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Los Medios Masivos
de Comunicación Social, El Populismo y La Crisis de la
Democracia
Carlos de la Torre*
Hasta que los proyectos
de democratización no incluyan seriamente la cuestión
social, las élites continuarán usando la retórica
de que ellas representan la razón para marcar fronteras
y diferencias entre los ciudadanos respetables y aquellos construidos
como el "otro" esto es como la negación de
la razón y de la democracia.
Influyentes sociólogos
y politólogos sostienen que la televisión atenta
contra la democracia. Pierre Bourdieu en un libro reciente dice
que la televisión es "un peligro para la política
y la democracia." Por su parte, Giovanni Sartori sostiene
que la televisión está transformando el sentido
de la política y de la democracia porque personaliza la
política, la representa como un espectáculo y se
basa en apelaciones no racionales y emotivas. Pierre-André
Taguieff argumenta que la televisión ha transformado al
populismo en telepopulismo, esto es en una "forma de video-demagogia:
el demagogo actúa sobre su audiencia dejándose
ver más que haciéndose entender." Según
varios críticos, en resumen, la democracia está
en riesgo inminente porque los argumentos lógicos que
han caracterizado a las formas tradicionales de la política
basada en el lenguaje son remplazados por las imágenes
de video.
Las elecciones, reelecciones y gobiernos de Menem en Argentina,
Collor en Brasil, Bucaram en Ecuador y Fujimori en el Perú,
a primera vista, parecerían confirmar estas visiones pesimistas.
La elección de Fernando Collor en 1989 estuvo influenciada
por el poder de la cadena Globo de manufacturar su candidatura.
Carlos Menem y Abdalá Bucaram usaron la televisión
para transmitir sus éxitos en espacios no políticos
como los deportes, el mundo de la farándula y la cultura
de masas como sustitutos a los debates serios sobre sus programas
de gobierno. Estos nuevos líderes populistas fueron electos
en una coyuntura caracterizada por la crisis del modelo de sustitución
de importaciones, el incremento de la pobreza y del número
de personas empleadas en el sector informal, la desconfianza
en los partidos políticos, y la crisis del Marxismo. Importantes
investigadores sociales argumentan que en estos contextos de
rápidas transformaciones socio-económicas y políticas
el control de los medios masivos de comunicación social
y el influjo y la manipulación de las élites que
controlan las imágenes transmitidas por estos medios son
las variables fundamentales que explican por qué estos
líderes ganaron las elecciones y cómo gobiernan.
Aníbal Quijano, por ejemplo, explica el "fenómeno
Fujimori" como producto de una crisis económica,
política e ideológica que dejó a los sectores
populares peruanos sin la posibilidad de producir discursos propios.
En esas condiciones, con las masas políticamente desmanteladas
y socialmente desintegradas, para los dominadores no ha sido
muy difícil combinar los efectos de las "guerras
sucias" con el discurso de la nueva "modernización."
Y gracias al control de la tecnología de comunicación,
desplegar una nueva escena pública en que lo político
es ejercido como espéctaculo, incluso como escándalo
(Collor, Menem, Fujimori), para permitir mejor la manipulación
y el control de las masas.
Independientemente de que se acepten estas visiones, que recuerdan
los comentarios apocalípticos de la vieja Escuela de Frankfurt
que sólo analizó la producción de imágenes
sin estudiar la recepción de estos mensajes, es indudable
que la televisión juega un rol fundamental en la política.
Thomas Skidmore, en su introducción a un estudio comparativo
del papel de la televisión en las elecciones latinoamericanas,
anota: "la televisión está rapidamente transformando
la manera en la que los candidatos son creados, vendidos y consolidados.
También está transformando la forma en que gobiernan
los políticos."
Este ensayo examina los argumentos sobre la decadencia de la
democracia y de la transformación de la política
en video-política. La primera sección discute el
rol de la televisión en las elecciones de Bucaram, Collor,
Fujimori y Menem. Se estudian los mensajes televisivos dentro
del contexto de culturas políticas específicas
y se sugiere que la televisión en sí no explica
las elecciones de estos políticos. La segunda sección
analiza cómo Abdalá Bucaram usó los medios
masivos y explica su relación conflictiva con la prensa
y la televisión durante su corto mandato presidencial.
En lugar de asumir que la televisión tiene el poder de
manipular a los ciudadanos, se estudia "como la gente interpreta
los mensajes y qué grupos y tradiciones ayudan a la gente
a descifrar los mensajes de los medios masivos de comunicación."
Las imágenes transmitidas por estos medios son creadas
e interpretadas en culturas políticas particulares y los
periodistas, editorialistas y comentaristas de la radio y la
televisión cumplen un papel importante al decodificar
estos mensajes.
Elecciones y la televisión: ¿Manipulación
de los medios masivos de comunicación?
A diferencia de quienes consideran que el control de la televisión
explica los éxitos electorales en la era neoliberal, las
elecciones de Fujimori en 1990 y Bucaram en 1996 demuestran que
quienes ganan no necesariamente tuvieron más propaganda
televisiva o que sus propagandas fueron más sofisticadas
y costosas. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, perdió pese
a los doce millones de dólares que invirtió en
su propaganda televisiva. Por lo tanto, es crucial estudiar
la recepción de los mensajes de los medios masivos sin
asumir manipulación o, en forma naive, postular la resistencia
y la interpretación libre de códigos por parte
de la gente común. Debido a que todos los políticos
usan los medios masivos para ganar elecciones, es importante
comparar sus propagandas televisivas estudiando cómo interpretan
los problemas existentes, cuáles son sus propuestas, y
qué imágenes presentan sobre sus personas y sus
rivales. Para examinar el éxito de sus mensajes tenemos
que interpretarlos dentro del contexto de los temas y las formas
de entender la política que existen en culturas políticas
específicas.
Tal vez la imagen más fuerte de la campaña televisiva
del Partido Social Cristiano en las elecciones presidenciales
de 1996 fue la contraposición de dos figuras: un Jaime
Nebot vestido de estadista responsable con traje y corbata que
coquetamente sonríe y guiña el ojo; frente a un
Abdalá Bucaram, con el torso desnudo cubierto de sudor,
bebiéndose desaforadamente un vaso de licor (Abdalá
dice que de agua). Esta imagen apareció en propagandas
en la prensa con el pie de foto "dos formas de mirar hacia
el futuro del Ecuador: progreso o destrucción." La
civilización y el progreso que prometía la "seriedad
de estadista" de Nebot frente a la "barbarie"
de los sectores suburbanos personificados en Abdalá Bucaram.
Esta representación maniquea de la realidad política
sintetizó la estrategia social cristiana de atemorizar
al electorado con la amenaza de la "irracionalidad"
y el "barbarismo" de Abdalá Bucaram construyéndolo
como el último representante del barbarismo y el último
obstáculo para el progreso y la modernización del
Ecuador.
Abdalá Bucaram en sus campañas electorales de 1988,
1992 y 1996 usó la televisión para presentar un
discurso populista que ha estado presente en el Ecuador desde
los años cuarenta. Este mensaje fue el del antagonismo
total entre el pueblo, cuya voluntad decía encarnar, y
la oligarquía que debía ser destruida. A diferencia
de otros políticos que contrataron expertos en publicidad
para diseñar su propaganda electoral, Bucaram diseñó
la suya. Sus videos parecían estar hechos en casa y repetían
reiteradamente un mensaje simple en las letras, las imágenes
y los subtítulos de los videos. Este estilo recuerda al
arte popular religioso que presenta los milagros de la Virgen
en la forma de un libro de comics con dibujos y mensajes escritos.
Por ejemplo, cuando las letras de las canciones de los videos
se referían a la oligarquía aparecían imágenes
de sus rivales políticos con frases tales como "político
corrupto" o "aniñado" debajo de la foto
de Nebot.
El triunfo de Collor sobre Lula en 1989 se explica, en parte,
por la forma en que articuló las percepciones existentes
de que los políticos eran los responsables de la crisis
brasileña y que la solución vendría de un
redentor apolítico que implementaría respuestas
técnicas, no políticas y pragmáticas. El
papel de la televisión en construir este escenario a través
de las novelas y su capacidad de manufacturar la candidatura
de Collor como la del redentor ha sido apasionadamente debatido.
Mientras Venicio de Lima argumenta que el imperio de la comunicación
Globo manufacturó la candidatura de Collor, Carlos Eduardo
Lins da Silva cuestiona la teoría de la conspiración
de Venicio de Lima y propone que hubo una afinidad electiva en
la forma en que las novelas y Collor interpretaron la coyuntura
política. Este autor argumenta que tanto Collor como
los encargados de producir telenovelas usaron interpretaciones
existentes sobre la crisis brasileña. Éstas veían
a los políticos corruptos como la causa de la crisis
y decían que la solución vendría de un redentor
que este fuera de la política. Collor de Mello, además,
no fue la primera opción de la cadena Globo. Este se convirtió
en el candidato anti-Lula luego de los fracasos de los medios
masivos de manufacturar las candidaturas de Mario Covas y de
Guilherme Afif Domingos.
Las propagandas y apariciones en la televisión no necesariamente
ayudan a ganar una elección. En el Perú, por ejemplo,
los electores rechazaron la presencia excesiva de Vargas Llosa
en la televisión en las elecciones de 1990 de tal manera
que la estrategia de Fujimori en su campaña de reelección
en 1995 fue usar menos propagandas en la televisión que
sus rivales. Y aún en países como el Brasil, en
los que los sondeos de opinión pública sugieren
que la televisión es el foro más importante para
transmitir la ideología y personalidad de un candidato,
la familia, las iglesias y las asociaciones de vecinos ayudan
a interpretar los mensajes de los comerciales electorales, los
debates políticos y las noticias. La televisión
no ha reemplazado a las maquinarias electorales de los partidos
políticos, ni al clientelismo, ni a los mítines
masivos en el Ecuador.
Collor de Mello en 1989, Fujimori en 1990 y Bucaram en 1996 fueron
electos en sistemas políticos fragmentados y poco institucionalizados.
Brasil, Perú y Ecuador experimentaron la proliferación
del número de partidos políticos muchos de los
cuales siguen usando las viejas prácticas del clientelismo,
carecen de ideología y son personalistas. Estas elecciones
se dieron cuando había simultaneamente una proliferación
de partidos políticos y una falta de confianza de los
electores en los políticos. Mientras que en Brasil veinte
y dos candidatos compitieron en la primera vuelta electoral,
nueve lo hicieron en Perú y Ecuador. Es así que
en la segunda vuelta se enfrentaron dos políticos que
apenas alcanzaron un tercio del total de votos en la primera
vuelta. Por lo tanto, los triunfos de estos políticos
no fueron sólo el resultado de su estilo electoral y de
su retórica política. Sus elecciones fueron también
el resultado de votos de protesta en contra de sus rivales y,
en muchos casos, al establecimiento político.
Temas de etnicidad y de clase social fueron determinantes en
el rechazo a Vargas Llosa y a Nebot. En enero de 1990, cuando
Fujimori apareció tercero en los sondeos de opinión
pública, se pidió la opinión de Vargas Llosa
sobre el candidato de Cambio 90. El novelista manifestó:
"'¡pero a ese chinito nadie lo conoce!' Al día
siguiente, el 'chinito' Fujimori abrió su primer mitín
importante, en la más importante barriada de Lima, con
una frase apta que resumía el carácter del enfrentamiento:
'aquí estamos, pues, los chinitos y los cholitos...'"
. De esta manera la elección se transformó en una
confrontación entre los "blanquitos" y los "pitucos"
y los "chinitos" y los "cholitos". Fujimori
se convirtió en la encarnación de dos experiencias
cruciales de muchos peruanos de extracto popular: la inmigración
y la discriminación étnica . Como muchos, Fujimori
es hijo de inmigrantes que han tenido que luchar con un español
"deficiente" y que han sido discriminados por las élites
"blancas." Por lo tanto, el éxito de su slogan
simple, "un presidente como usted".
De la misma manera en el Ecuador la campaña electoral
de 1996 se transformó en una lucha entre Bucaram -el "el
líder de los pobres-" en contra de las élites
establecidas y del Partido Social Cristiano como la encarnación
de la oligarquía afeminada y vende patrias. Por ejemplo,
luego de que el ex-Presidente Febres Cordero manifestará
al conocer los resultados de la primera vuelta electoral que
"todos los que votaron por Alfredo Adum (candidato a la
alcaldía de Guayaquil del partido de Bucaram) son pillos
y prostitutas" Bucaram transformó el significado
de estos insultos. "Sí, es verdad que en el Ecuador
hay una marihuanera, hay una ratera, una prostituta; pero esa
prostituta, ratera, marihuanera son las oligarquías nacionales."
Una hoja volante distribuida en Guayaquil ilustra las implicaciones
de la retórica de Bucaram.
León eres un fraude...
prostituta y ladrona es tu oligarquía;
prefiero un loco con pantalones y humanista antes que un rico
insolente.
Barcelona no clasificó..
ahora sólo nos queda Abdalá.
La inversión de los insultos al pueblo y la glorificación
de las cualidades populares en su manera de comer, vestir y de
ser permitieron que Abdalá Bucaram construyera un mundo
al revés. En este universo simbólico los oprimidos
y los pobres se transformaron en la encarnación de los
verdaderos valores morales, mientras que sus superiores se convirtieron
en la personificación de la maldad. Las señoras
elegantes, las patronas, aparecieron como "un poco de viejas
vagas que nunca han cocinado, ni planchado" y los patronos
y señores distinguidos en "aniñados amanerados,"
personificados en el "niño" Nebot. Así
Abdalá Bucaram confrontó maniqueamente al "verdadero"
Ecuador que es el de "los pobres" con el Ecuador de
"esa gente" los oligarcas "vende patrias."
Las coaliciones electorales de Collor, Bucaram y Fujimori incorporaron
a los sectores marginalizados de la sociedad. Bucaram fue apoyado
por una coalición de una élite marginal de origen
libanés que había hecho fortuna pero que necesitaba
legitimarla pues, según las élites establecidas,
su ventura provenía del contrabando. Esta coalición
incorporó a los más pobres, a sectores de clase
media desplazadas del sistema laboral y a unos pocos intelectuales
ex-Marxistas. Los votantes de Collor "incluían a
los sectores excluidos de la sociedad brasilera, esto es a los
destituídos, los más pobres, los analfabetos...
y también a una proporción de votantes de ingreso
medio y una fracción de los sectores de ingresos más
altos." Quienes votaron por Fujimori en las elecciones
de 1990 fueron los sectores más pobres, los habitantes
rurales andinos, los cholos y los Indios. Su coalición
incluyó a sectores empresariales emergentes de origen
cholo como la Asociación de Medianos y Pequeños
Empresarios Industriales, las Iglesias Protestantes y los más
pobres que se desempeñan en el sector informal de la economía.
Todos estos grupos han sido discriminados por los miembros de
las élites criollas. Por ejemplo, los miembros de la Asociación
de Medianos y Pequeños Empresarios no fueron considerados
como iguales por los directivos "blancos" de la Asociación
Nacional de Empresarios que no les invitaron a sus eventos sociales.
La presencia de líderes evangélicos hizo que la
jerarquía de la Iglesia Católica declare una guerra
santa en contra de estos representantes de valores "anti-peruanos."
Si bien Fujimori y Bucaram representaron un rechazo a las élites
tradicionales "blancas" y el sueño de la gente
común de movilidad social y democratización de
las relaciones de castas, Collor triunfó al asumir la
imagen de la encarnación de una modernidad neoliberal.
Su estilo de vestir elegante y su gusto por los deportes caros
y extravagantes simbolizaron a un Brasil yupi. Collor cultivó
la imagen de un hombre joven de acción, energético
y no-político, de un mesías que actuaba por encima
de los intereses de varios grupos de poder como los sindicatos
o las asociaciones de empresarions, cuyo objetivo fue destruir
los privilegios y el poder de los burócratas ineficientes,
los 'marajás,' para redimir a sus "descamisados."
En la campaña de 1989 "Menem encarnaba al caudillo
que descendía de una provincia muypobre para hablarles
en su propio lenguaje a todos los excluidos y desencantados."
Proyectó la imagen de ganador en dos espacios mitologizados
de movilidad social: los deportes y el mundo de la farándula.
Por esto declaró pocos meses luego de asumir la presidencia,
"soy el Presidente y juego al fútbol con Maradona.
¿Qué otra cosa puedo pedirle a la vida?"
Menem transformó los rituales del peronismo. En lugar
de hacer mítines masivos, siguiendo el ejemplo del Papa
Juan Pablo II, visitó a la gente común en sus barrios.
Viajando en el menemovil los fue a buscar en sus barrios, los
espacios no políticos de su vida cotidiana, donde los
bendijo y besó a sus hijos. Su imagen se parecía
más a la de "una figura religiosa o una estrella
del espectáculo que a los que eran hasta entonces típicos
de los dirigentes políticos." Menem transformó
la retórica peronista al remplazar las antiguas convocatorias
clasistas a los trabajadores con apelaciones genéricas
a "hermanas y hermanos", referencias a temas religiosos,
y la frase "¡síganme!."
Las redes clientelares también explican los triunfos de
estos políticos. José Álvaro Moisés
anota que a diferencia de la visión de Collor como un
político sin una base institucional es importante señalar
la importancia de su maquinaria electoral. Esta "definió
una imagen (cazador de marajás); la incorporó a
un programa de gobierno (reducir el estado, modernizacion de
la economía, reactivar el crecimiento económico);
organizó la base material (los medios masivos de comunicación)
indispensables para comunicarse con los votantes; y, finalmente,
articuló una serie de alianzas para sostener su candidatura."
También es importante señalar que todos los contrincantes
políticos intercambian votos y subordinación política
por bienes materiales y que las relaciones clientelares también
generan identidades políticas.
Si bien Alberto Fujimori y Carlos Menem fueron re-electos, Fernando
Collor de Mello y Abdalá Bucaram fueron destituídos
antes de terminar sus períodos presidenciales. Los primeros
lograron establecer acuerdos importantes con representantes de
instituciones claves -los empresarios y las fuerzas armadas-
y lograron resultados concretos, tales como, reducir la hiperinflación,
reactivar la economía, consolidar redes clientelares usando
los fondos de la venta de las empresas estatales, y en el caso
de Fujimori desarticular a las guerrillas. Collor y Bucaram fueron
destituidos por los altos niveles de corrupción en sus
gobiernos, por su incapacidad de establecer acuerdos con los
empresarios que no confiaron en sus políticas económicas,
por su estilo arrogante y torpe que no les permitió consolidar
alianzas políticas, y por qué alienaron a las fuerzas
armadas. Pero mientras que en el Brasil se respetaron las normas
constitucionales al destituir a Collor, en el Ecuador se usaron
artimañas legales para destituir a Bucaram. Es así
que si bien la democracia brasilera se robusteció, en
el Ecuador se abrió la puerta para todo tipo de conspiraciones
de los políticos que amenazan destituir al presidente
de turno sin que importen las normas constitucionales y el respeto
a las reglas del juego democrático.
El gobierno de Bucaram, los eventos televisivos y la politización
de la cultura de masas
Si bien la elección de Abdalá Bucaram no se explica
únicamente por un uso creativo de los medios masivos de
comunicación social, durante su corta presidencia Bucaram
usó la televisión de forma innovadora. Siguiendo
a Menen, Bucaram representó sus actos de gobierno como
un show de televisión en los que el poder se dramatizaba
en espacios de la cultura popular como el futbol y la cultura
de masas. Al representar sus éxitos personales en estos
espacios de la cultura de masas, Bucaram representaba los sueños
de éxito y de movilidad social de la gente común
como son jugar al futbol con estrellas, bailar con modelos teñidas
de rubio, o transformarse en animador de un programa de televisión.
Este uso de la televisión también transformó
el significado de la política. En palabras de Andreas
Schedler, se "subvierte el poder de las palabras a través
del poder de las imágenes. Las deliberaciones políticas
pasan a un segundo plano y se dan detrás del escenario
mientras que las formas teatrales pasan al centro de la política.
La política sufre de la intromisión y la ocupación
de formas extrañas a la política como son el teatro,
el rock, los deportes, la farándula, y la publicidad.
Estando siempre presente en la televisión, la radio y
la prensa, Bucaram trató de construir a su figura como
el evento político central. Su imagen de triunfador en
esferas no-políticas como los negocios y los deportes
y su nuevo rol como cantante de baladas y presentador de shows
de variedades de televisión fueron constantemente retransmitidos
a los hogares. Abdalá Bucaram actuaba en la televisión
para el público y transformaba los significados de lo
que debía discutirse en la esfera pública. Los
debates sobre su vida personal y los significados de sus apariciones
en la televisión fueron temas tan importantes como las
discusiones sobre sus proyectos y programas de gobierno. Es así
que Bucaram manifestaba su opinión de qué jugadores
debían de ser contratados por el Barcelona a la vez que
defendía su plan económico de la convertibilidad.
Al estar constantemente presente en las pantallas de televisión
Bucaram transformó la imagen del presidente de la república.
En lugar de seguir las convenciones de cómo debe comportarse
un presidente en un sistema de dominación racional-burocrático,
Bucaram intentó demostrar que pese a ser el líder
de la nación él era igual a un ciudadano común
de origen popular. Por esto no siguió los protocolos que
se esperan del presidente. Se negó a vivir en el palacio
presidencial en Quito porque dijo que estaba embrujado. Prefirió
gobernar desde su hogar en Guayaquil y hospedarse en hoteles
lujosos durante sus cortas estadías en la capital y otras
ciudades del país. Al negarse a vivir en Quito se reactivaron
las tensiones regionales entre Quito y Guayaquil. Al gobernar
sin seguir las normas y las reglas de las ceremonias públicas,
trató de representar al poder de maneras nuevas. En lugar
del mundo serio y formal de la política, escenificó
en la televisión un universo basado en sus sueños
de grandeza y éxitos personales en el mundo cotidiano.
Aún el lenguaje que utilizó fue diferente al discurso
de la dominación racional burocrática. Usó
expresiones comunes y el lenguaje cotidiano y, a veces, "vulgar"
del pueblo para crear intimidad con sus seguidores. Usando lo
que Bhaktin denomina el lenguaje y las expresiones del mercado
buscó reinvindicar el universo cotidiano de sus seguidores.
Es por esto que Bucaram, sus ministros y sus asesores usaron
malas palabras y expresiones vulgares. Estos elementos del discurso
popular "son todavía concebidos como una ruptura
con las normas del comportamiento verbal, pues se resisten a
conformarse a las convenciones, a la etiqueta, a la civilidad
y a la respectabilidad."
El uso de Bucaram de los medios masivos de comunicación
no sólo explica parcialmente por qué fue electo,
también ayuda a comprender su destitución. Su lenguaje,
gestos y actuaciones en la televisión limitaron su capacidad
de establecer alianzas con representantes de instituciones claves
tales como la iglesia, las fuerzas armadas, los empresarios y
la prensa, reforzando las imágenes negativas de las clases
altas sobre Bucaram. El temor y el rechazo de los empresarios
y de las clases altas a Bucaram tiene una larga historia que
va más allá de su cuestionamiento a su plan económico.
Bucaram es visto por las clases altas como la personificación
de quienes carecen de cultura y de buenos modales. "La
noción de cultura se emplea para trazar la frontera entre
los que están dentro del sistema y los que se hallan excluidos
de él." Es así que los valores populares
y los símbolos transgresores de Bucaram que atraen a las
clases populares son rechazados por las clases altas y sectores
de las clases medias que se identifican con los valores de "la
gente bien," de quienes tienen "cultura." Los
empresarios no tuvieron confianza en el plan de convertibilidad
de Bucaram que supuestamente los beneficiaría. Señalaron
que a diferencia de la Argentina que en 1989 tenía un
nivel de inflación de alrededor del cinco mil por ciento,
los niveles de inflación ecuatoriana de alrededor de un
veinte y cinco por ciento no justificaban estas medidas dacronianas.
El vicepresidente de la Cámara de Industriales, por ejemplo,
manifestó temor a que la apertura económica les
llevaría a la bancarrota. La falta de confianza de los
empresarios se tradujo en un exceso de liquidez bancaria. Los
empresarios argumentaron que la corrupción, la intervención
del gobierno de Bucaram en los asuntos internos de algunas empresas,
la inseguridad jurídica y la falta de estabilidad política
les hizo desconfiar de Bucaram. El rechazo de los empresarios
a Bucaram también se explica por su recelo a que las privatizaciones
sólo beneficien a los grupos económicos cercanos
a Bucaram. En el momento de repartirse el pastel estatal había
miedo a ser excluidos de la fiesta. Este temor se basaba en las
prácticas corruptas de los funcionarios del gobierno que
exigían un coima del diez al quince por ciento en los
negocios con el estado.
Abdalá Bucaram siempre tuvo una mala relación con
la prensa. Hay que recordar que fue electo en 1996 con la oposición
del 90 por ciento de los editorialistas. Durante su gobierno,
por primera vez en la historia del Ecuador, los periódicos
y noticieros televisivos más prestigiosos se opusieron
al presidente. Cuestionaron su estilo de gobierno chabacano,
su apropiación autoritaria de la voluntad popular al autoproclamarse
como la encarnación de los verdaderos valores y deseos
de los ecuatorianos, y la imposibilidad de tener diálogos
en los que se discutan y debatan diferentes opiniones. Los periodistas
estuvieron al frente de la oposición democrática
a Bucaram cuando denunciaron la corrupción de su gobierno
y rechazaron su uso de la cultura de masas y de las imágenes
televisivas como sustituto a los diálogos sobre sus políticas
estatales. Pero esta oposición democrática estuvo
acompañada de prejuicios clasistas cuando construyeron
a Bucaram como la encarnación de la falta de cultura y
valores de los más pobres. Los periodistas también
usaron argumentos xenofóbicos al construir a los libaneses
y a los "turcos" como corruptos, y regionalistas en
la Sierra al ver en Bucaram la escenificación de los valores
del suburbio de Guayaquil.
Cómo representante de una élite económica
y política marginal, Bucaram no pudo controlar o neutralizar
las opiniones de los representantes de los medios masivos de
comunicación que, en muchos casos, reprodujeron los prejuicios
de la clase alta. Su estrategia fue no tomar en cuenta las opiniones
de los editorialistas de los periódicos y de los noticieros
de la televisión que no son leídos ni vistos por
la mayoría de ciudadanos pobres. Usó propaganda
televisiva en los canales de televisión de propiedad de
sus partidarios, cuyos noticieros, en muchos casos, se oponían
al presidente. Los medios masivos lo construyeron y lo siguen
representando como la encarnación de todos los males nacionales
en programas especiales de televisión, libros, un disco
compacto y, aún, un CD-ROM.
El 5 de febrero de 1997, a menos de seis meses de estar en el
poder Bucaram, en las manifestaciones más multitudinarias
en la historia del Ecuador, en la que participaron alrededor
de dos millones doscientas mil personas, aproximadamente el mismo
número de personas que votó por el "líder
de los pobres," se exigió ¡que se vaya Bucaram!
El Congreso destituyó a Bucaram por "incapacidad
mental" el 6 de febrero con una simple mayoría de
votos, sin pruebas médicas sobre la locura del presidente
e invocando argumentos de dudosa validez legal. El Congreso designó
como Presidente de la República a Fabián Alarcón,
Presidente del Congreso. La Vicepresidenta Rosalía Arteaga
se proclamó la sucesora legal de Bucaram y éste
se negó a renunciar. Es así como los políticos
nombraron a los militares en jueces de quién era el legítimo
presidente y en los árbitros de los destinos del país.
Éstos retiraron su apoyo a Bucaram y se acordó
que luego de que Arteaga ocupe por pocas horas la presidencia,
ésta vaya a manos de Alarcón hasta que se convoquen
a nuevas elecciones en 1998. Así concluyó el corto
mandato de Abdalá Bucaram. Un presidente electo fue destituido,
pero a diferencia del pasado los militares no ocuparon el poder
sino que lo delegaron en el ex-presidente del Congreso erigido
en el nuevo valuarte de la democracia.
Conclusiones
Este artículo ha cuestionado los argumentos de influyentes
analistas sociales que sostienen que en la era del neoliberalismo
el control de los medios masivos de comunicación garantiza
el poder manufacturar candidaturas y ganar elecciones. Se ha
demostrado como las elecciones de Bucaram, Collor, Fujimori y
Menem no se explican por el control de los medios masivos. Éstos
no han remplazado a las maquinarias políticas, al clientelismo,
y en el Ecuador a la tarima. La elección de Bucaram, por
ejemplo, se realizó en un sistema político fragmentado
en la que participaron nueve candidatos. Los dos finalistas,
Nebot y Bucaram, apenas habían conseguido un tercio de
los votos en la primera vuelta. Muchos electores, por lo tanto,
no votaron por Bucaram sino que en contra de Nebot. Al igual
que otros políticos, Bucaram usó la televisión
y mecanismos más tradicionales como las redes clientelares
y los actos de masas para transmitir un mensaje populista que
confrontaba a los niños bien y a las señoronas
con los pobres. Esta construcción maniquea de la política
recogía las humillaciones cotidianas de los humildes y
presentaba un mundo al revés en que los humildes aparecían
como la encarnación de la verdadera nación y los
ricos como élites corruptas, afeminadas y vende patrias.
Su movimiento electoral fue una alianza interclasista de los
marginales, no entendidos como los pobres suburbanos, sino como
quienes están al margen del poder. Élites económicas
sin prestigio social buscaron remplazar a las élites establecidas
y legitimar el origen cuestionado de sus fortunas y los pobres
se rebelaron contra los candidatos de sus patronos.
Ilustrando lo que Clifford Geerts denomina las paradojas del
carisma y las dificultades de consolidar un movimiento carismático,
el populismo de Abdalá Bucaram apareció entre los
grupos marginados de la sociedad localizados lejos de los centros
del poder. Su estilo y retórica limitaron, aún
más, su capacidad de establecer alianzas, por lo que Bucaram
no pudo ser parte del centro del orden social. Si bien su elección
se explica por su capacidad de dar voz a los excluidos de la
esfera oficial pública, no tuvo el poder ni la capacidad
de transformar la esfera pública hegemónica desde
el poder. Debido a los altos niveles de corrupción, a
su origen social y base de apoyo, los empresarios desconfiaron
de Bucaram y no apoyaron su programa económico que podía
beneficiarlos. La definición autoritaria de Bucaram de
las categorías "el pueblo" y "la oligarquía"
no dejó espacio para construir alianzas y pactos con los
diferentes sectores políticos. En un ejemplo casi perfecto
de lo que Gulliermo O'Donnell caracteriza como "democracia
delegativa" Bucaram atrapó a los políticos
en la lógica cortoplacista de apoyo u oposición
incondicional. Cuando los políticos tuvieron la oportunidad
de actuar, no dudaron en destituir a Bucaram sin que importen
los medios aunque no se basen en el respeto a las normas constitucionales.
El corto mandato de Abdalá Bucaram ilustró dramaticamente
como la política cada vez se construye más como
un evento televisivo en el que los organizadores, los que lo
transmiten y el público luchan por dar significados a
estos eventos. La transmición del lanzamiento de su CD
en las fiestas de Guayaquil, por ejemplo, permitieron que Bucaram
rompa con las rutinas de qué se presenta en la televisión
atrayendo a un público muy amplio. Pero al contrario de
sus intenciones, estos eventos televisivos no fueron interpretados
por la opinión pública como representaciones de
los valores, símbolo y narrativas fundamentales de la
sociedad ecuatoriana. Al contrario, estos eventos fueron vistos
por los periodistas, editorialistas y otros comentaristas que
influyen en la formación de la opinión pública
como la irrupción de la barbarie en el palacio presidencial.
Quienes influyen en la construcción de la opinión
pública usaron el argumento de la defensa de la democracia
en su lucha con el gobierno de Bucaram. Pero su defensa a la
democracia fue contradictoria. Por un lado, resistieron y cuestionaron
la estrategia de Bucaram de sustituir la política basada
en el diálogo y la confrontación de argumentos
lógicos por las imágenes televisivas basadas en
la cultura de masas. Por otro lado, los periodistas y editorialistas
no respetaron a la democracia entendida como una serie de normas,
reglas y procedimientos que regulan la convivencia ciudadana.
Es así que el respeto a los procedimientos democráticos
fue visto como secundario en la lucha sin cuartel contra de un
presidente visto como la encarnación de la barbarie de
las masas populares.
Las visiones normativas sobre la decadencia de las deliberaciones
racionales de la política tradicional basada en el lenguaje
y su sustitución por las imágenes manufacturadas
por los medios masivos de comunicación social no ayudan
a entender la política latinoamericana. En esta región
aún los movimientos políticos basado en el proyecto
de la ilustración tales como el liberalismo y el socialismo
usaron el potencial movilizador de mitos emocionales y de discursos
maniqueos. La relación entre emociones y razón
instumental estratégica se revelan claramente en la política
populista. El populismo fue la mayor fuerza democratizadora en
latinoamérica. Desde los años treinta hasta los
setenta los regímenes populistas expandieron el voto e
incorporaron a la comunidad nacional a sectores previamente excluidos
por la marginación económica, social y política.
Los líderes populistas han usado un discurso maniqueo
que presenta la lucha entre el pueblo y la oligarquía
como una confrontación total y ética entre el bien
y el mal, la redención y el sufrimiento. Esta retórica
movilizadora ha ido de la mano de una visión de la política
como forma de participación popular directa, como la ocupación
de espacios públicos y la aclamación a un líder.
La apropiación autoritaria de los líderes populistas
de la voluntad popular ha presentado grandes riesgos para la
institucionalización de la democracia y estos movimientos,
que han incluido a sectores previamente excluidos, no siempre
han respetado las normas de las democracias liberales. Las coaliciones
electorales populistas y los movimientos populistas han combinado
el intercambio de recursos materiales entre líder y seguidores
con apelaciones emotivas al pueblo como la escencia de la nación
auténtica. La naturaleza de estos intercambios y de los
discursos han cambiado en el tiempo. En la actualidad las políticas
macroeconómicas distributivas de los llamados populismos
clásicos han sido remplazados por políticas neoliberales.
Estas políticas macroeconómicas que son excluyentes
y antipopulares van de la mano con políticas microdistributivas
que incluyen parcialmente a los sectores más pobres a
expensas de los sectores organizados que fueron los beneficiarios
de los populismos clásicos como los trabajadores sindicalizados
y los empleados estatales.
La idealización de la política como racional y
deliberativa da fuertes argumentos normativos para criticar las
fallas y los objetivos no alcanzados por las democracias liberales.
Pero estos argumentos también pueden usarse para silenciar
a quienes son construidos fuera de la razón y de la democracia,
especialmente en sociedades en las que existen desigualdades
sociales muy grandes y exclusiones cotidianas a los más
pobres y a los "no blancos." Como lo anota Judith Butler,
bajo la supuesta universalidad de la modernidad democrática
"los sujetos son construidos a través de la exclusión,
esto es, creando sujetos desautorizados, presujetos, figuras
de la vileza, poblaciones borradas del horizonte." Pese
a que las élites dicen ser la encarnación de la
razón y de los valores democráticos, es importante
anotar que historicamente han reprimido a la gente común
en nombre de la razón, la modernidad y la civilización.
Este artículo ha cuestionado las interpretaciones del
neopopulismo como manipulación de las masas atomizadas
y fragmentadas por las élites que ahora controlan los
medios masivos de comunicación social. La televisión
no es la variable fundamental que explica las elecciones recientes
de líderes "neopopulistas," pues no ha reemplazado
al clientelismo y los mitines masivos de masas. Además,
es importante señalar que los mensajes de los medios masivos
son interpretados dentro de culturas políticas específicas
y que los intelectuales y periodistas que ayudan a dar forma
a la opinión pública tienen un papel importante
al interpretar y ayudar a descifrar los mensajes de estos medios.
Hasta que los proyectos de democratización no incluyan
seriamente la cuestión social, las élites continuarán
usando la retórica de que ellas representan la razón
para marcar fronteras y diferencias entre los ciudadanos respetables
y aquellos construidos como el "otro" esto es como
la negación de la razón y de la democracia. Los
líderes populistas continuarán con la práctica
autoritaria de decir que son la encarnación de la voluntad
popular y de los pobres presentándose a sí mismos
como un reto a proyectos de democratización excluyentes
y limitados. La tentación populista seguirá existiendo
mientras los pobres vivan en regímenes que no respetan
sus derechos constitucionales y sus derechos humanos. El populismo
no desaparecerá mientras las diferencias de clase social
se asemejen a diferencias de estamentos sociales en las que hay
unos pocos individuos que están más allá
del poder de la ley y la mayoría que pese a tener derechos
escritos en constituciones en la práctica carecen del
poder de usar sus derechos de ciudadanos.
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