Ecuador DEBATE Nº 47
 
 TEMA CENTRAL

LA DIFERENCIACION NACIONAL EN EL CONTEXTO DE LA REGION ANDINA

Heraclio Bonilla

Desde hace aproximadamente tres décadas los Andes, como espacio cultural, ha sido el escenario privilegiado de investigaciones arqueológicas, etnológicas, históricas, etnohistóricas, las que han enfatizado, o privilegiado, la singular unidad de la región. Se ha escrito, incluso, que los Andes estaría dotado de ciertas características irreductibles al tiempo y a las distorsiones locales, las cuales otorgarían a sus instituciones y procesos con una suerte de sello particular. Se trata, por cierto, de la omnipresente andinidad, que sin embargo nadie ha definido con precisión ni en qué consiste, como tampoco los rasgos constitutivos que la integran.

Frente al carácter parroquial de las investigaciones del pasado, el rescate de esa dimensión regional es ciertamente importante. Genera el establecimiento de comparaciones significativas que permiten un conocimiento más profundo de un determinado problema, utilizando como entorno de esa comparación una región dotada, hasta cierto límite, de una perceptible homogeneidad.

La región andina, en efecto, cuenta con una densidad histórica muy grande, y en la cual por centurias la economía y el gobierno de los imperios lograron establecer una articulación interna muy precisa. Frente a la fragmentación espacial y política que caracteriza a los dos últimos siglos, es su unidad previa la que parece contar con términos cronológicos Además de esa peculiar densidad cronológica, la relativa homogeneidad de la región andina es también el resultado de las características de una gran parte de su población. En efecto, en los Andes habita un campesinado indígena, diferenciado internamente en términos de lengua y de cultura, pero separado y marginado como un todo por blancos y mestizos, quienes son los otros grupos de la sociedad. Las modernas investigaciones sociales cuando aluden a la "andinidad" de la región, están precisamente invocando a la significación de esta dimensión étnica, a la particularidad de las instituciones y de los procesos creados o animados por esta población.

También, por cierto, los Andes son un espacio físico y ecológico muy preciso. A propósito de ello se ha hablado de un "país vertical", con una variedad de nichos ecológicos y cuyo uso explicaría que en el pasado lejano su población haya satisfecho un ideal de auto suficiencia sin tener que acudir a los clásicos mecanismos de intercambio y de mercado, al enlazar estos diferentes pisos térmicos y utilizar así su diverso potencial productivo.

Estos rasgos de unidad regional en los Andes son innegables, por obvios. En términos de conocimiento, el problema radica cuando se quiere asignar a esta región y sus características el papel de una llave maestra, con la capacidad de explicar por sí sola los procesos ocurridos, o en curso. Es un tipo de razonamiento, cuando no es tautológico, que asume un determinismo explicativo, soslayando el hecho de que los atributos supuestos de esa realidad deben más bien ser objetos de explicación.

Estas limitaciones son aún más graves cuando esa dimensión andina es reificada, al ser dotada de una inmanencia y de una inmutabilidad resistente a la erosión del tiempo y de las brechas locales y regionales. Dicho de otra manera, se postula que esa realidad andina se mantuvo intangible desde los tiempos lejanos hasta el presente, de modo tal que se convierte en la única constante en la definición de otros fenómenos que son asumidos como naturalmente variables. Este es un razonamiento que no resiste a la evidencia histórica y que prescinde o ignora de los cambios profundos que la historia colonial y post-colonial introdujo en los Andes.

Es este contexto el que explica y justifica el tipo de ejercicio que se intenta en esta ponencia. Tomando como marco cronológico el "siglo largo" del XIX, y como espacio los territorios actuales de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia se postula, dada la brevedad de esta comunicación, la ruptura nacional de la región andina, la que convierte a esa supuesta unidad andina en un espacio no sólo diverso, sino incluso opuesto. Oposición que en modo alguno es una disquisición académica, puesto que la guerra de enero y febrero de 1995 entre dos naciones "andinas" está ahí para recordarnos.

Que se subraye, por ahora, la diversidad y oposición nacional en el contexto de los Andes no significa desconocer que al interior de cada espacio nacional co-existen igualmente espacios regionales y locales profundamente heterogéneos, y cuya diversidad no puede ser atenuada invocando una unidad trascendente, o por un juego de palabras del tipo "la unidad en la diversidad". Esas diferencias no sólo son significativas, sino que son pistas que permiten un conocimiento más adecuado a la vez de las partes y del conjunto.

Para presentar las razones de la diversidad nacional de la región andina sugiero como hipótesis tener en cuenta las dimensiones siguientes:

El ordenamiento económico interno. Se trata de países con bases económicas completamente distintas. En el caso de Bolivia, estamos hablando de una economía fundamentalmente minera, anclada sucesivamente en la plata, el estaño y el petróleo. Su agricultura, exceptuada la experiencia exitosa pero reciente del Oriente, con el Beni y Santa Cruz, tuvo una importancia marginal dentro del conjunto de la economía. Las condiciones poco propicias del altiplano, o la proliferación del minifundio en el valle de Cochabamba, atentaron en efecto contra un desempeño más eficiente.

En el caso del Perú, el sector minero fue y sigue siendo importante. Hasta antes de la reforma agraria, en 1969, la agricultura de exportación, particularmente la especializada en la producción del algodón y de la caña de azúcar, en la costa norte, si bien tuvo un papel significativo no tuvo en cambio la capacidad de establecer enlaces profundos similares a los del sector minero.

En el caso del Ecuador y de Colombia, el sector minero fue inexistente. Colombia no pudo reproducir en el siglo XIX la exitosa experiencia aurífera de Medellín y de Popayán en el contexto de la Nueva Granada colonial . Casi toda la historia económica del Ecuador del siglo XIX giró en torno a las grandes plantaciones cacaoteras de la costa de Guayaquil , mientras que en el caso de Colombia su historia y su economía estuvieron anclados en la producción del tabaco, en menor medida, y, sobre todo, del café

Luego de las crisis de la primera mitad del siglo XX, en el marco de estas economías fundamentalmente primario-exportadoras se inició un proceso durable de diversificación de su patrón productivo con la emergencia del sector industrial. Pero este proceso no sólo que fue muy desigual en términos nacionales, sino que la industria en el caso de Bolivia, Ecuador, y el Perú, presentaron un grado de expansión que no guarda comparación alguna con la industria Colombiana. Ni por su estructura, ni por sus encadenamientos, el triángulo industrial de Bogotá, Medellín, y Cali encuentra paralelos en las experiencias de los otros países andinos .

La heterogeneidad nacional del campesinado andino. Luego de la hecatombe demográfica producida por la así llamada invasión española a comienzos del siglo XVI, la población indígena que logró sobrevivir a esa crisis fue agrupada en las conocidas reducciones toledanas, con el propósito de facilitar su colonización y de asignar más eficientemente mano de obra indígena a las principales empresas económicas españolas. Este primer proceso de masiva urbanización originó el establecimiento de una de las típicas instituciones andinas: me refiero a las comunidades de indígenas, o comunidades campesinas.

Establecidas en el siglo XVI en concordancia con un patrón uniforme, el destino posterior de estas comunidades fue muy diverso. Hoy, país por país, desde Colombia hasta Bolivia, esos pueblos campesinos son muy distintos. En el caso de Colombia, virtualmente no existen. Los resguardos indígenas de una región como Popayán, son más bien en su inmensa mayoría resultado de una creación reciente, al percatarse los indios de esa región que organizados como resguardos tenían mejores posibilidades de acceder a bienes y servicios dispensados por el gobierno central.

En el caso del Ecuador, igualmente, los salasaca, los saraguro, y los otavalo, hacen parte de enclaves étnicos muy precisos y muy distinguibles. El resto de la población indígena experimentó un fuerte proceso de mestizaje, hizo de la trashumancia un estilo de vida más o menos permanente durante el período colonial , y terminó siendo desalojada de sus asentamientos tradicionales. Las actuales comunas en el Ecuador no guardan ninguna relación con sus similares del Perú y de Bolivia, y su constitución es relativamente reciente. Están, en efecto, integradas por ex-colonos de hacienda, los conocidos huasipungueros, que a raíz de su desalojo de los latifundios en el marco de la reforma agraria de 1964 fueron concentrados y ubicados en estos nuevos pueblos de indios.

En el caso del Perú y de Bolivia, por cierto, la situación es muy diferente. En el altiplano boliviano, sobre todo, pero también en menor medida en el Perú, los comuneros o los comunarios, como se les llama en Bolivia, han probado una extraordinaria capacidad de sobrevivencia y de mantenimiento de sus institucionalidades . Grieshaber, en una tesis inédita, reconocía que a fines del siglo pasado, estas comunidades en Bolivia eran mucho más estables que en los mismos latifundios . Las razones de esta situación diversa son desafortunadamente poco claras, pero sus consecuencias en la estructuración de los espacios nacionales parecen evidentes y serán mencionadas más adelante.

La heterogénea articulación externa. Los cuatro países de la región Andina, como países primario-exportadores, basaron el comportamiento de sus respectivas economías nacionales en el funcionamiento del mercado externo. Fue el caso de la plata, en Bolivia, del guano, en el Perú, del cacao, en el Ecuador, y de Colombia, con el café. Pero ahí termina toda semejanza.

La constitución de las empresas mineras o agrarias especializadas en la producción de bienes para el mercado internacional fue el resultado de un proceso muy distinto en cada caso. La importación masiva de coolies chicos para trabajar en las islas guaneras, en los ferrocarriles, y en las plantaciones peruanas de algodón y de azúcar no fue necesario ni en Bolivia, ni en el Ecuador, como tampoco en Colombia. En estos tres últimos países, el desempeño exitoso del sector externo de sus economías fue resultado del sólo concurso de la mano de obra nacional. Pero en el caso de Colombia y del Ecuador, además la asignación y la retención de mano de obra en la caficultura y en las plantaciones cacaoteras no requirió, como en el caso de la minería boliviana, de mecanismos neo-coloniales para el desplazamiento y para el control de la mano de obra .

El contraste es aún más claro desde el punto de vista de la movilización del capital internacional. La migración del capital europeo y norteamericano, en los siglos XIX y XX, adoptó dos formas: la de inversiones de portafolio, para los préstamos a los Estados nacionales, y la de inversiones directas, en el control de las principales empresas productivas. En este contexto, Colombia y Perú representan los dos extremos de esa experiencia: Perú con un endeudamiento externo masivo y con significativas inversiones extranjeras, sobre todo en el sector minero (cobre y petróleo) . Colombia, en cambio, no contó ni con préstamos ni con inversiones.

Los casos de Bolivia y el Ecuador presentan en este arco matices intermedios. Ecuador fue muy hábil en esquivar reiteradamente el endeudamiento externo, mientras que las inversiones directas estuvieron sobre todo concentradas en la comercialización del cacao y en la intermediación financiera. En el caso de Bolivia, por otra parte, su gobierno no fue capaz de atraer préstamos desde Inglaterra como represalia a su errática política internacional, mientras que el papel de la inversión extranjera en la minería del estaño si bien fue importante, requirió no obstante la mediación de la política implementada por ese extraordinario personaje que fue Simón Patiño .

Las distintas dimensiones del mercado interno. La vocación y la preeminencia de los sectores externos de estas economías nacionales es la contraparte de la debilidad y de la segmentación de sus mercados internos. Aún así, es innegable que algún tipo de mercado interno existió, y su presencia fue funcional en la heterogeneidad de sus clases y agentes económicos. Otra vez, Colombia y Ecuador representan situaciones distintas y opuestas a Perú y Bolivia.

En el primer caso, y sobre todo en Colombia, como consecuencia del tamaño mediano de las fincas cafetaleras, que se diferencian en ese sentido de los inmensos latifundios paulistas, la renta no fue objeto de una distribución recesiva, produciéndose como resultado no sólo un mercado interno significativo, sino eslabonamientos profundos que impulsaron la temprana industrialización en Colombia. En el Ecuador, asimismo, no es que existiera un mercado interno muy grandes, pero el que existió, sobre todo a lo largo del callejón andino de Quito, fue completamente funcional a la producción local, al contar con barreras de protección casi naturales, por la distancia y por los obstáculos físicos, frente a la competencia foránea.

Perú y Bolivia, en cambio, con una abrumadora población indígena, enclavada en haciendas o haciendo parte de comunidades largamente auto-suficientes, no pudieron contar con un mercado interno con las dimensiones necesarias como para iniciar una temprana diversificación de su patrón productivo.

La heterogeneidad del movimiento obrero. Hasta las muy recientes políticas de estabilización implementadas por el presidente Víctor Paz Estenssoro, era un hecho muy conocido que Bolivia contaba con un proletariado minero educado, combativo, y disciplinado. Su presencia y sus luchas, por consiguiente, eran un parámetro importante en el desenvolvimiento de la política de ese país. Hizo la revolución en 1952, destruyó casi por completo al ejercicio boliviano, y se mantuvo en un estado de insurgencia casi permanente .

Ni Colombia ni el Ecuador contaron con una clase y con un movimiento de esta envergadura, al extremo de que en el caso de las plantaciones bananeras ecuatorianas, pese al rigor y a la dureza de la explotación impuesta sobre los trabajadores, un estudio realizado sobre esa realidad no pudo registrar una sola protesta . Fue esta debilidad del movimiento obrero que en gran parte explica que Colombia haya experimentado en el siglo XX un solo golpe de estado, el de Rojas Pinilla en 1953, como también la alternativa civilizada en el poder entre liberales y conservadores en el marco del Frente Nacional.

El Perú constituye una experiencia intermedia, con la presencia de una importante militancia obrera, pero confinada a los enclaves mineros o azucareros. De ahí su debilidad y su segmentación.

En Social Origins of Dictatorship and Democracy, uno de los libros pioneros de la Sociología Histórica, Barrington Moore Jr. argumentaba que la modernización podía tomar la ruta democrática (Inglaterra, Estados, Francia), la ruta autoritaria (Alemania, Italia, Japón), o la variante comunista (China y Rusia) como resultado tanto de la relación entre terratenientes y campesinos, como de la reacción de ambas clases agrarias frente a los desafíos de la agricultura comercial.

En un ejercicio similar, pero esta vez para la América Latina, Perry Anderson sostiene que los sistemas democráticos y dictatoriales de la región podían ser el resultado de una correlación de fuerzas "diagonal" entre clase terrateniente y movimiento obrero. En aquellos casos en que había una sólida clase terrateniente y un movimiento obrero fuerte, como en Brasil, Argentina, y Chile, el resultado era la dictadura, mientras que Venezuela, con una clase terrateniente y un movimiento obrero débil, constituía el paradigma democrático. Las situaciones intermedias eran Colombia, con una democracia restringida, y Bolivia, un torbellino permanente, contando el primer caso con una clase terrateniente sólida y un movimiento obrero inexistente, mientras que Bolivia presentaba una correlación inversa: movimiento obrero fuerte y clase terrateniente destruida a raíz de la revolución.

Para el conjunto de la región andina es posible articular las situaciones expuestas anteriormente como un ensayo de explicación de sus procesos nacionales diferenciados. Esta articulación, por cierto, configura una correlación de fuerzas sociales y su desenlace constituye el proceso histórico como tal. Quisiera, por razones de tiempo, ejemplificar esta propuesta tomando en consideración sólo una variante: la articulación de las dos clases agrarias: los terratenientes y los campesinos.

Si se examina la situación de las clases agrarias desde Bolivia hasta Colombia, , es posible distinguir de manera muy nítida dos correlaciones opuestas. Por una parte, Colombia y Ecuador cuentan con una clase terrateniente poderosa y hegemónica y con un campesinado disperso y débil. Esta condición campesina se expresa en la destrucción de los pueblos indios tradicionales y uno de sus resultados fue, por ejemplo, que no pudieran imponer una profunda reforma agraria a sus clases propietarias. La insurgencia de la CONAIE (Confederación Nacional de Indios Ecuatorianos) con su célebre líder el Dr. Luis Macas, es muy reciente y no es únicamente consecuencia de una correlación de clases agrarias.

En contraste, Bolivia y el Perú hasta hace poco constituyeron dos experiencias con campesinos y movimientos campesinos fuertes, frente a una clase terrateniente débil. En ambos casos, la expresión de esa fuerza relativa fue la destrucción de las haciendas a través de reformas agrarias profundas. Ese proceso, el de la dislocación de las haciendas, no hubiera sido posible de no haber ocurrido el "asedio externo" de los campesinos, y para lo cual la presencia y el dinamismo de las comunidades de indígenas, como espacio indispensable para la reproducción de su condición campesina y étnica, fue absolutamente crucial.

Aquí una disgresión es necesaria. En el Morelos de Emiliano Zapata, como en los valles andinos del Perú y de Bolivia, las transformaciones del sistema de tenencia de la tierra no hubieran sido posible sin la movilización activa de su campesinado independiente, agrupado en los tradicionales pueblos de indios, cuyos portavoces reclamaban, con razón o sin ella, el despojo permanente de sus tierras por parte de los latifundistas del entorno. En este contexto, el comportamiento de colonos, arrendires, o vanaconas de la costa fue muy distinto, porque fundamentalmente actuaron en defensa de los intereses de la clase propietaria, muchas veces repeliendo con decisión las "invasiones" de fuera.

En el Ecuador, en cambio, la tímida "reforma agraria" de 1964, expresada sobre todo en la cancelación del concertaje y de los huasipungueros, estuvo motivada en parte por la resistencia presentada, desde el interior, por los colonos de hacienda , situación que desafía los apresurados juicios sobre la pasividad de los siervos como consecuencia del paternalismo de sus patrones.

Pese a su importancia, por cierto que esa sola peculiar correlación de las clases agrarias, así como su desenvolvimiento, no son en modo alguno suficientes para explicar el conjunto de la peculiaridad nacional de la región andina. Habida cuenta, además de que las dislocaciones espaciales y étnicas siguen desafiando su configuración nacional. Incluso en Colombia, el país étnicamente más homogéneo de la región, pero con clivajes regionales considerables

Con todo, y es esta en síntesis la propuesta que esta comunicación encierra, en la diferenciación nacional tuvo una gran significación esta peculiar articulación de sus clases agrarias, las cuales actuaron en un entorno cuyas otras fuerzas condujeron, desde las reformas borbónicas de la segunda mitad del siglo XVIII hasta la vigencia de los modernos enclaves mineros y agro-industriales, hacia el predominio de los particularismo regionales y locales. Toda alusión a lo andino, esta vez como meta-relato, debiera tener en cuenta estas consideraciones.


Conferencia leída en el marco del 50º Aniversario de Antropología en San Marcos (1946-1996).
Profesor Investigador, Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia.
1. Tanto en Handbook of South American Indians, como el Peru before the Incas de Edward P. Lanning, enfatizan esta unidad.
Es esta la premisa que la corriente de la Etno-historia en el Perú comparte.
Un primer e importante enunciado de esta tesis se encuentra en John V. Murra, Formaciones Económicas y Políticas del Mundo Andino (Lima: IEP, 1975).
Véase de Herbert S. Klein, Bolivia. The evolution of a Multi-Ethnic Society (New York: Oxford University Press, 1982).
Una presentación de los enlaces establecidos por la producción de los bienes exportables se encuentra en Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram, Perú 1890-1977, Growth and Policy in an Open Economy (London: MacMillan, 1978).
Véase de Anthony McFarlane, Colombia before Independence. Economy. Society and Politics under Bourbon Rule (London: Cambridge University Press, 1993).
Manuel Chiriboga, Jornaleros y Gran propietarios en 135 Años de Exportación Cacaotera, 1790-1925 (Quito: CIESE, 1980).
Marco Palacios, El café en Colombia, 1850-1970. Una historia Económica, Social y Política (Bogotá: Tercer Mundo, 1979).
Luis Ospina Vásquez: Industria y protección en Colombia, 1810-1930 (Medellín, 1955).
Véase de Karen Powers, Prendas con Pies, Migraciones Indígenas y Supervivencia Cultural en la Audiencia de Quito (Quito: Abya-Yala, 1994).
Heraclio Bonilla, "Estructura y Articulación Política de las Comunidades de Indígenas de los Andes Centrales con sus Estados Nacionales", en Guido Barona y Francisco Zuluaga (eds.), Memorias, 1er. Seminario Internacional de Etno-historia del Norte del Ecuador y Sur de Colombia (Cali: Universidad del Valle, 1995), po.303-322.
Edwin Grieshaber, "Survival of Indian Communities in Nineteenth-Century Bolivia" (PhD. Dissertation: The University of North Carolina, 1977).
Gustavo Rodríguez, El Socavón y el Sindicato. Ensayos Históricos sobre los Trabajadores Mineros, siglos XIX Y XX (La Paz: ILDIS, 1991).
Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram, Op.cit.
Véase de Charles F. Geddes, Patiño, Rey del Estaño (1984).
Estas situaciones están descritas por Perry Anderson en Democracia y Socialismo. La lucha Democrática desde una Perspectiva Socialista (Buenos Aires: Tierra del Fuego, 1988).
Carlos Larrea (ed.), El banano en el Ecuador. Transnacionales, Modernización y Subdesarrollo (Quito: Corporación Editora Nacional, 1987).1987).

Perry Anderson. Op.cit.
Andrés Guerrero, La Semántica de la Dominación (Quito: Libri Mundi, 1991).
Véase de David Bushnell, Colombia, Una nación a Pesar de sí misma (Bogotá: Planeta, 1996).

 
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