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Muchos de los temas más trascendentes de la sociedad actual tratan asuntos como la injusticia social, el respeto de los derechos y las libertades, la vigencia de las instituciones, la seguridad jurídica, en relación con temas de migración, convenios comerciales, inseguridad y violencia, relación fronteriza, derechos del mar o del espacio. Todos ellos, signados por reflexiones que tienen que ver con las personas, su dignidad, integridad, condiciones de existencia o preservación del medio ambiente. Por ello me pareció conveniente
plantear algunas preocupaciones relacionadas con los derechos
de las futuras generaciones, tema que determina una suerte de
rumbo para el avance de los derechos humanos, asunto que no puede
ser ajeno a los abogados. Sensibilidad social de los juristas Todos reconocemos que el derecho no se reduce a solucionar problemas coyunturales. Sus actos trascienden en la mayoría de casos al futuro de una sociedad, sea en su vínculo con otros Estados, grupos de Estados o la comunidad internacional en su conjunto. La suscripción de un acuerdo, protocolo o convención internacional puede tener repercusiones y consecuencias inmediatas, pero siempre condiciona comportamientos muchos años después de su firma y ratificación. Nos encontramos entonces frente a una actividad que marca derroteros para los países, pero, sobre todo, para los seres humanos. Por ello es más necesaria esa sensibilidad social, por parte de los juristas, sean éstos abogados o jueces, junto con la mesura y ponderación en el análisis y, sobre todo, un gran sentido de la trascendencia de sus decisiones. Una de las preocupaciones actuales
de la comunidad internacional tiene que ver con la suerte de
las generaciones que vendrán ante los desafíos
que plantea el futuro de la humanidad. Derechos de las futuras generaciones Sin embargo, este tema, que a primera vista nos parece obvio, ha sido objeto de interrogantes desde el punto de vista filosófico y jurídico. Aquí surge una pregunta que plantea si las futuras generaciones pueden o no tener derechos, pues ellas "no existen aún y, por consiguiente, no podríamos asignarles personalidad jurídica, por lo que no pueden considerarse sujetos de derechos" . Como mucho, se afirma, podríamos admitir, que sean sujetos potenciales de ciertos derechos. Pese a esa duda, jurídicamente pertinente, la mayoría de autores admite que existen derechos inalienables, fundamentados en un sistema moral que no puede soslayarse, así, la satisfacción de necesidades básicas, el derecho a la vida o el derecho a la dignidad humana. Esta posición se basa en "la obligación de no condicionar con nuestras elecciones, salvo dentro de los límites más restrictivos posibles, las preferencias e intereses de las generaciones por venir". Así, las políticas actuales deben preservar las condiciones que son esenciales para toda sociedad, en el entendido de que las generaciones futuras coincidirán en algunos aspectos con las concepciones morales que hoy tenemos. Habría que preguntar a
quienes no participan de esta exigencia de solidaridad con las
generaciones futuras Ninguna posición racional
puede eximirnos de esa responsabilidad con el argumento de que
debemos preocuparnos solamente de nuestra propias necesidades
actuales. La Declaración sobre las Responsabilidades de las Generaciones Actuales para con las Generaciones Futuras Durante la 29ª reunión de la Conferencia General de Unesco, realizada en París en 1997, fue adoptada la Declaración sobre las Responsabilidades de las Generaciones Actuales para con las Generaciones Futuras, documento de enorme importancia para la humanidad. Entre las características que el filósofo italiano Norberto Bobbio asigna a las personas de mentalidad progresista está la de tener cierto sentido de la trascendencia, pensar el futuro como una responsabilidad compartida por quienes vivimos el presente. Por ello me referiré específicamente a tres preocupaciones de esta Declaración que considero fundamentales:
El derecho a un medio ambiente sano Nadie discute que los seres humanos hemos ocasionado en toda la historia severos daños a la naturaleza. No obstante, estamos viviendo un período que no repara en poner en peligro la existencia misma de la humanidad y su entorno. ¿Tenemos, en esta materia, alguna responsabilidad frente a las generaciones que vendrán? La respuesta no puede ser sino afirmativa, pues ya diversas normas internacionales han delimitado responsabilidades de las actuales generaciones. La solución de los problemas
mundiales actuales demanda una cooperación internacional
que permita crear condiciones para que la carga del pasado no
comprometa las necesidades ni los intereses de las generaciones
futuras. En suma, se trata de legar a nuestros descendientes
un mundo mejor, o quizá menos destruido. Esos argumentos sustentan la razón de ser de este instrumento internacional, a los que se añade la obligación moral de formular "reglas de conducta que se inscriban en una perspectiva amplia y abierta al porvenir". En su artículo 1º la Declaración anota que "Las generaciones actuales tienen la responsabilidad de garantizar la plena salvaguardia de las necesidades y los intereses de las generaciones presentes y futuras" Complementariamente, el artículo 4º señala que las generaciones actuales tienen la responsabilidad de "legar a las generaciones futuras un planeta que no esté irreversiblemente dañado por la actividad del ser humano. Al recibir la Tierra en herencia temporal, cada generación debe procurar utilizar los recursos naturales razonablemente y atender a que no se comprometa la vida con modificaciones nocivas de los ecosistemas y a que el progreso científico y técnico en todos los ámbitos no cause perjuicios a la vida en la Tierra." ¿Por qué resulta trascendental este planteamiento? Algunos datos nos ayudarán a responder esta interrogante : - Con el ritmo de contaminación actual, el calentamiento y la degradación del planeta se incrementan de manera vertiginosa. Anualmente se producen 6.000 millones de toneladas de gas carbónico por el uso de combustibles fósiles. Si eso continúa, la contaminación crecerá un 60% en los próximos 30 años. - La primera consecuencia ha sido que desde 1976 haya disminuído el 10 % del casquete polar del norte. Su espesor se redujo en ese período en un 40%. También la región antártica pierde 254 km3 de hielo por año. - Esto significa que el nivel de los mares que venía incrementándose en 2,4 mm. anuales, podría convertirse en pocas décadas en la subida de un metro, e inclusive más. - Los años que van entre 1995 y 2005 fueron los más cálidos desde el siglo XIX, esto ha producido en 2004 y 2005 el mayor número de ciclones tropicales en Estados Unidos y Asia. Sólo en Estados Unidos se calcula que los daños costaron 90.000 millones de dólares en esos años. - China e India suman casi la mitad de la población mundial. Su actual desarrollo les obliga a producir grandes represas, centrales eléctricas, vehículos y electrodomésticos. Son sociedades cuyo ritmo de contaminación, sumado al de los países desarrollados, acelera rápidamente el daño planetario. - Mientras unos pocos países se dividen el 60% de las reservas de agua dulce, el Asia que concentra el 60% de la población mundial no dispone sino del 30% de recursos hídricos. - Más de cinco millones de personas mueren anualmente por enfermedades vinculadas con el agua, esto es, de diez veces más que la suma de víctimas de las guerras. - Las Naciones Unidas preven que dentro de veinte años, 1800 millones de seres humanos vivirán en regiones afectadas por una carencia y otros 5 mil millones en regiones donde no será posible atender a todas sus necesidades de agua. El artículo 5 de la Declaración señala el compromiso de las generaciones actuales a fin de que las futuras "puedan disfrutar de la riqueza de los ecosistemas de la Tierra", para lo cual deben preservarse "las condiciones de la vida y, especialmente, la calidad e integridad del medio ambiente.". Este compromiso obliga a "cuidar de que no se expongan a una contaminación que pueda poner en peligro su salud o su propia existencia" y conservar "los recursos naturales necesarios para el sustento y el desarrollo de la vida humana". El consumo de energía
muestra claramente las diferencias entre los pueblos del norte
y del sur. Un europeo gasta 30 veces más energía
que un habitante del tercer mundo, mientras un norteamericano
gasta 50 veces más. Un indicador del grado de desarrollo de una sociedad es el volúmen de desperdicios de basura doméstica. Si es más de un kilo diario por habitante estamos en una sociedad desarrollada, si utilizamos 3 kilos vivimos en Estados Unidos. Bajo el control de las Naciones Unidas y regido por la Convención de Bale, existe desde 1989 un organismo internacional encargado de reglamentar la producción y los movimientos transfronterizos de basura. Solamente 50 países declaran los volúmenes de desechos que movilizan, siempre a los países del sur, la mayoría altamente tóxicos. A pretexto del reciclaje, los países desarrollados envían basura en diversas formas, desde la electrónica (computadores, teléfonos portátiles, televisores), algunos de cuyos componentes son altamente perjudiciales como el plomo, cadmio y mercurio, cuando no desechos de hospitales y desechos nucleares, con el argumento de que acá serán reciclados. Esta actividad no solo pone en peligro la salud de los trabajadores sino del medio ambiente, cuyos suelos, aire y capas freáticas son contaminados. Otra responsabilidad establece que "Antes de emprender grandes proyectos, las generaciones actuales deben tener en cuenta sus posibles consecuencias para las generaciones futuras". Esto generalmente no ocurre.
Lamentablemente, una mentalidad sesgada por la ganancia rápida
y fácil, sin reparar en la responsabilidad social de las
empresas, nos va conduciendo a situaciones que, según
algunos expertos, dentro de poco serán insostenibles. El derecho a la vida En los art. 3 y 6 se trata del "Mantenimiento y perpetuación de la humanidad" y del "genoma humano y diversidad biológica", Allí se afirma que "las
generaciones actuales deben esforzarse por asegurar el mantenimiento
y la perpetuación de la humanidad y, no se ha de atentar
de ninguna manera contra la naturaleza ni la forma de la vida
humana." A este respecto el debate se
centra ahora en los organismos genéticamente modificados,
plantas o animales cuyo genoma ha sido cambiado con uno o varios
genes extraños a su especie. Esto permite obtener características
diferentes que ni la evolución ni las técnicas
clásicas lo habrían permitido. Resulta imposible
que un gen de pescado, por ejemplo, se incorpore naturalmente
en una granadilla o un taxo. Todo organismo genéticamente modificado puede desarrollar características no previstas, debido a la interacción de los genes transmitidos y el genoma de la especie que lo recibe. Actualmente se cultivan cien millones de hectáreas de productos genéticamente modificados. Los principales productores son 5 países: Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil y China que suman más del 95% de esos productos. Quienes proponen una moratoria en su producción y venta señalan que la investigación aún no es suficiente para universalizarla. Por ejemplo, estudios científicos
realizados con ratas alimentadas con maíz Monsanto 863
muestran cambios significativos en la composición sanguínea
y varias anomalías de órganos internos como el
hígado y los riñones. Otra experiencia la tuvo Estados Unidos donde el tomate de larga duración fue rápidamente sacado del mercado debido al rechazo de los consumidores por su sabor desagradable. En Irak, cuna de origen del trigo, la autoridad provisional de Estados Unidos impuso un programa de USAID por el cual se crearon 54 sitios de semillas de trigo "mejoradas" por Monsanto. Algunos científicos temen, por ejemplo, que debido al consumo humano de organismos genéticamente modificados, las bacterias de nuestros intestinos cambien y vuelvan al organismo inmune a los antibióticos actuales. Esto ha llevado a que Noruega construya en la isla de Svaldard, en el límite del círculo polar ártico, una enorme caverna artificial donde se guardarán más de dos millones de semillas de todas las variedades de plantas cultivadas en el planeta. Esta previsión no hace sino confirmar el riesgo en que vivimos. Lamentablemente, también
el desmesurado afán de lucro de unas pocas empresas nos
ha conducido a situaciones que ponen en peligro la integridad
de la vida en el planeta. La preservación del patrimonio y la diversidad cultural El artículo 7 de la Declaración establece que "las generaciones actuales deberán velar por preservar la diversidad cultural de la humanidad tienen la responsabilidad de identificar, proteger y conservar el patrimonio cultural material e inmaterial y de transmitir ese patrimonio común a las generaciones futuras." También señala en su artículo 8 que "han de utilizar el patrimonio común de la humanidad, sin comprometerlo de modo irreversible". Así como en el planeta se degradan los recursos naturales, se pierden las culturas y las lenguas. El año 2004 existían en el mundo entre 5000 y 7614 lenguas , de ellas, el 90 % son habladas por menos del 5% de los habitantes del planeta, 500 lenguas son utilizadas por menos de 100 personas. Esto ha conducido a los especialistas en demolingüística a hablar de lenguas supercentrales, que son el inglés, el español, el francés y el portugués, idiomas de antiguos países colonizadores. El inglés, actual lengua de comunicación universal, es idioma oficial en 45 países. Los idiomas de origen latino son oficiales en 60 países: 30 para el francés, 20 para el español, 7 en portugués, 2 en italiano y 1 en rumano. Toda lengua es mucho más que un vehículo de comunicación, es un conjunto de valores, creencias, saberes y costumbres que se transmiten por generaciones. Los datos nos confirman que las
lenguas mueren de manera alarmante y con ellos, sus culturas.
Se afirma que en los próximos cien años se habrán
perdido entre el 50 y el 90% de las lenguas que actualmente se
hablan en el mundo. Tan solo en el Ecuador en los veinte últimos
años ha desaparecido una lengua que es la "tetete"
y está en vías de desaparecer una segunda, que
es la "zápara". Según la investigadora
francesa Anne-Gaël Bilhaut, el pueblo záparo, declarado
en 2001 por la Unesco "Obra Maestra del patrimonio oral
e inmaterial de la humanidad", cuenta con 500 habitantes,
de los cuales solamente 5 hablan su idioma. Esto constituye una
pérdida en varios sentidos. Allí surge una nueva corriente de defensa para las futuras generaciones, en la cual también se lucha contra la hegemonía de empresas a las cuales solo interesa un mundo homogéneo, en el cual unas pocas industrias culturales obtengan beneficios en toda la humanidad. Como vemos, las luchas que se
libran por establecer parámetros de comportamiento moral
para la humanidad nos enfrentan a poderosos intereses económicos
y tocan irremediablemente el mundo del derecho. Todo ejercicio de la función pública, ya sea en el marco de los organismos de gobierno, la diplomacia, el trabajo en organismos internacionales, o en la defensa de personas e instituciones debe responder a parámetros éticos y exige una lucidez que contribuya a orientar el futuro de la humanidad. En ese contexto, la defensa de los derechos humanos constituye una tarea de gran significación. En su historia los abogados siempre tuvieron una destacada participación en esta materia. Muchos de sus más lúcidos representantes ocuparon posiciones destacadas en los más importantes Comités de derechos humanos y Cortes internacionales, orientaron los cambios legislativos nacionales y promovieron ámbitos de protección desde la función pública. Inclusive tuvimos el privilegio de que el primer Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el doctor José Ayala Lasso, sea un ecuatoriano. Ese es el reto que corresponde mantener y fortalecer a las nuevas generaciones de abogados de un país que, pese a sus múltiples dificultades, conserva en la esencia de su cultura, un profundo sentido de respeto y valoración del ser humano y de su entorno, que debe expresarse en comportamientos y normas que hagan del nuestro un país diferente. |
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