Ecuador DEBATE Nº 55
 
 CRITICA BIBLIOGRAFICA

MOVIMIENTO INDÍGENA Y
COOPERACIÓN AL DESARROLLO

Autor: Víctor Bretón

Comentarios: Pablo Ospina*

Hasta el año pasado, prácticamente todos los estudios disponibles sobre la relación entre las organizaciones no ­ gubernamentales (ONG) y la movilización indígena, habían enfatizado los aspectos positivos de una interacción "virtuosa". Probablemente el más completo de estos análisis era la importante compilación de artículos Actores de una década ganada (Bebbington et. al. 1992). En ese trabajo colectivo se señalaba cómo la intervención de múltiples agencias civiles de desarrollo había contribuido en campos muy diversos al fortalecimiento de las demandas étnicas y de la capacidad organizativa de los indígenas durante la década del ochenta. En la misma línea de razonamientos el hoy fallecido Hernán Carrasco (1993) escribió sin duda uno de los más convincentes estudios de caso que mostraba cómo la acción de las organizaciones no gubernamentales de desarrollo en Chimborazo había sido un elemento central en el proceso de "copamiento" indígena de las estructuras locales de poder en las parroquias en el contexto de la disolución de las viejas modalidades de "administración étnica" que sucumbieron luego de la desaparición de las haciendas tradicionales.

Por la misma época (inicios de los noventa), varias alusiones casuales en la literatura especializada apuntaban en la misma dirección. Resalta el trabajo de Tania Korovkin (1991: 22-28) que mostraba cómo el "clientelismo" propio de las intervenciones del Estado (DRI, FODERUMA o la propia educación bilingüe), sin dejar de existir, buscaba ser "reapropiado" por las organizaciones indígenas de segundo grado de la provincia de Chimborazo con el propósito de fortalecer el "control" indígena sobre el desarrollo local. El optimismo se mantuvo a lo largo de la década. Juan Pablo Muñoz (1999: 44) a propósito de las gestiones municipales de tres municipios conducidos por Pachakutik en la sierra, apuntaba todavía en 1998 que la "gestión del desarrollo" a partir de las ONG había "preparado" a una parte de la dirigencia étnica para los desafíos del desarrollo local. En la misma línea de razonamientos, Sissy Larrea (1998: 65) señalaba cómo los proyectos de desarrollo habían contribuido a la emergencia de ciertos liderazgos femeninos en las organizaciones indias. Pero sin duda, los trabajos que más sistemáticamente quisieron mostrar esta relación virtuosa fueron los trabajos de Manuel Chiriboga y sus colaboradores (1999) sobre los treinta años de gestión del Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio (FEPP) y los ensayos recopilados por Anthony Bebbington y Víctor Hugo Torres (2001) sobre el "capital social" en los Andes.

Estos dos últimos trabajos insisten ya no tanto en el "círculo virtuoso" de la movilización étnica y el "proyectismo" de las dos últimas décadas, sino que anotan un "giro" significativo en las preocupaciones de ambos actores: los efectos de su interacción sobre el desarrollo rural. Estos trabajos, así como uno anterior de Chiriboga (1995), señalaban el tránsito de las ONG y las organizaciones de segundo grado (OSG) desde posiciones "político ­ reivindicativas" hacia posturas de "gestión" del desarrollo y de inserción exitosa en las dinámicas del mercado. Esto fue considerado por Anthony Bebbibgton (2001: 25) como un énfasis nuevo que las organizaciones indígenas prestaban a las preocupaciones económicas de sus bases. Este autor llega a plantear la hipótesis de la existencia de "islas de sostenibilidad" en los Andes sustentada en estas intervenciones y en el trabajo paralelo de formación de "capital social" en esas zonas, condición de existencia de dichas "islas". El trabajo sobre Cayambe, recogido en la misma recopilación (Bebbington, Perrault y Carrol 2001) busca mostrar precisamente cómo una sostenida intervención en el desarrollo (en el caso específico, se trata de una organización de regantes) es capaz de "inducir" el aparecimiento de un consistente "capital social" en ciertas zonas. Más allá de las indudables diferencias de énfasis temático (movilización en un caso y "desarrollo" en el otro) todos estos estudios apuntaban al mismo aspecto: cómo los proyectos de desarrollo (en general pero no exclusivamente llevados a cabo por ONG) contribuían al fortalecimiento organizativo principalmente a través de la formación de una dirigencia social autónoma pero también a través de la gestión práctica de proyectos locales.

El trabajo de Víctor Bretón ha venido a romper este cálido consenso. Su discrepancia abre un saludable espacio de debate y la puerta para una revisión más crítica de los riesgos políticos y sociales que estas intervenciones pueden implicar. Es preciso señalar, de entrada, que ésta es la primera oportunidad en que un análisis de este tipo es conducido por alguien que no está directamente vinculado a las organizaciones no ­ gubernamentales aludidas (a excepción de Tania Korovkin, proveniente también del medio universitario del norte). Víctor Bretón es un académico español de la Universidad de Lleida que estudió en Barcelona y que desembarcó en Ecuador justo cuando el movimiento indio copaba los caminos de la sierra en julio de 1994 para oponerse a la primera versión de la Ley de Desarrollo Agrario que clausuraba formalmente el proceso de reforma agraria en el país. Desde entonces se instaló en FLACSO / Ecuador y desde allí se dedicó a estudiar y publicar estudios sobre el problema agrario en el país (Bretón 1999). Esa independencia personal puede rastrearse no solo en las hipótesis y conclusiones del estudio, sino en el estilo agresivo y contundente de sus críticas políticas e ideológicas.

La crítica de Bretón trata de derrumbar todos los supuestos de lo que podríamos llamar, parafraseando un célebre documento, el "consenso de Quito". ¿Cuáles son estos supuestos? Primero, que las intervenciones aludidas promueven efectivamente un cambio social y económico positivo (el "desarrollo" o alguna manifestación similar a escala constatable) en las zonas en las que intervienen. Segundo, que las intervenciones aludidas promueven la formación de "capital social", fortalecimiento organizativo o algún tipo similar de "empoderamiento" local (espantoso anglicismo que podríamos sustituir con gran provecho).

Hay que empezar diciendo que Bretón suele hacer críticas devastadoras a estos dos supuestos para

 
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