MIERCOLES 27 DE NOVIEMBRE DEL 2002

 
 
 
 Contenido

Presentación
 
I Los primeros habitantes
 
II Las Sociedades indígenas
 
III Conquista Española
 
IV El apogeo del orden colonial
 
V La consolidación de la sociedad criolla
 
VI La Independencia
 
VII La Fundación de la República
 
VIII De la República Católica a la Revolución
 
IX La Revolución Liberal
 
X La Revolución Juliana
 
XI La Historia Contemporánea
 
XII Historia del espacio y
el territorio
 
XIII Vertientes históricas
 
XIV Documentos históricos
 
XV Propuesta de Programa para la enseñanza de Historia

 

 La Independencia y la Etapa Grancolombiana

 
MONUMENTO
Al 10 de Agosto
1809
El diez de agosto de 1809
La causa inmediata de la independencia hispanoamericana, fue la crisis de la monarquía española, provocada a su vez por la invasión de Napoleón a España (1808). Apenas las noticias de esos acontecimientos fueron llegando a sus oídos, las clases dirigentes quiteñas comenzaron a analizar las diversas y confusas implicaciones de los acontecimientos de España y decidieron que había llegado el momento de tomar el poder en sus propias manos, antes de que Lima o Bogotá tratasen de imponer sus propios intereses. Así comenzó la Revolución Quiteña.
 
Después de algunos titubeos iniciales, la conspiración estalló el 10 de Agosto de 1809. En la noche del 9 de reunieron en casa de doña Manuela Cañizares algunos patriotas, intelectuales y miembros de las familiares más destacadas de Quito, y decidieron deponer a las autoridades y en su lugar formar una Junta Suprema. Consiguieron sin dificultad el apoyo de las tropas locales y tomaron presos a los miembros del gobierno En síntesis, el golpe cogió desprevenidos a las autoridades y triunfó sin oposición.
 
Pero el fácil triunfo no logró ocultar algunas carencias de la revolución, que en el breve lapso de menos de tres meses habrían de causar un fracaso: la falta de apoyo popular, de líderes adecuados y de apoyo de las demás provincias de la Presidencia.
 
En efecto, si bien el pueblo de Quito no se opuso al golpe del 10 de Agosto e incluso participó con alegría en los primeros actos públicos del nuevo gobierno, no sentía como propia la causa de los insurgentes, ni estaba dispuesto a arriesgarse demasiado para ella.
 
De la misma manera, los dirigentes del movimiento de agosto, lejos de ser revolucionarios convencidos, eran conservadores por nacimiento, vocación y convicción. Con algunas excepciones, eran sinceramente realistas y ambiguas. Se atrevieron a dar el golpe ante el peligro de que la prisión de los reyes legítimos culminara en una independencia de facto, por la disolución del imperio. En esa posibilidad, consideraban necesario que Quito se adelantara a organizar su propio espacio, de acuerdo a sus propios intereses. Pero eso no significaba que estuvieran dispuestos a tomar decisiones radicales, como el triunfo de la revolución hubiera exigido.
 
Por último, la revolución no contó con el apoyo de las demás provincias. Hubo algunos intentos de respaldarla en Cuenca y Guayaquil, que no tuvieron ningún resultado concreto y que no fueron más que excepciones dentro del rechazo generalizado al movimiento quiteño por parte de las otras regiones de la Audiencia. Guayaquil, Cuenca y Popayán no podían sentir que la Revolución Quiteña las representaba porque ni había sido consultadas por ella ni sus intereses habían sido tomados en cuenta por los patriotas de Quito. Por el contrario, era revolución promovía los intereses de las clases dominantes de la Sierra central, que no siempre coincidían con los de las otras provincias.
 
No les fue muy difícil, pues, a las autoridades provinciales organizar cuerpos de tropas para someter a los insurrectos quiteños, que se sumaron a los que enviaron los virreinatos. Las fuerzas de Quito fueron derrotadas tanto en el norte como en el sur, en pequeños combates que fueron suficientes para que los soldados desertaron o se pasaron al bando realista y el ejército patriota se deshiciera.
 
Los líderes revolucionarios, dándose cuenta de la realidad, capitularon sin siquiera intentar en serio la defensa armada del movimiento. Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, renunció a la Presidencia de la Junta el 12 de octubre en favor de Juan José Guerrero y Mateu, conde de Selva Florida, criollo realista que sirvió de intermediario con Ruiz de Castilla. Las negociaciones con éste no fueron muy largas y el 24 del mismo mes se acordó mantener la Junta, pero subordinada a la de Castilla, quien no tomará represalias. El anciano funcionario asumió de nuevo el mando el 29 de octubre y al principio cumplió lo pactado. Pero cuando llegaron a Quito las tropas enviadas por el virrey de Lima y comandas por el teniente coronel Manuel Arredondo, disolvió la Junta y restableció el gobierno anterior. El primer acto del drama había concluido.
El dos de agosto de 1810
La represión comenzó pronto. El 4 de diciembre fueron apresados muchos de los que habían participado en la insurrección. El fiscal pidió la pena de muerte contra 46 personas y las de presidio o destierro contra muchas más. No se trataba de imponer una justicia abstracta, sino de escarmentar a los criollos de todo el continente.
 
Con el paso de los días, la situación se fue volviendo más tensa. Las tropas de Arredondo se comportaban más como ejército de ocupación que como custodios del orden. Robos, groserías, atropellos de todo tipo, contra todos los sectores sociales, en la ciudad y en los lugares circunvecinos, eran asunto diario. Así, la represión realista logró lo que no había conseguido la propia revolución: unificar a la población contra el gobierno que tales abusos cometía. Los presos se convirtieron en símbolo de la ciudad oprimida y la gente se angustiaba con los rumores de que serían ejecutados o se consolaba cuando se urdían planes para liberarlos.
 
Así llegó el 2 de Agosto de 1810. En la tarde de aquel día un grupo de quiteños atacó los cuarteles para liberar a los presos. Algunos, en efecto, lograron escapar, pero muchas más fueron asesinados por los soldados en sus propias celdas. La tropa salió a la calle y la violencia se propagó por toda la ciudad. Las gentes se armaron de lo que pudieron y resistieron a sus enemigos. Algunas casa fueron saqueadas por la soldadesca descontrolada y muchos cadáveres de ambos bandos quedaron tirados en calles, plazas y quebradas. No se sabe a ciencia cierta el número de los muertos, pero se calcula que quizá fallecieron entre 100 y 300 personas, número enorme si se toma en cuenta el tamaño de la ciudad. Quito perdió de un golpe gran parte de sus líderes y toda Hispanoamérica se conmovió ante la magnitud de la tragedia.
 
La violencia de aquel aciago día sobrepasó las intenciones de los participantes e impresionó vivamente a todos. Ruiz de Castilla se allanó a la petición del obispo y otros criollos de convocar una reunión ampliada del Real Acuerdo (la Audiencia en pleno) con delegados de la Iglesia, el Cabildo civil y demás instituciones representativas. Tal asamblea se efectuó el 4 de agosto y resolvió: (1) que se corte la causa sobre la revolución del 10 de Agosto de 1809 y se restituya a todos los implicados sobrevivientes al goce de su libertad, bienes, cargos, honores, etc.; (2) que igual actitud se observe con cuantos participaron en los acontecimientos de las antevíspera; (3) que salgan de Quito las tropas limeñas y de las otras provincias y que se las reemplace con un batallón reclutado localmente y, por último (4) que se reciba al "Comisionado Regio", don Carlos Montúfar y Larrea, hijos del Marqués de Selva Alegre, coronel del ejército español que peleaba contra los franceses en la Península, quien había sido enviado por el Consejo de Regencia para pacificar la provincia quiteña, y cuya autoridad no quería reconocer el gobierno local.

 

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La Hora 2003 - Quito - Ecuador