Ecuador DEBATE Nº 60
 
 TEMA CENTRAL

noticia estrepitosa de la delincuencia y los brotes de violencia (Fuera de la ley en Televisa y Ciudad desnuda en Televisión Azteca). El Presidente insiste: "Los programas son perniciosos para la niñez y fomentan el delito". Con esto, Zedillo se añade a la interminable lista de políticos, educadores, clérigos y abogados integristas habilitados de madres de familia que responsabilizan a los medios electrónicos de la promoción de la ilegalidad. Si los niños y los jóvenes son muy maleables, la televisión los habitúa a la "normalidad" de la violencia y por eso -continúa el sermón- exhibir actos fuera de la ley es habituarlos a la transgresión de la ley. Las empresas apenas se defienden ("Cumplimos un deber informativo"), se acata la exigencia presidencial, se suspenden los programas y, luego de una brevísima tregua, la nota roja reaparece destacadamente en los noticieros, recuperada por la demanda insaciable.

Desde que Jehová intranquilizó a los primeros lectores del Génesis al informar del homicidio sin atenuantes de Abel, la atención morbosa a los delitos corresponde a la "salud mental". No sólo se exorciza el crimen ubicándolo como el suceso remoto en la pantalla de televisión, eliminable a golpes de zapping; también, al incorporarlos al flujo del espectáculo, se banalizan los hechos de sangre. De suyo, el morbo es una "técnica de control" de la violencia, y si el chisme incorpora la intimidad ajena el culto de la nota roja aleja la desgracia al acecho. "Tan no estoy muerto que contemplo a estos policías explicar cómo hallaron el cadáver". (Al respecto, es previsible que no se tome en cuenta un genuino despliegue de la barbarie: las corridas de toros, presentadas tristemente como "arte".) Como sea, suprimir estas series o sus equivalentes no disminuye en lo mínimo la frecuencia del delito. ¿Qué se ha conseguido al prohibir en las estaciones de radio los corridos mariguaneros? La promoción del narco no se localiza en versos que nunca lo son al lado de melodías banales, sino en la circulación del dinero, en la dotación de empleos marginales, en el canje de sensaciones y dinero por el tiempo acortado de vida.

"Pero el cadáver ay, siguió muriendo"

Además de lo precisado por Borges ("La censura es la madre de la metáfora"), las prohibiciones se extinguen en el homenaje involuntario a lo prohibido, y algunas moralejas nacen muertas, por ejemplo: "Si no se habla del delito o si se triplican las penas, no hay incentivos para la criminalidad". En rigor, el debate apenas se esboza así se multipliquen las menciones "escalofriantes" y los sermones pro castidad visual. Esto radicaliza la autoridad pedagógica atribuida a los medios.

Con todo, el cine sí es una gran influencia en materia de la escenificación de la violencia y de los estilos para ejercerla. El narcotráfico y la delincuencia organizada han contraído con el cine una deuda estilística enorme, y bastan las imágenes y los reportajes disponibles sobre los asaltos y la contrarréplica policiaca para cerciorarse de cuánto aprende el hampa de la gestualidad fílmica. Lo sepan o no, tanto los apóstoles del desorden como los guardianes del orden (papeles intercambiables) extraen del cine la memoria de las actitudes y la clonación de los ademanes y el lenguaje corporal. En el imaginario de un sector, alguien los filma al momento de actuar, transforma sus rasgos y los sustituye desventajosamente con los de Robert de Niro, John Travolta, Al Pacino y Benicio del Toro.

¿En qué momento se le confiere a la violencia el papel de Deus ex machina, de sinónimo fatal del destino urbano? En espacios sobrepoblados se congregan las devastaciones económicas, la creencia en el desplome de las instituciones de justicia, el contagio atmosférico del narcotráfico y el apogeo de la delincuencia organizada y la descomposición policiaca. Si, según diversas estadísticas, en América Latina 90% de los delitos quedan impunes, esto se debe de acuerdo con la derecha al abandono de los principios morales (versión de la derecha). O, presento otra versión: se debe a las lecciones del capitalismo salvaje. En efecto, a esta devastación la impulsa la parálisis de un sistema ético, pero las explicaciones generales dejan de lado asuntos básicos. Ni los principios santificados por la derecha han regido nunca en la práctica ni es posible olvidar que un grupo de creyentes compulsivos, junto al de los empresarios, es el del narco. Pagan con largueza misas, bautizos, primeras comuniones, casamientos, entierros y confirmaciones, patrocinan la construcción de seminarios, visitan al nuncio papal (luego de asesinar a un obispo) y le refieren sus problemas de conciencia, organizan lo que la prensa llama narcotours a Tierra Santa, se confiesan para renovar sus deudas de conciencia. Por lo menos no desertan de su fe.

¿Tendría sentido alegar que en materia de ilegalidad y violencia la forma o incluso la indiferencia moral, no son el fondo? Hasta ahora, a la explosión demográfica del delito la defienden la impunidad y su cortejo de supersticiones, la metamorfosis implacable de la policía y los vaivenes de la desesperación económica.

II La violencia urbana:

"Iba para mi casa cuando un señor muy atento me avisó que me estaba asaltando en ese instante"
En diversas ciudades del continente, -las estadounidenses desde luego, cunden visiones de la distopía, la utopía negativa, donde la violencia urbana cerca y frena las libertades a la disposición. "Si no te proteges, desapareces y si dedicas tiempo a protegerte pasas de vivir a sobrevivir". Megalópolis es ya sinónimo de las formas de la degradación impuestas por los hacinamientos urbanos, sobre todo en un orden económico donde amengua el trabajo formal, sustituido por la automatización, y donde la violencia aumenta al ritmo de la desaparición de los controles internos de las personas. Como sea, en el lenguaje cotidiano la justicia parece ser la mezcla de aplazamientos, impunidades y distribución siempre inequitativa de la ley.

No se puede exagerar o minimizar el papel de la violencia urbana, ni su obligada presencia en las películas, las series televisivas y la insistencia noticiosa. La violencia ha recompuesto, y con vandalismo, el mapa de la ciudad transitable, y ha puesto de relieve la desintegración del tejido social. Allí está en las noticias y en la ficción, y su furia empobrece las soluciones al punto de que la Cero Tolerancia y la mano dura no intimidan en demasía.

Ante la violencia, la televisión es un confesor fallido y un maestro hipócrita. La violencia se interioriza en los habitantes de la urbe, no tanto porque cada uno intente desquitarse de la realidad, sino por la energía consumida en la espera de lo irreparable que la ciudad impone. Esto no es únicamente psicológico, desde luego. En la medida de las posibilidades y de las posesiones, cada persona aguarda la violencia con el diluvio de cerraduras en las puertas, los dispositivos de seguridad en los automóviles, las armas en la casa, las ganas de disponer de los servicios de una compañía de seguridad privada (tres mil

 
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