Ecuador DEBATE Nº 58
DEBATE AGRARIO
DESARTICULACION SOCIAL Y TENSIONES LATENTES EN LAS AREAS FLORICOLAS DE LA SIERRA ECUATORIANA: UN ESTUDIO DE CASO*
Tanya Korovkin**
El desarrollo de las florícolas, además de generar plazas de trabajo, ha propiciado un proceso de erosión organizativa a nivel local que busca ser contrarrestado con agendas sociales que, a pesar de hallarse aún débiles e inciertas, buscan propiciar una mayor interacción institucionalizada entre los gobiernos seccionales y los actores de sociedad civil frente a las empresas productoras. La dinámica planteada se encamina, desde la comunidad, hacia el mejoramiento de la situación social y ambiental de los trabajadores y trabajadoras de las zonas florícolas del Ecuador.
En Ecuador, la floricultura de exportación se inició en 1983, con 2 hectáreas de rosas. En 2001 ya hubo 3,208 hectáreas: principalmente rosas, pero también claveles, crisantemos y otras variedades. La mayor parte de la producción nacional se exporta a los Estados Unidos y la Comunidad Europea. En 2001, se exportaron flores por más de 200 millones de dólares, lo que representa el 6 por ciento del valor de las exportaciones nacionales y el 56 por ciento de la exportaciones primarias no tradicionales (EXPOFLORES 2002a: 44-45). Actualmente, la floricultura es el principal generador de divisas en la Sierra (CEA 1999).
Típicamente, la producción se realiza en invernaderos y tiene carácter empresarial, con altos niveles de inversión. También es una actividad altamente intensiva en la mano de obra, con un significativo efecto multiplicador. La mayoría de las empresas de flores en Ecuador emplean entre 11 y 13 personas por hectárea, mientras que la ganadería, una actividad tradicional en la Sierra, ocupa solamente entre 0.3 y 3 trabajadores (Mena 1999).
La creación de empleo por las empresas florícolas representa una fuerte ventaja, especialmente en el contexto de una situación de crisis y estancamiento económico. Al mismo tiempo, sus prácticas han generado bastante preocupación por los problemas ambientales y con la calidad del trabajo. Estos aspectos contradictorios han sido objeto de discusión a nivel nacional e internacional. Los defensores de las florícolas ponen hincapié en la creación del empleo en las zonas rurales en las que existen pocas oportunidades de trabajo, especialmente para las mujeres. Por otro lado, los que critican la proliferación de las plantaciones de flores mencionan, entre otras cosas, la contaminación ambiental, problemas de salud, bajos salarios y largas horas de trabajo (Alberti 1991; Harari 1994; Thrupp 1995; Lara 1995; Medrano 1996; Silva 1996; Palán y Palán 2000; Mena 1999; UNOPAC 1999).
A nivel internacional, existen normas y códigos voluntarios que promueven formas de producción florícola responsable en términos ambientales y sociales. Uno de los programas más conocidos es Sello Verde, o FLP (Flower Label Program) con sede institucional en Alemania. Desde el inicio del programa en Ecuador en 1996 y hasta 1998, 22 empresas ecuatorianas han recibido certificados de Sello Verde. A nivel nacional EXPOFLORES, el gremio de los floricultores ecuatorianos, aprobó un código de conducta para sus miembros e implementó un programa denominado "La Flor de Ecuador," con el objetivo de mejorar los aspectos productivos, ambientales y sociales en el sector florícola (EXPOFLORES 2002b). El reto principal es el aumento de la competitividad internacional, lo que en el contexto actual implica un cierto nivel de responsabilidad social y ambiental (Amba-Rao 1992; Brown et al. 1993; Montaño Pérez 1998).
Este ensayo examina algunas ventajas y desventajas de la producción de flores de exportación a nivel local. El mismo está enfocado en los problemas que el crecimiento del empleo florícola, el cual constituye un avance importante en términos del mejoramiento de ingresos en áreas rurales, ha creado a nivel de familia y comunidad. El enfoque principal es sobre el presupuesto del tiempo y los niveles de participación organizativa entre los trabajadores de flores, por un lado, y los campesinos, artesanos, amas de casa y profesionales, por el otro. Mi argumento es que el trabajo en las florícolas resulta en una desarticulación social, producto de una reducción del tiempo dedicado a las actividades familiares y organizativas por los trabajadores de flores.
También voy a analizar las quejas que los trabajadores de flores y los moradores de la zona tienen frente a las empresas. Dado el bajo nivel del desarrollo organizativo en las zonas florícolas -- especialmente en comparación con el poder empresarial -- estas quejas se expresan principalmente en una forma individual o, en el caso del gobierno local, como planteamientos públicos que es difícil poner en práctica. El resultado es una proliferación de antagonismos latentes, que no se expresan en una forma institucionalizada, pero los cuales sin embargo están ahí, deteriorando las relaciones entre las empresas, por un lado, y los trabajadores de flores y los moradores, por el otro.
Relaciones laborales en el sector florícola: aspectos generales
Como ya se ha mencionado, la producción de flores es una actividad altamente intensiva en la mano de obra. Según las estimaciones de CEA (1999), en 1998 el empleo directo e indirecto creado por la floricultura fue alrededor de 150 mil puestos de trabajo. Tal vez a nivel de la Sierra, esta cifra no aparece muy alta: en 1999 los trabajadores de flores constituían menos de una décima parte de la PEA rural en esta región (Banco Central 1999: 161, 162; El Comercio, 15 febrero 1999). Sin embargo, la creación del empleo en ciertas zonas fue muy significativo. Por ejemplo, el 96 por ciento de la mano de obra del cantón Pedro Moncayo y el 32 por ciento del cantón Cayambe dependen directa o indirectamente de la industria de flores (CEA 1999).
En cuanto a los problemas de salud y medio ambiente los que posiblemente representan el aspecto más problemático del desarrollo de las florícolas -- están muy poco estudiados. De la misma manera, las relaciones laborales y los efectos sobre comunidades aledañas han sido poco documentadas. Los estudios realizados en este sentido ofrecen un cuadro mixto. La gran mayoría de los trabajadores de flores reciben salarios cercanos al salario mínimo. Según Mena (1999: 48), el salario promedio percibido por los trabajadores de flores en Cayambe en 1997 era 577 mil sucres, horas extra incluidas, mientras que el salario mínimo vital era 604 mil sucres. Según otro estudio, implementado en 1999, los trabajadores del cultivo generalmente percibían alrededor de 1 millón mensual, con horas extras (Korovkin 1999), mientras que el salario mínimo vital fue 1,033 mil (Banco Central 2000: 91).
Al mismo tiempo, muchas empresas florícolas ofrecen a sus trabajadores la afiliación al Seguro y varios servicios dentro de la empresa. Según la encuesta de EXPOFLORES, el 100 por ciento de los trabajadores en las empresas encuestadas estaban afiliados al IESS; el 74 por ciento de las empresas ofrecían el
* El trabajo de campo para este estudio se desarrolló en el año 2000, dentro del marco del Proyecto INSTRUCT, auspiciado por ACDI (Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional). El estudio se realizó en coordinación con IFA, PUCE, CEPCU, gobiernos seccionales y autoridades comunitarias. El trabajo de campo fue implementado con el apoyo de promotores y encuestadores comunitarios. Raúl Harari y Héctor Rivera han ofrecido valiosos comentarios sobre el tema. La autora expresa una profunda gratitud a estas y otras personas que han colaborado con el estudio.
** Profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Waterloo, Canadá.
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