado es la participación directa de los medios tanto en la construcción del problema como en las estrategias para su tratamiento. Esta dimensión es mejor ejemplificada por la participación de representantes de la Asociación Ecuatoriana de Radio y Televisión quienes se convirtieron en miembros del comité organizador, supervisor y de control del estado de emergencia.
El primer punto que quiero resaltar es que el lenguaje dominante utilizado por autoridades, élites y medios, tanto para referirse al estado de emergencia en Guayaquil cuanto a las manifestaciones antigubernamentales que ocurriera paralelamente en Quito, es el de la guerra, un lenguaje masculino por excelencia (Rosemberg 1993, Cohn 1993). "Luchar hasta que los malos ciudadanos, los delincuentes, sean sometidos al orden del Estado", "defender los derechos de los ciudadanos honrados", han sido frases de mediano calibre. El tratamiento del estado de emergencia bajo el uso de una retórica guerrera mucho más exacerbada es solamente un ejemplo de como la crónica roja se ha convertido en un género dominante en los medios para referirse a la realidad social. La influencia de la crónica roja, a su vez, debe ser vista en el marco de procesos mayores resultantes de la globalización de las industrias culturales cuya traducción local resta todavía por historizar.
A nivel visual, las primeras planas de periódicos locales estuvieron dominadas por imágenes de jóvenes manifestantes en actitud ofensiva, sea lanzando piedras o, en uno de los casos más sonados, sin embargo excepcional, portando un arma [El Universo, 1/13/99; Hoy, 1/29/99]. Las fotografías concernientes al estado de emergencia revelarían una doble dinámica: impotencia y prepotencia. Por un lado, se retrata la incapacidad de contener a la delincuencia organizada cuando, por ejemplo, se presentan en primer plano fotografías de guardianes privados y de policías agazapados para combatir a un enemigo fantasmagórico y esquivo, cuando la nota de prensa se refiere a un acto delictivo común [U, sin fecha]. Por otro lado, imágenes de quienes fueron motivo privilegiado de la represión estatal, esto es los ciudadanos comunes y, entre ellos, los jóvenes por ser un grupo poblacional más susceptible de ser afectado, fueron presentados casualmente revelando el hecho de que ser sometidos a requisas o directamente como objeto de abusos policiales es algo que está naturalizado en el medio, esto es sin que tales actos sean enmarcados como denuncias [U, 1/25/99, "fueron sometidos con ejercicios como flexiones de pecho y cuclillas"], o disolviendo marchas en contra de los excesos policiales como en el caso de los familiares de un ciudadano asesinado por la policía a fines del primer mes de emergencia [U, 1/26/99, "la policía justificó su actuación argumentando el estado de emergencia"].
Finalmente, en uno de los casos ilustrativos de las múltiples contradicciones internas al discurso mediático, en el quinto mes del estado de emergencia una vez que los discursos dominantes abogaran por una mayor efectividad y especialización en la lucha armada y las denuncias sobre atentados contra los derechos humanos se incrementaran- una noticia plantearía la anhelada comunión entre tecnología, vigilancia y represión, como para marcar el debut del nuevo papel otorgado a las fuerzas armadas después de la declaratoria de paz con Perú. La noticia es presentada inicialmente en primera plana bajo el título de "Patrullaje aéreo ante delincuencia", dando cuenta de "un masivo operativo" militar contra "diferentes cooperativas de la Isla Trinitaria y Las Malvinas". Poco parece importar tanto a la prensa cuanto a las fuerzas represivas el hecho de que ambas áreas suburbanas sean bien conocidas por hallarse bajo el control de caciques locales poderosos, fácilmente identificables, pero igualmente intocables debido a sus conexiones políticas. La prolongación de la noticia, en páginas interiores, sin embargo, revela más bien la total inoperancia militar. A pesar de que el título, "Militares combaten por aire y por tierra la delincuencia", tiende a reforzar un mensaje contrario, esto es victorioso, los resultados de este operativo se reducirían a que, una vez que los militares descendieran de helicópteros, después de varias horas de vigilancia aérea aparentemente guiados por tecnologías de supervisión envidiables, allanarían el domicilio de un ciudadano inocente, hecho que es revelado, en cambio, a nivel fotográfico. La imagen muestra al ciudadano en primer plano, quien es adicionalmente identificado por su nombre, entregando sus documentos de identificación ante la mirada visiblemente frustrada de los uniformados [U, 5/7/99]. En otro lugar, he argumentado que al despliegue armado durante el estado de emergencia, ha seguido una política de espectáculo y de simulacro, y este es un buen ejemplo de la participación de los medios en tal estrategia, aunque, como en este caso, con resultados contradictorios.
Al enmarcarse los fenómenos sociales bajo el género de crónica roja por parte de los medios, la retórica de guerra ha sido subrayada. Así, por ejemplo, proyectos para reformular la legislación para extender penas y hasta la instauración de la pena de muerte, suspensión del derecho de habeas corpus, reinstauración de ejércitos parapoliciales para patrullar la ciudad (los escuadrones volantes), mayor sofisticación del armamento a utilizarse, etc. El resultado, este ya no meramente retórico, es, sí, de guerra: calles vacías, ciudadanos atemorizados o enfilados por días para intentar legalizar sus documentos mientras son maltratados por la burocracia, cárceles abarrotadas con presos de estratos populares, equipos enteros de indorfútbol barrial encarcelados por "sospechas", ciudadanos comunes de sectores pobres asesinados, desaparecidos y/o torturados.
No curiosamente, este mismo tipo de narrativas acompañarían las estrategias represivas implementadas durante el primer régimen neoliberal en Ecuador, siendo el discurso de los medios sobre la delincuencia casi calcado al de finales de la década pasada (v. Andrade 1994). Como hace poco más de diez años, asaltantes disfrazados como militares son, probablemente, la mejor alegoría de la conjunción de los intereses del terror puesto que actualiza el carácter construido de tales intereses y la participación de los medios de comunicación en dar un empujón a agendas represivas y/o estrategias de contención de la protesta social cada vez que programas económicos anti-populares entran en vigencia. Si a fines de la década de los ochenta las pandillas juveniles y la narcoguerrilla sirvieron como invenciones adecuadas para afirmar políticas represivas que se extendieron a vastos sectores populares, a fines de los noventa una delincuencia que es retratada como super sofisticada ocupa ese lugar en la "imaginación autoritaria". No es coincidencia tampoco que, en ambas coyunturas, la utilización política de la violencia social coincidiera con la implementación de políticas económicas neoliberales por parte de los gobiernos de turno (el ultra-conservador Febres Cordero a fines de los ochenta, y el neo-conservador Mahuad a fines de los noventa).
Por "imaginación autoritaria" entiendo a la conjunción de diversas tecnologías de poder en la construcción de imágenes que circulan masivamente de acuerdo a coyunturas políticas particulares, siendo las más importantes para el caso a mano, la prensa, los gobiernos nacional y local, los aparatos represivos, la Iglesia y fracciones de la élite guayaquileña. Utilizo esta noción para distinguirla de "cultura autoritaria", puesta en boga por la ciencia política para referirse al comportamiento electoral de las masas en Guayaquil. Con esto trato de enfatizar a la violencia y el autoritarismo como creaciones culturales que se originan desde distintos bloques de poder y que no se hallan meramente personalizadas sino que operan gremialmente configurando campos de poder específicos dentro de los cuales una economía visual particular es inscrita. Así, tanto imágenes cuanto prácticas discursivas estructuran y producen relaciones sociales.
Esta noción también involucra una concepción de la estética del poder como construida tanto desde el Estado como desde sus sujetos, de ahí que el "clamor popular" para que se declare a la ciudad en emergencia también debe ser tomado en cuenta. Las formas en las que los sujetos resisten o negocian estos procesos, sin embargo, son estudiados en otro espacio (v. Andrade en prensa). Por lo tanto, aquí no estoy argumentando que los, así llamados, "auges delictivos" son pura creación ideológica sino que su emergencia como "problema" en la esfera pública y en los medios está lejos de ser espontánea o neutral. Su periódica visibilidad está siempre precedida y es exacerbada por retóricas masculinistas que buscan restituir la idea de control y de orden en base a imágenes de "guerreros" ["decisión", "acción", "agresión", "valentía", "lucha", "ataque", "exterminio" son todos estos términos que tienen una valoración masculina y que son activados políticamente] que supuestamente conducen una lucha por el bien de la sociedad.
Finalmente, los medios de comunicación ejercen una agencia cotidiana en la imposición de un orden de género signado por distintas formas de violencia. Inicialmente salta a la vista el caso del tabloide Extra, impreso desde hace un cuarto de siglo y con una circulación nacional que parece competir con los periódicos de mayor audiencia . Desde mi perspectiva, Extra no solo ejemplifica magistralmente una fusión entre la violencia de la crónica roja y el despliegue de imágenes estereotipadas sobre heterosexualidad, también documenta los dramas y las ansiedades de las relaciones heterosexuales con sus secuelas de "traición", "abandono", y, muchas veces, castigo, crimen, y/o suicidio . Sin embargo, Extra es visto como un medio dirigido a los sectores económicamente desposeídos de la sociedad, cuya avidez, siguiendo esta línea de interpretación, por noticias de sangre, de traición, y de drama, parecería no tener límites.
El lenguaje de crónica roja, sin embargo, domina el tratamiento de noticias en todos los medios, impresos y televisivos. Un ejemplo es la popularidad alcanzada por los "docudramas" en televisión que recrean hechos de sangre para presentarlos como si fueran noticias, hechos y no recreaciones. El género de docudrama puede ser visto, siguiendo a Olalquiaga (1992) como la construcción de un "simulacro perfecto", donde se da una mezcla totalmente cínica de hechos y de ficciones que cobran autoridad sobre la base de la legitimidad de las imágenes transmitidas. Este análisis desde los estudios culturales, subraya que la captación del género documental originalmente utilizado como arma de denuncia para confrontar "historias" oficiales- por parte de los medios masivos, tiene implicaciones amenazantes. Al ser presentada una historia como recreación de un hecho real se tiende a borrar el carácter subjetivo y ficticio de tal recreación (op.cit: 11). Llevando este argumento a nuestro estudio de caso, la realidad, así constituída se encuentra enmarcada en retóricas de crónica roja. La violencia del lenguaje utilizado para referirse a hechos reales se ha consagrado como un elemento no solo legítimo y articulador del discurso periodístico en general, sino en el dominante. Desde esta perspectiva, si Extra es estigmatizado por el resto de la prensa elitista como un medio que, por ser "sensacionalista", se dedica a la explotación de la violencia, la función del resto es todavía más perniciosa políticamente tal como se ilustra en los ejemplos expuestos y en coyunturas como la presente.
UNA ECONOMIA POLITICA DE LOS GENITALES
En esta sección exploro el tratamiento mediático de las pocas movilizaciones masivas autorizadas por el actual régimen durante el estado de emergencia para ilustrar como diferentes discursos sobre masculinidad son activados por representantes del poder político local y nacional. Para recapitular, el estado de emergencia ha tenido como una de sus principales consecuencias la legitimación de un sector de las élites guayaquileñas como líder de la movilización popular. El siguiente análisis estudia la manifestación callejera con motivo del cierre del Banco del Progreso, basado en Guayaquil, un hecho detonante en la crisis financiera actual que ha servido como catapulta para el despliegue de sentimientos regionalistas, desde la costa y desde la sierra por igual, en la esfera política.
Después de haber sido anunciada su presencia por reporteros radiales y televisivos como si de la cobertura de un torneo pugilístico o deportivo se tratase, la frase con la cual el alcalde de Guayaquil abre su primer discurso a media tarde de Marzo 22 de 1999, desde los balcones del Municipio de Guayaquil, recuerda la centralidad de algunas de las cuestiones que me conciernen: la conexión entre discursos sobre masculinidad, los medios de comunicación y la esfera política en el Ecuador contemporáneo. "Yo no me agüevo jamás!", vocifera Febres Cordero para abrir su discurso desde los balcones de la alcaldía, causando el estruendo de una manifestación calculada por uno de los medios que cubriera en vivo el evento, en decenas de miles de personas. La alocución inicial de Febres Cordero, sin embargo, no fue producto de un exabrupto ni tampoco la extensión de una simple idiosincracia masculinista. León fue primero posicionado por las masas para que respondiera a los cantos de éstas de: "León, no te agüeves!".
De acuerdo a connotaciones locales, "agüevarse", o sea la falta de huevos, generalmente para enfrentar algo, subraya el carácter situacional y contextual de la virilidad. El acto de agüevarse denota una falta de virilidad de carácter pasajero que la arenga masiva trata de impedir para avanzar en su agenda política. El "yo no me agüevo jamás" de Febres Cordero intenta, por su parte, brindar un carácter estable a una virilidad vista por las masas como potencialmente frágil, por más que se trate de un personaje que es percibido generalmente como ilustrativo de una forma de masculinidad local. Para ilustrar la adulación de los medios hacia este patriarca local, el periódico El Universo, por ejemplo, ha descrito la aparición de "el burgomaestre" Febres Cordero a la mesa redonda semanal que otorga a los periodistas locales, como mostrándose "con su cabello leonino y su guayabera blanca. Sale acompañado de sus colaboradores cercanos, a manera de un séquito real. Atraviesa el salón como un torero en traje de luces o un tenor que va a interpretar un aria en solitario. Entre saludos y apretones de manos para los caballeros, sonrisas amables y palabras cariñosas para las damas, se dirige hacia la mesa que preside la sala, para sentarse en la única silla que tiene como emblema la Estrella de Octubre, la silla del alcalde " [U, 4/16/99].
Contraponer las adulaciones de la prensa local requiere, paradógicamente, volver al contenido y al performance de las arengas de las masas y, así, tratar de discernir, siguiendo a Gutmann (1996), los significados locales otorgados al machismo, esta vez en tanto arma política. El "aguevamiento" alude a algo más que a la ausencia material y/o al tamaño de los genitales del alcalde, revela una cara que la masculinidad dominante lucha por ocultar: esto es, que la masculinidad no tiene un carácter estático y, por lo tanto, no es incuestionable ni inamovible. Es por eso que la pretensión de un carácter estable e inmóvil de la masculinidad de Febres Cordero según la misma nota, sus dejos monásticos, sus pasos de tauromaquia, y sus performances operáticos- requiere, a pesar de todo, una confirmación pública, de ahí el "jamás" de su apertura. Ese "jamás" revela la paradoja central de una virilidad construida como si fuera a toda prueba, puesto que la implicación es que inclusive bajo situaciones de crisis el individuo portador de tal virilidad sigue portándola como una esencia que caracteriza a su carácter masculino, una esencia que, sin embargo, requiere de una afirmación pública y, por lo tanto, revela su carácter como construcción cultural.
Volviendo a las connotaciones locales y a los comentarios de los participantes de la marcha, ese "jamás" no es un dejo excesivo de una figura patriarcal y autocrática, no es un rasgo temperamental, no es un exabrupto, es una necesidad a la cual Febres Cordero se ve requerido de llenar puesto que, como miembro de la burguesía, él también es percibido por los atendientes como un "aniñado", esto es como alguien quien por su dinero, por su poder, por su educación, y por su acceso a comodidades ha visto separada su masculinidad de la fortaleza física que las masas sí poseen "naturalmente". Son los sectores populares los que se perciben a sí mismos como "inherentemente" machos, mientras que la burguesía, para poder representarlos, es demandada de probar su masculinidad, de construirla como el pueblo la imagina, de configurar el tamaño de los genitales de acuerdo a las proporciones que la obscenidad manda. Es la audiencia en las calles la que establece el orden de esta "economía política visual" y el lugar de los genitales dentro de ella (para una discusión sobre esta noción v. Poole 1997; sobre la posicionalidad de los genitales en representaciones sobre el poder, v. Butler 1992). Esa es la estética del poder que articula lo banal y lo obsceno como un todo, que construye a las élites y a sus medios y también a las masas (Mbembe 1992; para una crítica v. Coronil 1992). Es la vulgaridad del poder, que, como subraya Trouillot (1992) es siempre dependiente de la perspectiva del sujeto y no algo inherente, la que estructura el performance de Febres Cordero.
El siguiente paso de Febres Cordero, para aminorar el potencial efecto de su, desde la perspectiva de las calles, siempre probable, "agüevamiento", es otorgarle a tal masculinidad un carácter transhistórico, prolongarla y proyectarla hacia el "auténtico pueblo huancavilca, el pueblo de Guayaquil", a quien el alcalde se refiere a renglón seguido [Extra, 3/23/99]. Febres Cordero, por lo tanto, hace un doble movimiento para sacar a su masculinidad de la historia y de los rasgos culturales que estigmatizan a la élite a la cual se pertenece: en primer lugar, intenta reafirmar los rasgos esenciales de su carácter masculino individual [guayabera, bravura, capacidad de confrontación, de dar la cara, de ser frontal, de luchar junto al pueblo] como innatos y no como algo construido. En segundo lugar, afirma que ese mismo tipo de rasgos caracterizan al pueblo Huancavilca, vienen pasándose de generación en generación, están más allá de la historia. Febres Cordero concluye su discurso: "La gente [guayaquileña] está esperando [la presencia del presidente serrano Mahuad] como gente culta, como todo un caballero". Añadiendo: "de pie, con orden, con disciplina, con paz". Ese es el Guayaquil, madera de guerrero, como dice la canción y lo corean los asistentes pero solamente cuando la esencia estable desde tiempos prehispánicos que constitutiría el carácter guerrero guayaquileño ha sido debidamente teatralizado frente a ellos.
En otras palabras, para llegar a ese ejercicio de trasvestismo que va del tamaño de sus genitales gestado en tiempos pre-incaicos a una declaratoria de suprema caballerosidad y civilización, los huevos de Febres Cordero, que solamente desde su propia perspectiva simbolizan su "clase" en el sentido elitista de la palabra requieren una confirmación de "clase" en el sentido marxista del término, la misma que, a su vez, es expresada bajo los códigos reservados para definir al poder en tanto vulgaridad. Todos cantan la misma canción pero la entonan con genitales culturalmente percibidos en términos opuestos y codificados en el lenguaje de clase, esto es: ausentes, pequeños y/o impotentes entre las élites, y de ahí su "aniñamiento", y grandes entre el pueblo . Desde otra perspectiva, la cobertura del evento en ciernes, por lo menos por Radio Sucre y Sí TV y sus afiliados, estuvo lejos de ser imparcial. Las conexiones entre estos medios y sectores políticos afines al gobierno local son obvias y demandan una exploración detallada de la colusión de estas fuerzas en la construcción de la cultura política local. Aquí, cabe mencionar que al situar a Febres Cordero como un combatiente guayaquileño por excelencia, puesto que la frase "madera de guerrero" fue repetida al cansancio por los reporteros para referirse al caracter rebelde de los guayaquileños, y al incitar abiertamente a que el pueblo se concentrara "espontáneamente" en las inmediaciones del Municipio, los medios mismos se enmarcan en una agenda política sin mediaciones y sin reparos. El mismo proceso que vimos con el tratamiento del estado de emergencia.
Finalmente, la intervención del Ministro de Gobierno fue disminuída, nuevamente, por la recurrencia a retóricas masculinistas. Mientras que cantos popularizados en los estadios locales para vitorear al Barcelona, el club de fútbol local más popular y una verdadera máquina para la producción de importantes conexiones entre masculinidad, política y deporte, mientras tales cantos servían para corear a la figura de Febres Cordero en el escenario de la calle Pichincha, en los estudios de Radio Sucre y Sí TV, los reporteros y sus invitados harían uso de estrategias que actualizan otros estereotipos regionalistas sobre masculinidad. La frase inicial del discurso de Febres Cordero fue, también, el fin de un clima de confrontación cuasi-pugilística fomentado por los medios. Febres Cordero, al dar la cara a su audiencia local y decir "yo no me agüevo jamás!", aludía a lo que los reporteros habían remarcado a lo largo de la transmisión: que debía ser el Presidente Mahuad, en persona, y no ninguno de sus delegados, peor una mujer como la Ministra de Finanzas, cuya presencia se insinuaba probable, quien debía contestar las demandas del alcalde guayaquileño.
Ante la falta de pronunciamiento por parte de Mahuad, aunque ya el Ministro de Gobierno había presentado la postura oficial del gobierno minutos antes, aunque espectadores y oyentes no supieran de que se tratara en su totalidad puesto que la transmisión fue interrumpida por los periodistas locales, Febres Cordero enfatizaba con su presencia una masculinidad desafiante. La ausencia de Mahuad, por tanto, revelaba la fragilidad del carácter masculino del mandatario [incapaz de dar la cara a su adversario aunque hubiera de por medio casi 400 kilómetros de distancia entre ciudad y ciudad]. La cobertura del evento servía como reminiscencia de un acto deportivo, con comentadores locales y el escenario del Municipio y calles aledañas llenas de espectadores vitoreando. Una competencia entre un personaje viril presente, aludiendo a su masculinidad en primer lugar, y otro personaje, frágil y feminizado, ausente. No hay mordazas en este patriarcado mediático, en palabras de uno de los periodistas que servían como comentadores, "Que salga el presidente [pues]. Así como cuando hay un problema en la familia es el padre el que se pronuncia, tiene que ser Mahuad. Todo el mundo quiere que responda el Presidente, nadie más".
La insistencia en la "presencia" [física y no mediática] de Mahuad desde Quito revela no solamente una percepción de la política en términos de un circo de personalidades que despliegan o se abstienen de desplegar bravados masculinistas, explicación suficiente desde la perspectiva del discurso hegemónico en ciencias sociales para referirse al carácter cultural diferencial de serranos y costeños, "civilizado" el primero y "machista" el segundo (para una excepción, v. De la Torre 1999). Más importante, tal insistencia pretende también desnudar la hipocresía del régimen imperante, que es caracterizada como un rasgo cultural de la tecnocracia serrana. La construcción de discursos sobre masculinidad que involucran a personajes de la política no son estrictamente productos locales, de la cultura política guayaquileña. Más allá del llamado telefónico del líder populista Abdalá Bucaram, exiliado desde Panamá, para "Qué Vuelva El Loco [o sea Bucaram mismo, puesto que este es su apodo] y Qué Se Vaya La Loca [Mahuad]!", en Quito, por ejemplo, paralelamente circularían hojas volantes denunciando las confabulaciones del, así llamado, "Opus Gay", en alusión al apego del gobierno tanto a la Iglesia Católica a través de la distribución del "bono solidario" como a alusiones explícitas sobre religión y política por parte de Mahuad, y, finalmente, con respecto al rumorado carácter homosexual del propio Presidente.
Para concluir, es importante entender a la masculinidad como un elemento discursivo que articula mensajes políticos a través de los medios de comunicación, como lo enseña bien la coyuntura política en ciernes. Es también interesante destacar que, a pesar de la importancia mediática en sociedades contemporáneas, son los significados locales los que negocian la construcción de discursos e imágenes canalizados por esos medios. El género de los políticos no es algo decorativo ni políticamente neutral. Los discursos de género dominantes articulan, catalizan, movilizan, prácticas de dominación no sólo de género sino, fundamentalmente, políticas. Estas cuestiones son centrales y no aleatorias para entender problemas fundamentales de la cultura política ecuatoriana, y, solamente discutiendo el papel de los medios en naturalizar estas agendas se puede recobrar cierta distancia frente a como estos discursos pasan al sentido común como si fueran naturales, y, por tanto, aceptables. La legitimación de los discursos elitarios respecto del problema regional, por ejemplo, ha tendido a encapsular el debate sobre el asunto en los términos construidos por las élites, constituyéndose tales discursos en elementos claves de una hegemonía cultural que tiende a rearticularse con miras a las próximas elecciones y a negociaciones políticas cotidianas.SERRANO CON PROTESIS
En la política, el retorno a la democracia ha brindado un excelente espectáculo para una antropología de las masculinidades. Ya célebres son los casos, todos ellos costeños, de un presidente que hablaba públicamente del tamaño de sus genitales, de un ministro que violentaba mujeres en las propias oficinas públicas, y más recientemente, de un diputado que presuntamente ha blandido armas y asesinado a un ciudadano común quien protegía a su pareja- para ilustrar su compromiso cotidiano en la lucha por la obtención de la atención femenina.
Una lectura alternativa, para escapar a la fácil estigmatización que las ciencias sociales han hecho sobre la, así llamada, "cultura política costeña" y, de esta manera, resituar el problema de la masculinidad dentro de un marco global sexista que articula a la cultura política en el Ecuador, parte de explorar el tropo de la "conducción" tal como es pregonado en la esfera política. Por ello en este artículo menciono el caso de los alcaldes de Guayaquil y Quito, pasado y presente presidentes, quienes sea bajo el despliegue público de actos de bravado, como en el caso ya analizado, o sea utilizando retóricas paternalistas y tecnocráticas tienden a naturalizar sus agendas políticas al posar como los "grandes conductores" de la nación. Entre paréntesis, cabe señalar igualmente que cuando entre ellos Febres Cordero y Mahuad- existieran discrepancias en el pasado, cuestionamientos sobre la sexualidad del segundo emergerían como arma de ataque por parte del primero. En este punto me concentro en el caso de Mahuad para ilustrar como la construcción de su imagen pública se halla igualmente entrampada en discursos de género que forman parte del repertorio cultural adscrito a estereotipos regionalistas.
Un sugestivo ensayo de Dimitri Oña (1998), discute como el acceso al oficio de conductor de buses en Quito se basa en una metanarrativa que otorga connotaciones masculinas a valores tales como performance público, autoridad, control, energía, destreza, agresividad, capacidad de mando y de negociación, toma de decisiones, etc. Este tipo de metanarrativa puede trazarse, más globalmente, a los orígenes mismos de la revolución industrial y a la división del trabajo promovida por el capitalismo mundial (Seccombe 1986). Así, las capacidades que han sido de esta manera naturalizadas para las tareas de conducción se asocian retóricamente a figuras masculinas y conducir sirve como un tropo reiterativo del poder político.
Sin embargo, leer la figura de Mahuad como la de un conductor racional y con suficiencia de conocimientos tecnocráticos, sería equivalente a meramente reproducir la narrativa que su aparato de comunicación y publicidad proyecta hacia los medios. A pesar de que el proceso de construcción de una imagen propia, tan "moderna" al decir de uno de sus asesores más cercanos que es "la más moderna" de los políticos del Ecuador contemporáneo, parece constituir una de las preocupaciones centrales del presidente, este proceso no está libre de contradicciones internas. La más obvia de éstas es la de su acentuado tono paternalista que remarca más bien lazos concretos y comunitarios- ejemplificado por cuñas publicitarias dirigidas a jóvenes presuntamente sedientos de guías morales y de modelos, y, más perversamente, por el carácter de dádiva subrayado por la distribución del así llamado "bono de la pobreza" a sectores deprimidos.
Volviendo a la proyectada obsesión de Mahuad por las imágenes y los medios, fascinación cuyo carácter como algo construido es enfatizado precisamente por la repetición de sus asesores sobre el tema, tiene como complemento el conocimiento de juegos y filosofías orientales de guerra que servirían no para hacer un despliegue confrontacional sino más bien como una extensión del carácter racional otorgado al proceso de toma de decisiones por parte del mandatario. El entrenamiento guerrero de Mahuad no tiene lugar, por lo tanto, en escenarios reales sino en tableros de juego, en la privacidad de su oficina y de su resguardado domicilio, siempre rodeado de sus conocidos, y no en las calles o en los balcones de antaño donde siempre podría esperarse sorpresas o, por lo menos, contaminación con los no iniciados. En consecuencia, el carácter guerrero, ese elemento que potencialmente podría contradecir la pretendida imagen super moderna, fría y racionalista de Mahuad, ha sido domesticado gracias a una mezcla de su formación tecnocrática, que es avalada por una maestría en Harvard, y elementos postmodernistas, entre los cuales la multiculturalidad de sus influencias procura ser destacada en tanto arte de refinamiento.
Su conocimiento de juegos chinos sobre estrategias guerreras y de libros budhistas, que reposan espontánea y son distribuidos azarosamente en su escritorio o en el de la mano derecha de Mahuad cada vez que un periodista es permitido el acceso a sus tavernáculos, es presentado por ellos como una suerte de magia. Mediante ella, el actual presidente, presidente de uno de los países más pobres y corruptos, es dotado de un aura de espiritualidad postmoderna, caracterizada por un balance entre moral y consumo, que lo hace factible, como a los líderes que Mahuad caramente emula, de apropiarse de lo mejor de las culturas y, así, simular su activa participación, no en el mercado mundial de las finanzas, de las decisiones y del comercio, sino por lo menos en el mercado de imágenes globales que son traducidas localmente bajo la idea de un abanico cultural abierto para su consumo. Pero la apropiación de esta idea de consumo selectivo e ilimitado, al ser éste proyectado como imaginería del poder no corresponde meramente a una yupificación clásica (v. Roseberry 1995) sino más bien a un proceso artificioso, un proceso que se podría llamar de "globalización folklorizada".
Una serie de cuestiones surgen, sin embargo, cuando se analizan los efectos de la traducción local que hace Mahuad de aquellas imágenes globales. Un primer efecto, ciertamente el más obvio, es el dejo de elitismo que emerge de su apelación a técnicas mediáticas y filosofías percibidas como deslocalizadas, dislocadas, extrañas. Después de todo, es claro para las mayorías que la globalización en Ecuador no ha significado un mayor acceso a bienes y conocimiento, sino todo lo contrario. Un segundo efecto pernicioso, más interesante para el análisis cultural, tiene que ver con la anexión de significados "culturales" al complejo de elementos que construyen su imagen. Este segundo efecto es mejor ejemplificado por la elevación de sus hobbies, elaborada por el propio equipo de asesores del presidente, al status de "estilo".
En una reciente entrevista para el periódico guayaquileño El Universo, el actual Secretario de la Administración pasaría revista a los elementos que hemos venido discutiendo a saber: imagen, medios e influencias orientales- como configurando un todo coherente etiquetado bajo el membrete de "estilo serrano". El rasgo definitorio de este "estilo serrano", según palabras del funcionario, estaría dado por el carácter "moderno" de la imagen de Mahuad, interpretado como opuesto a un "estilo costeño". Mediante tal argumento, la mano derecha y, confesamente, el teórico cultural del presidente, apelaría implícitamente a una serie de estereotipos que constituyen la base de discursos regionalistas entre las dos grandes regiones del Ecuador, la sierra y la costa. Cabe mencionar que estos mismos elementos han cobrado un carácter de autoridad intelectual a partir de la apropiación acrítica de académicos locales de nociones del sentido común que construyen tales estereotipos regionalistas. En este contexto, el funcionario apelaría al carácter mesurado y formal, y a la pretendida imagen de estadista perseguida por Mahuad como directamente opuesta a la de sus opositores guayaquileños, vistos como autoritarios, agresivos y machistas. La esencia de este argumento oposicional es que mientras una masculinidad caballerosa y civilizada constituiría al "estilo serrano", otra, salvaje, vulgar e indomable, definiría al "estilo costeño". Así, mediante la localización de este catálogo de influencias globales y postmodernas en el marco de un debate aldeano, lecturas alternativas emergen sobre la persona pública de Mahuad y de los elementos que construyen su pretendida imagen de "hombre de mundo" de finales del siglo XX.
Paradójicamente, el repertorio básico que constituye el componente de masculinidad de los debates regionalistas contemporáneos, solamente recicla elementos fundamentales de una narrativa esencial al proyecto civilizatorio de principios de este siglo, cuando se percibía que uno de los aspectos no deseados de la civilización era el afeminamiento de los varones debido a su alejamiento de prácticas físicas y su endiosiamiento de la racionalidad y del trabajo intelectual (mejor estudiado para el caso de Estados Unidos por Bederman 1995). El "estilo serrano", por otro lado, implica una masculinidad que, por pretender ser extremadamente civilizada, necesita, además de artilugios postmodernistas, de prótesis esto es de aparatos artificiales que sirven para sustituir a un órgano- para poder hacer demostraciones públicas de poder. Esto se ejemplica de mejor manera con el uso de la metáfora del Titanic por parte de Mahuad, breve análisis que sigue a continuación y con el cual finalizó este artículo.
El año de 1999 recibiría a un presidente con prótesis. Desde Enero, Mahuad no ha perdido oportunidad para hablar del Ecuador como si se tratase del "Titanic" para describir la profundidad de la crisis económica del país como si éste se hallare a la deriva. Al hacerlo, el mismo se ha situado como "El Capitán" sus palabras- para describir sus movimientos, supuestamente calculados y efectivos, pasiones aparte, en torno al manejo de tal crisis. Dejando de lado un repertorio siniestro que da cuenta del país como un barco hundido del cual ni "El Capitán" ni la clase política serán precisamente los últimos en saltar, salta, en cambio, a la vista la formulación de diferentes narrativas formales por parte de personajes de la política que activan permanentemente nociones de masculinidad para su ejercicio en el poder, las mismas que son igualmente dominantes y que van desde el desenfrenado "macho" que utiliza los espacios públicos como extensión de su hipermasculinidad, hasta el frío tecnócrata cuya capacidad de control lo constituye como un ordenador civilizatorio, y todas las gamas entre estos dos polos. La masculinidad de Mahuad, sin embargo, además de recurrir a la retórica tecnocrática ha debido recurrir a una forma de masculinidad protética cuando necesitado de espectacularizar su capacidad de mando.
En este contexto, cabe discutir la masculinidad fría y racional como hemos visto, una de las claves de su estrategia de imagen de político moderno- a la luz del uso que Mahuad ha hecho respecto de la metáfora del Titanic, el mismo que coincide con la circulación paralela en la escena local de la película de Holywood que lleva ese mismo título. Desplegando dibujos e imágenes computarizadas, Mahuad ha luchado por ilustrar a sus audiencias con referencias a su propio carácter cibernético: el capitán es mitad hombre y mitad tecnología, es la unidad de cultura y naturaleza lo que le otorga su poder y su carácter postmoderno (Haraway 1989, Jeffords 1989), y, otra vez, lo que le hace escapar figurativamente de la aldea a su mando, con trajes bien cuidados y mantras de fin del milenio. En la lectura que propongo de estos elementos, el uso de la metáfora del Titanic por Mahuad, al vaciar al evento de su contenido histórico y al reivindicarlo esencialmente a partir de un producto cinematográfico de Hollywood cuyo éxito taquillero ha actualizado no los hechos sino la construcción romantizada de la industria sobre un fracaso naviero, resitúa su posicionalidad de "Capitán" en relación directa al doble carácter artificialmente construido de esta metáfora [primero, como tal o sea como figura literaria, y, segundo, como una re-creación de una recreación producida por Hollywood].
Discutiendo el uso de esta metáfora entre contactos guayaquileños, muchas veces se referirían a tal barco como a un barco-de-juguete ("una panga de a lata"). Muchos de ellos también graficarían el uso que el presidente debería hacer de tal juguete, apelando, a su vez, a marcos globales sobre masculinidad "Latina" que definen la sexualidad de acuerdo a la posición ocupada en el acto de penetramiento (Almaguer 1991, Lancaster 1992, Carrier 1996). Bajo esta luz etnográfica, Mahuad aparece como el conductor de un barco falso, o, más claramente, de un barco de mentiras-hechas-espectáculo. Por extensión, la propia masculinidad de Mahuad, intencionalmente definida en este caso como una prolongación de su poder de control y conducción de un barco con estas características, queda también sometida a este, por lo menos doble, juego de artificialidad y de vaciamiento. El análisis que se propone bajo esta lectura es que tanto el "timón", cuanto el "barco" en su conjunto, sirven como prótesis para la masculinidad de su "conductor". Siendo así, el resultado es más bien la emasculación del sujeto Mahuad- ilustrada por la necesidad de apelar a recursos protéticos. Esta es la relectura que más informantes locales sugerirían como definitorio de su "estilo serrano".
Discusiones contemporáneas concernientes a sexualidad e imagen otorgan centralidad a la idea de "mascarada", esto es de un performance construido para confundir a la mirada sobre el carácter construido de la "realidad" del objeto, en este caso la "verdadera" masculidad de Mahuad (v. Cohan 1991, Silverman 1992, Caton 1999). La construcción de tales imágenes, como hemos visto también en el caso de Febres Cordero, sigue repertorios culturales establecidos. Aunque el aparato de publicidad de Mahuad ha intentado brindarle la imagen de un político del próximo siglo, para ello parecería verse abocado a recurrir a elementos tan regionalistas como los de Febres Cordero. Con ello me refiero a estereotipos que son actualizados oposicionalmente pero que finalmente ejemplifican tropos de una misma hegemonía cultural, un discurso dominante e históricamente constituido que, en este caso, sitúa a sujetos con atributos masculinos distintos dependiendo de su región de origen (para una revisión de tales estereotipos, v. Donoso 1998, Adoum 1998)
En el caso de Mahuad, aquí he subrayado que la apelación a recursos o imágenes globales sean estos filosóficos o meramente comerciales- una vez reciclados y configurados como un paquete de imaginería del poder está, por el hecho de ser desplegado frente a audiencias locales que son excluídas cotidianamente de los placeres atribuidos a la globalización, siempre sometida a procesos de localización. Tales interpretaciones locales tienden a subrayar la banalidad del poder. Las lecturas jocosas, entre otras lecturas posibles que aquí no he podido abordar, de su, seguramente cuidadosamente escogida, metáfora, revela el carácter simulado de la misma y los procesos cotidianos de deconstrucción que se elaboran cotidianamente. Finalmente, prótesis globales, sean estas "huevos" o "timones", están siempre sometidas a traducciones locales. Estas traducciones constituyen, probablemente, una estrategia privilegiada que sectores deprivados poseen para ridiculizar al poder en su propio campo, un campo que se caracteriza por la violencia del lenguaje de sus medios, por la colusión entre imágenes y poder en la estructura mediática, y por el silenciamiento cotidiano de tales sectores en la esfera pública. Simultáneamente, las traducciones que las propias élites hacen de influencias globales actualizan, paradójicamente, catálogos costumbristas y repertorios estigmatizantes que fueron elaborados cuando menos a finales del pasado milenio.
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