MIERCOLES 27 DE NOVIEMBRE DEL 2002

 
 
 
 Contenido

Presentación
 
I Los primeros habitantes
 
II Las Sociedades indígenas
 
III Conquista Española
 
IV El apogeo del orden colonial
 
V La consolidación de la sociedad criolla
 
VI La Independencia
 
VII La Fundación de la República
 
VIII De la República Católica a la Revolución
 
IX La Revolución Liberal
 
X La Revolución Juliana
 
XI La Historia Contemporánea
 
XII Historia del espacio y
el territorio
 
XIII Vertientes históricas
 
XIV Documentos históricos
 
XV Propuesta de Programa para la enseñanza de Historia

 

 La Fundación de la República

 
VISTA DEL MALECON
De la ciudad de Guayaquil
Fotografía tomada de Salvat
Editores Ecuatoriana, Historia del Ecuador, Vol. 5, Salvat Editores Ecuatoriana, 1989.
La Sociedad
La Independencia y el establecimiento de la República del Ecuador trajeron transformaciones, pero mantuvieron rasgos del orden colonial, entre ellos la persistencia de la sociedad estamentaria. En la Presidencia de Quito se había mantenido celosamente la división entre "blancos" o "españoles", "mestizos" e "indianos". Los primeros participantes en la dirección política y administrativa, de los monopolios comerciales, la milicia, el alto clero, el acceso a la educación y hasta el derecho exclusivo de adquirir ciertas propiedades. Los mestizos, o quienes no pudieran "probar limpieza de sangre", ocupaban un lugar inferior en la escala social, les estaba vedado el ingreso a ciertas funciones sociales y políticas, pero podían ejercer las "artes" y oficios que funcionaban con una rigurosa organización corporativa, con garantías y privilegios. Los indios vivían sujetos a normas especiales que consagraban su desigualdad y sometimiento, aunque, como veremos en párrafos siguientes, también algunos derechos específicos.
 
La independencia fue un enfrentamiento de "blancos" o criollos contra peninsulares o "chapetones". Los primeros ganaron, pero hicieron mínimas concesiones a los demás estamentos sociales colonial. Desde luego que con la Independencia se removieron barreras estamentarias, pero, en general, las rígidas normas de la sociedad jerarquizada a base de fortuna y diferenciación racial se mantuvieron.
 
La Vida Cotidiana
En ningún otro aspecto se reflejó mejor esta realidad que en la vida cotidiana. Su eje era la familia. En todos los niveles sociales, los lazos de parentesco eran fuertes y el matrimonio se realizaba como un reforzamiento de estos vínculos con fuerte carácter patrimonial. Las formalidades matrimoniales manejadas por la iglesia eran solemnes, pero la existencia de hijos nacidos fuera de matrimonio era frecuente y tolerada. Las uniones de hecho cuando el varón era de estatus superior a la mujer eran socialmente aceptadas. Los indígenas mantenían también sus tradicionales ceremonias y costumbres maritales. En el hogar la mujer estaba sujeta al marido. Carecía de derechos legales para manejar la fortuna personal, pero sobre todo en las grandes familiares su influencia en las decisiones económicas y políticas podía ser determinante.
 
La familia era centro de formación para el trabajo. En el barrio o la parroquia, era eje de las fiestas, que seguían el calendario religioso y agrícola. Los hábitos sanitarios eran prácticamente desconocidos, con el consecuente problema de enfermedades infecciosas. Esta era una característica que cubría todos los niveles sociales, aunque las diferencias entre éstos se reflejaban en una diversa y jerarquizada forma de vestir que diferenciaba a blancos, mestizos e indios. Así como las vinculaciones de sangre eran fuertes, también lo eran las de patronaje y compadrazgo, establecidas en todos los niveles sociales.
 
Los Pueblos Indios
El régimen colonial consagró la inferioridad legal de los pueblos indios, obligados al pago de tributo e impuestos eclesiásticos; excluidos de puestos administrativos se mantuvieron sujetos a la "doctrina", al margen de la educación; tuvieron que cumplir trabajo obligatorio y otras tareas que en muchos casos los condujeron a la servidumbre. Esta distinción que consagraba el sometimiento, reforzada por el carácter estamentario de la sociedad y una ideología racista que defendía la "superioridad" hispánica, permitía la permanencia de la organización comunal con acceso a la tierra, la existencia de autoridades indígenas y la defensa de ciertos derechos. Con la resistencia de los pueblos indios y el uso de la legislación colonial, se había generado un "espacio étnico" que mantuvo vigente a la sociedad indígena con su identidad.
 
Con el establecimiento de la República los pueblos indígenas mantuvieron rasgos de su situación colonial. Pese a la expansión latifundista se logró mantener una parte de la tierra en manos comunales. El sistema de gobierno de los "naturales", el cabildo, siguió funcionando y a veces los caciques y gobernadores indígenas fueron reconocidos por el Estado como autoridades con jurisdicción, especialmente en la recaudación de impuestos.
 
La Posibilidad del Imaginario
 
En el año de 1857 dos sucesos conmovieron a la ciudad de Cuenca, en Ecuador. El primero, ocurrido el 20 de abril, fue el ajustamiento del indio Tiburcio Lucero, parricida condenado al cadalso. El segundo, el suicidio de la poetisa quiteña Dolores Veintimilla de Galindo un mes más tarde.
El hecho fue una campanada que resonó en toda la provincia de mi mando y especialmente en el corazón delicado de la esposa y de la madre (Ella) extraviada con la lectura de algunos romances perniciosos y nutrido su espíritu con un alimento puramente novelesco, vio disiparse sobre la tierra las ilusiones de su fantasía y se envenenó, creyendo hallar reposo en la obscuridad del sepulcro. 1
 
¿Que había ocurrido y hacía que los dos sucesos tuvieran relación?
Dolores Veintimilla había asistido a la ejecución de Lucero y en su "Necrología" (publicada días después) condenó valientemente el sistema de la pena de muerte. En las frases finales de su escrito decía: "que pronto, una generación más civilizada y humanitaria que la actual venga a borrar del Código de la Patricia de tus antepasados la pena de muerte". Las reacciones en su contra no se hicieron esperar agudizadas, por los ya enconados sentimientos que despertaba en el medio estrecho y clerical de Cuenca la creación de la poetisa.
 
El hecho de que una mujer sola (su marido la había dejado) sea miembro de una sociedad literaria y recibiera en su casa "en tertulia" a los poetas de la ciudad y se "atreviera' a haber pública su inconformidad ante la pena de muerte, defendida aún por la Iglesia Católica, era imperdonable.
En Hojas volantes anónimas (atribuidas por algunos autores a Fray Vicente Solano) no solamente la fustigaron por defender a Lucero "ya que el crimen debe ser expirado ante Dios y ante los hombres", sino que calumniaron su reputación de mujer hasta el punto que acabó con su vida.
 
Es que el medio social de la época poseía otros canales represivos, diversos de los legales, pero tan efectivos como éstos, ejercidos desde la cotidianidad, como micropoderes dirigidos a aislar, acosar y minar las fuerzas internas de los individuos. La muerte de Dolores Veintimilla debió provocar en la sociedad cuencana sentimientos parecidos a los del cadalso: la de un sistema social vindicado en su principios morales y ante el cual las manifestaciones artísticas y públicas aparecían como transgresoras del orden social.
 
Y si el hecho anteriormente descrito revela, en todo su dramatismo, un suceso que por su trascendencia fue público, en e l discurso civil y religioso, en las descripciones de costumbres y en la vida cotidiana se muestra la misma concepción.
 
Existe un clima moral que determina los ámbitos dentro de los cuales se puede mover la mujer y que se va formando a través de acciones cotidianas llegadas a ella a través de las instituciones que la rodean. En el siglo XIX la religión fue importante como modeladora de costumbres: dominaba el medio familiar y educativo y controlaba cada espacio y tiempo libres. Hacia finales del siglo y comienzos del XX se generan nuevos referentes de vida para la mujer de clase alta y media: la moda, el teatro, la lectura de novelas, así como las oportunidades abiertas por la educación laica y por los empleos públicos destinados a mujeres. No obstante, elementos de la ideología religiosa quedarían "impregnados" en la subjetividad femenina como un "arquetipo" más o menos fijo de comportamiento (.).
 
1 APL, MENSAJES E INFORMES AL CONGRESO DE 1857, EXPOSICION DEL MINISTRO DEL INTERIOR (MIM 1857 1).
TOMADO DE ANA MARIA GOETSCHEL, MUJERES E IMAGINARIOS. QUITO EN LOS INICIOS DE LA MODERNIDAD, ABYA ­ YALA, 1999, PP. 13 ­ 14
 

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La Hora 2003 - Quito - Ecuador