Ecuador DEBATE Nº 59
 
 COYUNTURA

LA COYUNTURA EN EL ENGAÑOSO ESPEJO DE LOS MEDIOS DE INFORMACION

Javier Ponce C.

A la incertidumbre política le están brotando nuevos jueces: los medios de comunicación. Ante la ausencia de oposición política al régimen, están copando ese espacio los propios miembros de Sociedad Patriótica y algunos sectores de Pachakutik, pero particularmente los comentaristas de televisión. Simultáneamente, podemos observar que un proceso político que nació con elementos inéditos está, paradójicamente, reemplazando sus originalidades por una secular inestabilidad y por un nuevo escenario de crisis, acompañado de un compás de espera por parte de las elites políticas que se mantienen a la sombra, hasta ver qué pasa con Lucio Gutiérrez.

¿Cuáles eran esos elementos inéditos, vistos desde la curiosidad de un periodista? Pocos, pero dignos de una atención más detenida que la que obtienen, particularmente por parte de los medios informativos.

Primero, de los tres candidatos que disputaron los primeros lugares en la primera vuelta, dos se habían apoyado en campañas electorales más bien pobres, algo que, sin embargo, en la segunda vuelta se revertiría parcialmente en el caso de Gutiérrez por efecto del oportunismo de los tradicionales financistas de la política.
Segundo, los tres habían improvisado tiendas políticas para la contienda, generando partidos o movimientos a espaldas de los históricos que mantuvieron su vigencia en el congreso; lo que significa que el fracaso en la elección presidencial se lo deben cargar a sus líderes. Tercero, con Lucio Gutiérrez llegaba al poder por primera ocasión el movimiento indígena, luego de una década de creciente protagonismo.
Cuarto, es la primera ocasión, al menos desde las épocas del liberalismo alfarista, que un militar llega al poder por la vía de las urnas, lo que da un vuelco a la secular influencia militar en el poder político. Y adicionalmente, es la primera vez que un militar que comandó un golpe de Estado, se consagra por la vía de la democracia, lo que parecería confirmar una reciente y original estrategia política en el país que consiste en cooptar la práctica de los golpes de Estado dentro de la "convivencia" democrática.

En ese panorama particular, se encuentran, por un lado Lucio Gutiérrez en el goce del poder y de una experiencia para él desconocida, y por otro lado el mandatario que, presiento, no sólo no sabe hacia dónde va sino que no le interesa saber y menos aún proponer al país, porque la incertidumbre le permite, por el momento, soslayar los conflictos y navegar sobre ellos. Al menos mientras le dure su capital político. Quizás Gutiérrez intuye que no tiene margen de maniobra frente al neoliberalismo, pero que tampoco es necesario abanderarse de él.

Pero en todo ello, existe algo que, me parece, desde los medios de información no lo entendemos: que estamos frente a un momento de transición política más que otra cosa, de, como afirma Alberto Adrianzén, lo viejo se está muriendo y lo nuevo no quiere nacer. Pero está allí, en cierne, en desorden, tanteando los terrenos del poder, mientras se constituyan las estructuras y los liderazgos, que tal vez tampoco lleguen a fructificar, y la aureola entre ritual y étnica de Pachakutik se desvanezca en la constitución de un partido político como los partidos mestizos que conocemos.

Sin embargo quiero insistir en este aspecto de "transición" para agregar unas pocas reflexiones sobre la relación de esta transición con los medios informativos, especialmente los de televisión y radio.

Los medios de información se han asumido como los celadores de la democracia. Su discurso sigue siendo el mismo: garantizar la democracia, al mismo tiempo que autovalorarse como el espacio de la participación ciudadana, a nombre de un fantasma llamado "opinión pública". Y al hacerlo, confunden la coyuntura, no visualizan la transición que vivimos, los derroteros que el país puede tomar en los próximos meses.

Pero podríamos preguntarnos qué es la opinión pública, dónde se genera, a través de qué equívoco proceso se construye. Lo más fácil es afirmar que la opinión pública se la inventan los medios. Es más complejo que eso. Hay una legitimación, un asumir por parte de la población de la llamada "opinión pública" que me recuerda a la transición analizada primero por Michel Foucault y más tarde por Toni Negri, entre una sociedad de la obediencia (con sus aparatos de represión) y la sociedad del control (donde la conciencia reemplaza al aparato).

¿No es, finalmente, la opinión pública una manifestación de esas formas de control que se sustentan en la aceptación general de cierto orden social y político? Pero es una manifestación cuya génesis podemos encontrar en una confusa aleación entre la voluntad de los medios, el poder, las encuestas, una trilogía perversa que se apoya en las certezas colectivas e inconscientes que actúan como fundamento de los comportamientos.

En ese proceso de construcción o deconstrucción de opinión pública ¿puede considerarse a los medios de información como un instrumento que marca perspectivas en democracia? ¿Cómo ventilan los medios, los conflictos políticos y sociales sin entenderlos como los factores dinámicos de una sociedad? ¿Vuelven insalvables los conflictos o propician consensos? ¿Hasta qué punto fragmentan y diluyen, descuartizan y deforman los hechos políticos para presentarlos como factores de desorden, en último término de ingobernabilidad?

Hay un factor que parecería sustentar a los medios en las épocas modernas: la incorporación de una masa de población a la que podría denominarse provisionalmente y de forma incompleta como ciudadanía ­aspecto en el que se detiene en sus distintas obras Néstor García Canclini-. Pero esta inclusión es, a su vez, en los medios, una exclusión, en cuanto consagra como "opinión pública" aquello que se ha construido caprichosamente al margen de los ciudadanos, en algún limbo.

¿Cómo se desenvuelven los medios en democracia? ¿Cómo se manifiesta su supuesta independencia en coyunturas como la actual?

La relación de la democracia con la comunicación, concretamente con los grandes medios de comunicación, es una relación extraña, paradójica, perversa a momentos. Es, por una parte, una relación al interior del poder. Es por otra el inútil intento de deslindar terrenos con el poder. Y en el centro de esa condición ambivalente está lo que es la mayor fortuna y la mayor perdición de la comunicación: la credibilidad. En torno a la credibilidad se debate la suerte de la comunicación como parte del poder.

Junto a la preocupación por la credibilidad, encuentro que existen tres angustias sustanciales a las que me he referido en varias ocasiones durante los últimos años: la condición de prisionero de los secretos de Estado que vive el comunicador; el modo cómo la comunicación refleja a la sociedad y particularmente a sus segmentos más pobres; y la situación de la comunicación frente a la pluralidad.

Frente al poder, el periodismo proclama dos derechos: el derecho a tener acceso a las fuentes de información; y el derecho a guardar la reserva de sus informantes. El primer derecho y su sistemática negación, ya lo ilustró un ministro de Gobierno a propósito de las investigaciones sobre unos gastos reservados: eso es ya un cadáver, un muerto jurídico, nadie podrá arrancarle una palabra, se llevó a la tumba -léase la incineradora de la contraloría y la dócil conciencia del contralor- el secreto de esos gastos.

Hemos sacralizado el secreto de Estado. Le hemos dado patente de corso. Lo hemos convertido en un ingrediente natural del ejercicio del poder. Son cotidianas tres actitudes al respecto: una, el ministro o el legislador que dice "no me hagan hablar, no me provoquen, porque puedo revelar verdades que harían temblar a más de uno". Dos, el valiente funcionario o el poderoso caído en desgracia que no fue

 
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