Ecuador DEBATE Nº 57
 
 TEMA CENTRAL

Un antecedente significativo y concreto del malestar del ciudadano y de la crisis de confianza lo constituye la elección legislativa del 14 de octubre de 2001, dos meses antes de la renuncia de De la Rúa. El comicio se caracterizó por la amplitud del voto negativo y el alcance de la abstención, que registró la cifra del 41% del padrón electoral entre ausentismo, votos en blanco y nulos, en total no eligieron candidatos más de 10 millones de ciudadanos. Con respecto a los anteriores comicios legislativos los partidos perdieron casi 5 millones de votos. El promedio nacional de votos en blanco y nulos alcanzó el 21,1 % (casi 4 millones de personas). La participación electoral fue del 74%, el índice más bajo desde 1983. Todos sabemos que el poder de los ciudadanos es mínimo en la democracia representativa y que se manifiesta masivamente en los actos electorales. Entre las grandes instituciones de poder de la sociedad emerge el poder electoral. No en vano escribió Ferrero que "entre todas las desigualdades humanas, ninguna es tan importante por sus consecuencias ni tiene tanta necesidad de justificarse ante la razón, como la establecida por el poder"3. El voto es una herramienta de poder de los ciudadanos, que en la Argentina se ejercita cada dos años. Desde este punto de vista es posible pensar el voto negativo como expresión de protesta y de sanción y no necesariamente como voto antisistema. Ese voto pretendió configurar un fuerte llamado de atención a la dirigencia política, y de esta manera numerosos ciudadanos hicieron valer su pequeña cuota de poder interrogando a sus representantes.

En esta circunstancia cabe aclarar que los votantes negativos no se sitúan en el mismo lugar de aquellos que no concurren a los comicios. Estos últimos están paralizados por la apatía absoluta y la pura indiferencia. En cambio, los primeros se sienten aún convocados por las urnas, interpelados por el juego del sistema democrático. Fueron, como se dijo, ciudadanos que expresaron su protesta y buscaron una sanción, y en ese sentido no fueron desertores de la democracia. Aunque el voto negativo no fue el voto antisistema que se volcó en las urnas, sin embargo es conveniente advertir que el terreno en el que se mueve no es desconocido por las consecuencias que puede acarrear, una de las más importantes es la deslegitimación de la democracia. Mientras el voto negativo no adquiera un carácter permanente y, en consecuencia, no se ingrese a una situación de nihilismo masivo, no se convertirá en un factor deslegitimante de la democracia. Sólo el triunfo del escepticismo será la condena de la democracia. De lo que se trata, pues, es de no transformar a los ciudadanos en enemigos de la democracia, para lo cual ella debe comportarse como un régimen sabio en el momento de regular los conflictos que ponen en riesgo su propio sistema político. La responsabilidad principal recae en la dirigencia toda: evitar que un fenómeno probablemente coyuntural se transforme en estructural. La pregunta continúa siendo: ¿cómo acercar la política a los ciudadanos? ¿Cómo restituir a la política su dignidad y credibilidad?

Deslegitimación y desinstitucionalización de la política

En el paisaje que venimos describiendo, la crisis de la política está atravesada por la emergencia de un doble fenómeno: la deslegitimación y la desinstitucionalización de la política. Son dos fenómenos diferentes, aunque entrelazados, vinculados a la impugnación del concepto política. Como decíamos antes, la política ha perdido legitimidad, ha perdido aceptación, los ciudadanos no se sienten convocados por los hombres políticos y su rechazo proviene del hecho de que es identificada como política de poder, como simple maniobra, como mera política de intereses particulares. En la percepción de la mayoría, la política se ha separado de los problemas de la vida cotidiana, se ha deshumanizado y no da respuestas satisfactorias. En cambio, la desinstitucionalización de la política alude al intento de retirarla de sus canales tradicionales (parlamento, partidos, comicios) para trasladarla a las asambleas populares, a la participación directa. En lugar de las urnas, se prefiere a las calles como ámbito de la acción política. En ese horizonte flamea la democracia directa. En esta posición hay un rechazo a un determinado formato de la política, a los vicios y defectos antes comentados, a su carácter representativo, y en este sentido se la deslegitima, pero se la recupera con otro formato, desde el ejercicio colectivo de la decisión.

En ambos casos se ha perdido la fe en las instituciones y en los hombres políticos. Con la deslegitimación de la política se cuestiona a la política como relación constitutiva de la existencia de todos, como relación inherente al vínculo social. Se deslegitima, en fin, cuando las políticas públicas no son aceptadas por el mal desempeño de los gobernantes. Por eso, legitimar la política es conectarla con los asuntos humanos para dar respuestas satisfactorias. El problema es aún más complejo porque hablamos de legitimar una política democrática que no se reduce al respeto de las libertades individuales, sino que también debe comprender el desarrollo del bienestar colectivo. En cuanto a la desinstitu cionalización de la política, ella obedece a una tradición, en parte populista, que repudia la democracia representativa y se arroga a través de la acción directa la representación del pueblo. Ya lo sabemos, la política moderna es representativa, la decisión directa de los ciudadanos en asambleas del mundo antiguo fue reemplazada por un sistema complejo de decisión indirecta en el mundo moderno. Lo que también sabemos es que nunca, al menos en la modernidad, el pueblo, una clase, ha ejercido el poder reunido en asamblea deliberante. Habría que buscar la respuesta en el perfeccionamiento de la democracia representativa.

La política ha sido fuertemente impugnada entre otras razones por la ausencia de políticas eficaces del buen gobierno. Si la política es, como sugería muy schmittianamente Julien Freund, el arte de la decisión, nuestras democracias con sus débiles desarrollos institucionales y sus dificultades para conseguir el bienestar general tienen por delante el reto de mejorar sus capacidades decisorias, para evitar bloqueos y retrocesos en los procesos de cambio y asegurar las tareas de gobernabilidad. El problema no es tanto la discusión sobre las democracias mínimas como la superación de las realizaciones mínimas. La Argentina ya es una sociedad dual, nunca como ahora hubo una situación tan extrema de pobreza y de marginación social, un país que creció merced a la educación pública y al ahorro de sus habitantes, con una franja muy ancha de clase media, se encuentra hoy con 19 millones personas que viven por debajo de la línea de pobreza (53% de la población), con 9 millones de indigentes (24,8%)
4, y este es un hecho inédito en su larga historia.


3 Guglielmo Ferrero, El poder. Los genios invisibles de la ciudad, Inter Americana, Buenos Aires, 1943, p. 35.
4 Datos del INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos), onda mayo del 2002.
 
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