espontáneamente.
Para responderla recurramos a Amartya Sen, quien afirma "que
las limitaciones reales de la economía tradicional del
desarrollo no provinieron de los medios escogidos para alcanzar
el crecimiento económico, sino de un reconocimiento insuficiente
de que ese proceso no es más que un medio para lograr
otros fines. Esto no equivale a decir que el crecimiento carece
de importancia. Al contrario, la puede tener, y muy grande, pero
si la tiene se debe a que en el proceso de crecimiento se obtienen
otros beneficios asociados a él. () No sólo ocurre
que el crecimiento económico es más un medio que
un fin; también sucede que para ciertos fines importantes
no es un medio muy eficiente". Está claro, entonces,
que no hay, o si lo hay es por pura casualidad, una relación
directa y lineal entre desarrollo y crecimiento económico.
En estos años, tal como sucede en la vida diaria, en donde
a un rico le es más fácil que a un pobre conseguir
un préstamo, el Ecuador-petrolero consiguió los
créditos que no había recibido el Ecuador-bananero
y mucho menos antes el Ecuador-cacaotero. Pero la riqueza petrolera
no fue la única explicación para la carrera de
endeudamiento externo del país; hay que tener presente
la existencia de importantes volúmenes de recursos financieros
en el mercado mundial, que no encontraban en esos años
una colocación interesante en las economías de
los países industrializados; esta constatación
es fundamental para entender el crecimiento de los créditos
hacia todo el mundo subdesarrollado durante esos años,
pues éstos no se concentraron exclusivamente en los países
exportadores de petróleo.
En ese período, el monto de la deuda externa ecuatoriana
creció en casi 22 veces: de 260,8 millones de dólares
al finalizar 1971 a 5.869,8 millones cuando concluyó el
año 1981. Esta deuda pasó del 16% del PIB en 1971,
al 42% del PIB en 1981. Es preciso anotar que, en este mismo
período, el servicio de la deuda externa experimentó
un alza también espectacular: en 1971 comprometía
15 de cada 100 dólares exportados, mientras que diez
años más tarde a 71 de cada 100 dólares.
Los organismos internacionales -Banco Mundial, FMI y BID- fortalecieron
este proceso de financiamiento externo desmedido de las economías
subdesarrolladas, Ecuador inclusive. Su apoyo era parte integrante
de una estrategia que no encontraba otra salida frente a la crisis
recesiva de los países centrales y que facilitaba el "reciclaje"
de los eurodólares y de los petrodólares; esto
es el aprovechamiento de los dólares que se acumularon
sobre todo en los mercados europeos, desde fines de los años
sesenta por efecto de los desbalances de la economía norteamericana
provocados por la guerra de Vietnam, y que se concentraron también
en los países árabes exportadores de petróleo,
luego del alza de los precios de esta materia prima básica.
El auge petrolero y el masivo endeudamiento externo dieron lugar
a una serie de transformaciones, las que, sin embargo, no se
tradujeron en la superación de muchos de los problemas
arrastrados de años atrás; por ejemplo, la pobreza
no dejó de ser una constante en la sociedad ecuatoriana
en todos estos años. Es más, con el petróleo
aparecieron nuevas dificultades, como fue una nueva "crisis
de deuda externa", que estallaría a partir de 1982.
Una situación lamentable si se considera que la gran disponibilidad
de divisas en la década de los setenta durante el siglo
XX habría hecho posible, con políticas económicas
adecuadas y una real redistribución de la riqueza de por
medio, el establecimiento de bases sólidas para un desarrollo
más autodependiente y sustentable, que le habría
permitido al país intervenir en forma dinámica
en el mercado mundial y sobre todo habría podido dar paso
a la adecuada satisfacción de las necesidades básicas
de todos los habitantes. Esta apreciación, sin embargo,
no puede llevar a conclusiones simples, como que la solución
de los problemas podría darse exclusivamente a través
de un diferente manejo de lo económico. Una diferente
aproximación al tema material debe venir acompañada
con profundos cambios a nivel cultural e ideológico, que
potencien el desarrollo tecnológico, teniendo en cuenta
todas las capacidades existentes en una sociedad.
En estas condiciones, en el Ecuador, con tantos y tan diversos
recursos, en suma con un potencial económico capaz de
satisfacer las necesidades vitales de sus habitantes, se constata
que el problema no es simplemente económico, sino que
por el contrario continúa siendo un reto político.
Es más, siguen planteadas las preguntas básicas
para enfrentar el desarrollo sustentable a partir de la producción
de los recursos primarios disponibles: cómo manejar las
importantes disponibilidades de recursos naturales, cómo
encadenar el sector exportador con otros sectores de la economía,
cómo vigorizar el mercado doméstico y cómo
asegurar una adecuada difusión de los ingresos generados
por las exportaciones de dichos recursos.
La situación de abundancia relativa de recursos financieros,
que permitió un manejo político de cierta tolerancia
en medio de un ambiente dictatorial, se mantuvo mientras existió
un considerable flujo de dólares provenientes del exterior,
que facilitaba la postergación y aún la superación
(al menos aparente) de algunos conflictos. De alguna manera el
petróleo viabilizó la dictadura militar, pero a
la vez eliminó la necesidad de asumir reformas estructurales
profundas, tal como se había planteado en un inicio, en
1972. De acuerdo a lo que se formuló en la Filosofía
y Plan de Acción del Gobierno Revolucionario y Nacionalista
del Ecuador, la sociedad se caracterizaba por ser "económicamente
subdesarrollada, socialmente injusta y políticamente dependiente,
producto del irresponsable manejo de los asuntos del Estado."
Y esto se quería superar con la instauración del
gobierno militar.
En otras palabras, mientras había suficientes ingresos
externos no hubo necesidad de recurrir a los cambios propuestos,
los que, a su vez, no fueron más prioritarios debido a
la existencia de esos recursos financieros. Por ejemplo, no era
necesario revisar las estructuras de precios internos de la gasolina
para frenar el contrabando y el desperdicio energético,
impidiendo, además, el surgimiento de una creciente brecha
fiscal. En esos años simplemente no se consideraba necesario
un incremento de la presión tributaria; recuérdese
que el propio dictador, el general Guillermo Rodríguez
Lara, décadas después todavía se vanagloriaba
que en su gobierno no se cobraba impuestos. Cualquier urgencia
fiscal, cuando los ingresos del petróleo resultaban insuficientes
o declinaban por razones coyunturales, se cubría con créditos
externos.
En estas condiciones, cuando los recursos externos fluían
con facilidad, el Estado, cuya presencia aumentó en la
economía, diseñó una serie de mecanismos
destinados a subsidiar al sector privado. En este escenario se
profundizó la política de industrialización
vía sustitución de importaciones. Esta política,
sin duda, significó enormes ganancias para los segmentos
más acomodados del país, de relativo enriquecimiento
para amplios grupos medios de la población y de ciertas
ventajas para algunos sectores mayoritarios. Aunque estos últimos
apenas recibían migajas del banquete petrolero, en el
Ecuador había la sensación bastante generalizada
de que el desarrollo se encontraba a la vuelta de la esquina
y algunos hasta soñaban con El Dorado petrolero, que sigue
aún motivando la creciente extracción de crudo
a inicios del siglo XXI.
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