Ecuador DEBATE Nº 45
 
 ANALISIS

PERU: EL PAIS DE LOS ESPEJOS ROTOS
Reflexiones sobre un mismo temaReflexiones sobre un mismo tema

Alicia del Aguila

A la hora de buscar marcar diferencias (de arriba a abajo, por supuesto), es frecuente que el peruano trate de sacar brillo a su lado menos "local", para ubicarse "más arriba".

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¿Cómo nos miramos y cómo, en función de esa mirada, nos relacionamos los peruanos?

A través de dos situaciones -el saludo con las manos sucias y las colas en el aeropuerto-, en la primera parte de este artículo trataremos de introducir una respuesta a esta interrogante. Haremos un ejercicio de observación de lo aparente para reflexionar acerca de lo que subyace detrás.

En la segunda parte, volveremos sobre la misma pregunta desde una perspectiva de largo alcance, es decir, una mirada histórica.

Los saludos con las manos sucias .

El estrechar las manos es el primer contacto físico que establecemos frecuentemente con las otras personas. Es, también, el inicio formal de las relaciones sociales. No se trata, pues, de un asunto irrelevante, carente de significado.

Al saludar a una persona la aceptamos formalmente. ("Quitar el saludo" a alguien es, por eso, un rechazo, una negación de la existencia de aquella, dentro de nuestro mundo). Además, con este acto probablemente ya la estamos ubicando en algún escalón dentro de la jerarquía social. El caso del saludo con las manos sucias es una situación límite que, a través de las diferentes salidas, plantea respuestas sobre nuestras "suciedades" delimitadas socialmente.

Pongamos como ejemplos algunos casos sacados de situaciones reales:

Para todos B = Compradora/cliente de clase media alta.

Caso 1.
A = pintor egresado de Universidad Privada.
A saluda a B con un beso en la mejilla o se lava las manos ("un momentito, que ya voy").

Caso 2.
A = pintor autodidacta, vive en barrio periférico.
Saluda a B ofreciéndole la muñeca.

Caso 3.
A = Arquitecto, acaba de salir de una obra en demolición.
Se sacude las manos y la ofrece a B. O simplemente le hace "hola" levantando la mano.

Caso 4.
A= Maestro de obra que acaba de salir de esa misma edificación en demolición.
Es presentado y saluda a B con una inclinación de la cabeza. O da la muñeca.

Aquí tenemos casos de personas que, a creerse ensuciadas, terminan saludando con la mano o un beso y otros, por no manchar al que tienen delante, entregan la muñeca o simplemente inclinan la cabeza. Una tercera salida es la de aquel que no pudiendo saludar con la mano sucia (arquitecto), no entrega la muñeca, sino que dice un amigable "hola" levantando la mano.

¿Qué justifica el cambio de saludos en estos casos? En situaciones similares de suciedad (pintor autodidacta y pintor universitario), el saludo difiere. Algo parecido podemos decir del maestro de obra y el arquitecto.

¿Por qué el pintor autodidacta o el maestro de obras se sienten tentados a entregar la muñeca? Probablemente no siempre, pero con mucha frecuencia la emplean quienes consideran que deben respetar la jerarquía del que tienen enfrente. No pueden ensuciarlo (aunque quizás el otro esté también físicamente sucio), luego, "quitan" la mano, realizando una suerte de mutilación simbólica.

En realidad, la idea de ensuciar está menos vinculada a la mano efectivamente sucia que a las normas jerárquicas de nuestra sociedad. Entre otras cosas, ésta pretende mostrar que hay razas y mezclas, así como trabajos y clases sociales menos limpias que otras. Así, con suciedades físicamente similares, la "evidencia" dentro de la sociedad peruana indicará "diferencias de grado" que se espera sean respetadas.

En la puerta al mundo.

En el aeropuerto, los esfuerzos por presentar una cara más moderna de país son evidentes. Letreros de atractivos destinos turísticos, señalizaciones, teléfonos de cabina, etc. Sin embargo, a la hora de las colas, representamos nuevamente la metáfora de nuestra sociedad.

De pronto, empleados de diferentes departamentos del aeropuerto -personas a quienes todos pagamos sus sueldos- aparecen de no se sabe dónde para dejar pasar a fulano y a sutano. Los que están de turno aceptan, a veces sin mirar siquiera el pasaporte. Puede tratarse de un delincuente, pero, si es su amigo de trabajo el que lo lleva del brazo, hay que confiar pues. Yo me pregunto ¿por qué milagro de la vida o sutilezas de la modernidad jamás he visto una "colada" semejante ni en el aeropuerto de la tan latina Miami ni en Madrid ni en etcétera?
En el Perú no solo los políticos emplean esta vía. En realidad, se trata de una tentación internalizada en casi todos los peruanos: las normas de igualdad son para los de abajo, para los que no tienen, por un motivo u otro, razones para ser distintos, es decir, privilegiados. La igualdad termina siendo un concepto visto despectivamente.

Cuento una situación que me tocó vivir en el aeropuerto. Hace un par de años, una congresista o pariente de congresista que, por la vestimenta parecía alguien de Cambio 90 recién "ascendida", se acercó a la cola de primera clase de Aeroperú exigiendo su privilegio a la "colada". Como algunos estábamos en esa cola, no por tener pasaje de primera sino por estar saturados los demás mostradores, reclamamos en coro. Ella trató de lanzarnos su recientemente aprendido gesto de superioridad. Al final, la del mostrador de la compañía ya privatizada no encontró motivos para atender primero ni a ella ni a su segundo de aduanas. Frustrada en su intento, solo atinó a lanzar una lisura -"chola de mierda"- a la del mostrador. Lo curioso es que chola o mestizas éramos ella y yo. La otra era más bien rubia. Raro país que no se puede mirar al espejo y cuyo peor insulto entre locales es sacar el cuasi gentilicio a la hora de querer insultarnos. Sobre este ejemplo volveremos al final de la siguiente sección.

HISTORIA A TRAVES DE UN LENTE INVERTIDO

El Perú republicano: élites y mayorías "distintas"

Una distinción elemental de toda comunidad o grupo humano es la que se hace entre los que se consideran parte del grupo y el resto, es decir, los de afuera. Los de afuera (foráneos) son vistos como diferentes. Usualmente, si desean incorporarse al nuevo grupo, deben pasar por una transición de adaptación . En algunas sociedades, la transición puede durar toda una vida. Sino pensemos en los países del primer mundo y sus barreras anti-migrantes y lo difícil -a veces imposible- de adquirir sus nacionalidades. Sin embargo, por el modo en que se constituyeron los estados-nación latinoamericanos y de buena parte de las sociedades post-coloniales, en esos países probablemente tenemos una suerte de inversión de esta distinción primaria. Desgajadas de las Metrópolis, las nuevas repúblicas en América Latina se construyeron a partir de minorías criollas -unas más, otras menos diseminadas en el territorio-. Para fines del siglo XIX, en el Perú tuvimos una élite concentrada casi totalmente en la capital. Por ejemplo, durante la República Aristocrática o de Notables, los hijos de la élite nacidos fuera de la capital (probablemente en la costa norte o en Arequipa, no en muchos lugares más) fueron llevados allí a temprana edad, no solo para educarse mejor, sino para socializarse con sus pares y no perder status a futuro. Para la edad adulta, o estudiaban en San Marcos o trabajaban en una oficina en el Centro de Lima. Es decir, no habían ciudades que constituyeran focos sociales relevantes fuera de la capital. Se estaba o no se estaba. Esto pudo ser una constante en el resto de América Latina, con diferentes grados. Sin embargo, en países como México, Colombia, Ecuador ello no se daba de un modo tan rotundo, tan solitario. Existían grupos de poder y presión fuera de la capital, en sus respectivas regiones.

Para esa élite peruana, el resto de compatriotas probablemente era visto con más desconfianza que el extranjero. Aquellos terminaban siendo los "distintos". A ellos los había que "modernizar" o mezclar con razas superiores. Esto es, de alguna manera, hacerlos un poco más parecidos a los foráneos (y a la imagen ideal de ellos mismos). No resulta raro, en este contexto, que los mensajes presidenciales en esa época hablaran de la necesidad de incentivar la migración europea y norteamericana como tarea prioritaria para el desarrollo del Perú.

"La casa limeña está en cierto modo abierta para todo el que llega; nada más fácil y simple que la introducción de un extranjero, cualquiera puede presentarlo casi sin previa autorización..." escribía el viajero francés Max Radiguet el siglo pasado. Una imagen contraria a la que solían tener los peruanos. Sobre esta distinción, pongamos un caso concreto, no de una casa sino de un centro social: el Club Nacional. La idea que se tiene aún actualmente es que se trata de una institución con un estricto control de selección de sus miembros. Efectivamente, había que vivir en Lima para ser candidato a socio. Es más, sólo cuatro de sus presidentes habían nacido fuera de la capital. De estos, tres tuvieron como terruño un puerto (Bryce, Gallagher y Aspíllaga) lo que nos habla de familias con, por lo menos, un padre extranjero. (Incluso, en el caso de uno de ellos, Antero Aspíllaga, su padre de origen chileno no solo tenía un origen humilde, sino incierto. Pero, como en el resto de América Latina, el mito aristocrático tenía, entre otras virtudes, la de esconder esos "detalles" biográficos). Solo uno de los no nacidos en Lima era del interior del país: Manuel Gálvez. Es decir, de los presidentes no nacidos en Lima, la mayoría tenían ascendencia directamente extranjera. Los que no vivían en Lima solo podían pedir ser socios de tránsito por una vez al año, durante seis meses. De ningún modo se les podía prorrogar. Sin embargo, había un artículo -vigente hasta 1913- según la cual los jefes de delegaciones extranjeras podían ser socios de tránsito de modo continuo, hasta que terminara su misión diplomática en el Perú, sin pasar por un jurado calificador. Algo a lo que, aunque fuera una formalidad, debían atenerse todos los peruanos. Rigidez de selección, sí. Pero, como suele ocurrir, los criterios dependen de los sujetos a quienes estén dirigidas esas normas.

REFLEXIONES A FIN DE SIGLO

Ahora bien, los criterios de "selección" (en los clubes -metáfora del mundo de las élites- y en el resto de la sociedad peruana) se complican conforme el proceso migratorio y otros cambios sociales ocurridos a través del siglo XX. Las distinciones de clase o étnicas se complejizan y resultan para nada unívocas. "El que no tiene de inga tiene de mandinga", decía Gonzalez Prada: el Perú es un país definido históricamente por su mestizaje. Y, para fines del siglo XX esta afirmación se ha vuelto más cierta que nunca. Sin embargo, se trata de varios mestizajes que nos cuestan aceptar, pues los moldes valorativos siguen siendo los de la metrópoli. Seguimos invirtiendo la asociación Hombre local---> confianza; Foráneo---->desconfianza. Lo que pasa es que, al no tener referencias claras (lingüísticas, raciales, clasistas, económicas, etc) lo "local" puede identificarse de muchas maneras. Nosotros mismos, al ser mestizos (en muchos sentidos), podemos identificar nuestros lados "local" y "foráneo", aunque esto sea una falacia. A la hora de buscar marcar diferencias (de arriba a abajo, por supuesto), es frecuente que el peruano trate de sacar brillo a su lado menos "local", para ubicarse "más arriba". Pero ¿en qué consiste el lado no "local"?. Varía, se trata de un juego de combinaciones de elementos personales que depende de los que están frente a frente. Sacar ese lado no "local" o negar lo "local", directamente, se refleja en el uso, en el sentido que les damos a las palabras. Por ejemplo, en el caso de la mujer en el mostrador de Aeroperú, insultando contra su imagen "chola" cree haber dejado de serlo; quiere creer que su sinónimo no es étnico, ni cultural sino tiene que ver con quién está abajo, quien sirve a quién. Luego, ella ya no lo es.

En fin, estas dificultades para aceptarnos como comunidad tiene que ver con una sociedad fuertemente jerarquizada, pero sin los criterios claros y absolutos de una sociedad de castas o de ghettos. Por eso gestos como el saludo son tan importantes.

Los elementos comunes o "locales" los compartimos, algo más con unos, otro aspecto más con otros. El complejo del espejo -que tiene que ver con el choleo- consiste en que aquello que nos iguala con el otro sea enmascarado, de acuerdo a las circunstancias. En un país con débiles reglas generales, el buscar nuestro lado no común, en este contexto, tiene que ver con el sentimiento que persigue a los que creen tener derecho a las "excepciones". No me refiero a la universal tentación a no hacer la cola si puede evitarse, sino al querer tener el privilegio de no hacerlo, a sentirse indignado si no se le considera como "diferente".

Quizás partiendo por lo dicho al final -hacer que las relaciones se rijan más por las reglas y menos por las "excepciones"-, es decir, compartiendo situaciones de igualdad, podemos empezar a aceptarnos mejor como comunidad.


* Socióloga y escritora peruana
Esta sección ha sido elaborada a partir de mi artículo "De las formas de saludar. La suciedad como concepto social", publicado en El Peruano (29/11/95).
Sobre los extranjeros y el proceso de inserción a un grupo nuevo, ver el ensayo de Alfred Schutz "El forastero. Ensayo de psicología social" en: Estudios sobre teoría social, Buenos Aires, Amorrortu, 1994; y el de Victor Turner "El proceso ritual", Ed Taurus, Madrid, 1988.
. Viajero Francés de mediados del siglo XIX. Una edición de sus escritos fueron publicados en 1967 por la Biblioteca Nacional del Perú bajo el título de "Lima y la sociedad peruana". La referencia está ubicada en la pag 44.

 
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