Ecuador DEBATE Nº 56
 
 ENTREVISTA

principios del siglo XX para estudiar a los guaraníes. Es un hombre joven, recién egresado de una universidad alemana y al entrar en contacto con los guaraníes descubre que él es guaraní y asume esta revelación, pasa a llamarse Kurth Imuendayú, que quiere decir en lengua de esta etnia "el que elige su casa". Muchos años después muere siendo un indígena guaraní luego de haberse estudiado así mismo.

El otro caso que se puede citar como ejemplo es el de Rafael Barrett, uno de los escritores paraguayos de todos los tiempos y una figura emblemática de la cultura paraguaya, probablemente la mayor de todas, el paraguayo más paraguayo de todos, y Rafael Barrett era
hijo de padre inglés y de madre española, educado en Francia, llega a Paraguay cuando es hombre hecho y derecho, anarquista fervoroso, pasa en este país seis años de su vida, la mayor parte de este tiempo preso por actividades subversivas, después lo mandan al exilio, nunca más puede volver y él como repito, era el más paraguayo de todos porque descubrió que era paraguayo. Piso esa tierra y esa tierra le dijo a través de las plantas: "tú me perteneces, tú eres mi hijo, así hayas nacido en otro lado". La identidad, entonces, no tiene que ver con las partidas de nacimiento, tiene que ver, fundamentalmente, con los lugares, las personas, los valores que uno elige.

F.A.O. ¿En consecuencia, se elige la identidad?

E.G. Depende del caso, hay que tener una noción de identidad muy flexible que además no nos impida olvidar que somos diversos y que somos universalidad porque la condición humana es una y muchas y eso es lindísimo que ocurra. Lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que el mundo contiene. Por suerte somos diferentes, por suerte somos diversos, pero también hay valores comunes al género humano que se han ido transmitiendo de diferentes maneras, de generación en generación.

F.A.O. Pero en el mundo hay mucho chauvinismo que rechaza ese argumento, porque hay sociedades que se encierran en su propia cultura y en su propio mundo...

E.G. Claro, lo que pasa es que eso también ocurre como una actitud defensiva, en muchos casos fanática y ciega, a la globalización que impone una suerte de "uniformización" de la cultura a escala mundial. Entonces a veces ocurren esas reacciones que suelen ser de fanatismo religioso o de aislamiento cultural que en ciertas oportunidades se explican, no digo que se justifiquen, pero se explican como respuestas a esta especie de "uniformización" obligatoria en la época de la gran hamburguesa planetaria.

F.A.O. ¿Frente a la globalización podemos anteponer el concepto de la localización?

E.G.Yo diría que hay que ser muy flexibles, tolerantes y muy cuidadosos con estos temas. El problema es que para recuperar la universalidad de la condición humana que es lo mejor que tenemos es necesario celebrar al mismo tiempo la diversidad. Esta sería la síntesis de lo que yo creo que es la identidad, en un mundo que a mí me parece que anda muy mal porque te condena a morir de hambre o de aburrimiento. Entonces, un mundo "uniformizado" es un mundo aburridísimo. Yo creo que la condición humana es muy divertida, muy diversa, muy celebradora de la vida, es un abanico de todos los colores, es un arco iris infinito.

F.A.O. Un pensador y político colombiano asesinado, Álvaro Gómez Hurtado, en su libro La revolución en América, dice que cuando se descubrió nuestro continente ya llevaba cinco mil años de atraso en la historia. Al fin y al cabo la cultura americana es relativamente nueva. ¿Cree usted que ya hay en Latinoamérica una identidad cultural?

E.G. Hay muchas, por suerte, que de algún modo definen un espacio cultural común, pero son muchas y muy diversas. América Latina es una región del mundo donde se encuentra todo, todo lo que busques. Qué suerte que seamos así, como ese disparate que alguien alguna vez me discutía desde las altas cumbres de la ciencia preguntándome qué tiene en común un negro de Haití con un gaucho de la pampa. ¡Pero claro que tienen algo en común! De repente no lo saben, pero de seguro que tienen algo en común. Tienen de común muchas cosas que las que saben que tienen. ¿Por qué? Porque unos y otros han sido condenados a la amnesia de una historia oficial enferma de racismo, de machismo, de elitismo y de militarismo, entonces están mutilados en el conocimiento de lo que fuimos, en la memoria compartida, y mutilados también en el conocimiento de la realidad, pero en la medida en que eso se abra, en que luchemos para abrirlo, para ser lo que podemos ser, que es una cosa infinitamente amplia y espléndida, vamos a descubrir que hay muchísimos más puntos de contacto de los que suponemos que hay y te diría que empezando por los más obvios que pasan por la obligación de sentido común de defendernos juntos. Es un escándalo que los países latinoamericanos no hayan logrado unirse siquiera para hacer frente juntos a la deuda externa. Cosas que parecen de cajón, entonces negocian por separado, con lo cual, por separado se ahorcan, claro.

F.A.O. En su libro Las venas abiertas de América Latina se detalla pormenorizadamente toda la explotación de las tierras de este continente, pero ese texto usted lo escribió en 1970. ¿Treinta años después Latinoamérica no está en un proceso de involución?

E.G. En algunas cosas sí, en otras no. Es muy difícil hacer un balance treinta años después. No se pueden reducir las cosas a un simple balance, la realidad por suerte es más rica y más asombrosa de lo que cualquier esquema puede presumir que es. Ella es una señora con mucha capacidad de sorpresa y muy inabarcable, pero en líneas generales diría que en algunas cosas se ha retrocedido, sí, en otras se ha avanzado. Se ha retrocedido, te pondría ejemplos un poquito deshilvanados. Yo me acuerdo cuando escribí Las venas, a finales de 1970 que, por ejemplo, había una cierta unanimidad universal en torno de algunas cosas elementales o básicas: la pobreza era un resultado de la injusticia, lo proclamaba la izquierda, el centro lo admitía, la derecha no lo discutía. Había pobreza porque había injusticia, un reparto injusto de los panes y de los peces. Treinta años después ya quedan muy poquitos que digan que la pobreza es un resultado de la injusticia. No digamos en la derecha o en el
centro pero hasta en la izquierda ha prosperado esta suerte de certeza de fin del siglo XX y comienzos del siglo XXI de que la pobreza es el castigo que la ineficiencia merece y por lo tanto no es el resultado de la injusticia, es un acto de justicia. Se jode el que no trabaje o el que no sabe defenderse y el que no sabe competir y el que no es eficiente ni rentable. En
ese sentido me parece que hay un retroceso, sí, se ha involucionado en la concepción de ciertas cosas que en aquella época eran de cajón, que nadie las discutía porque parecían que eran evidentísimas y ahora todo eso ha cambiado, este mundo es mucho menos solidario
de lo que era el mundo del año 70, se han roto muchos los vínculos de solidaridad entre las personas, entre los pueblos, en gran medida porque como que hay una dispersión de esfuerzos, esta cosa unánime hoy por hoy de arréglate como puedas, de cada cual a lo suyo.

 
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