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Hace
falta mano dura
Por:
Lic. Oswaldo Agustín Marcón
Licenciado en servici Social - Asistente Social especialista
en minoridad - Mensión especial
junta federal de cortes y superiores tribunales de justicia de
las provincias argentina
ES
POCO POSIBLE QUE CONDUCTAS observables
con cierta regularidad, que tienden a instalarse en el escenario
social, no obedezcan a alguna lógica subyacente. Es decir
a algún modo difundido e implícito de pensar, de
valorar, de identificar problemas e imaginar causas y soluciones,
a algún modo de visualizar relaciones inter-personales,
inter-grupales e inter-comunitarias.. Es difícil que las
casualidades se impongan sobre las causalidades.
Las severidades, vejaciones,
tortura, privación de libertad personal o apremios ilegales,
es decir los abusos en el ejercicio del monopolio de la violencia
legítima por parte de personal policial, vienen instalándose
en el escenario simbólico en cuanto tales. Es decir que
vienen instalándose en cuanto hechos cuya aparición
simboliza mucho más que el simple hecho porque transmite
mucho más por 'cómo' el hecho es en sí mismo
que por la 'cantidad' de hechos. Al margen del tratamiento cuantitativo
o estadístico que el fenómeno merezca es evidente
que tiende a ocupar cada vez más lugar en la agenda social,
o sea en la constelación de temas que merecen la atención
del público toda vez que aparece algún nuevo indicador.
Ante ello y sin excluir otros
aspectos parecería pertinente la pregunta por el nivel
de legitimidad paralela que socialmente podría estar construyéndose
para que estos hechos sucedan. Es decir de un monto de legitimidad
subterránea, ya suficiente como para que cause estas conductas
específicas en los grupos sociales en los que implícitamente
se deroga la responsabilidad operativa. Valdría preguntarse
por el crecimiento de una legitimidad de catacumbas que nadie
estaría dispuesto a admitir, una legitimidad fundante
en primera instancia de los abusos mencionados. Mayoritaria o
minoritaria, superior o inferior a otras épocas, pero
con suficiente eficacia en el marco de la conciencia colectiva
como para posibilitar los hechos.
Como las capas de una cebolla,
lo que aparece en la superficie bajo forma de conductas desviadas
se asienta sobre otra capa tras la cual subyacen otras que se
sustentan una tras otra. Obviamente, desde el punto de vista
de la responsabilidad, nadie puede argumentar esto para liberarse
de culpa pero sí puede ser útil para aportar al
esfuerzo explicativo. Este esfuerzo podría acercar la
mirada hacia la complejidad causal y revisar la tendencia a las
soluciones simples.
Si se aceptan estas ideas iniciales
algunas preguntas cobran validez :
Quien desde la función
policial abusa de su superioridad en perjuicio de un semejante
en inferioridad de condiciones ¿satisface necesidades
estrictamente personales o actúa en función de
un mandato social implícito?
Si solo satisface necesidades
personales es evidente que se está frente a un problema
focalizado, susceptible de intervenciones correctivas posibles.
Pero si se trata de una actuación en función de
un mandato social implícito, o de un mandato social que
incluye la satisfacción de necesidades personales, el
asunto complejiza de sobremanera.
Si se da por existente tal mandato,
podrían destinársele otras preguntas tales como
¿a qué necesidad social obedece? Y si obtuviéramos
respuesta a la pregunta resultaría muy atractivo formular
la que sigue ¿porqué tal necesidad no se explicita?
¿porqué no se hace socialmente evidente, socialmente
consciente? ¿porqué no se le da existencia formal
para su tratamiento? ¿porqué se mantiene subterránea?
Retomando lo dicho al inicio ¿es posible alguna legitimidad
'de catacumbas'? ¿continúa siéndolo? ¿o
deja de ser auténtica legitimidad cuando necesita permanecer
oculta?
¿Cuán conflictivo
es lo que subyace, lo que causa el mandato social implícito
para que se produzca el 'apremio ilegal'? ¿Qué
es lo que lo hace tan poderoso como para ser eficaz, actuar socialmente,
pero a la par no someterse a la vigilancia de las razones públicas?
¿De qué se siente depositario, en definitiva, el
operador material del 'apremio...'? ¿Es en última
instancia depositario de un mandato social implícito o
sólo se asume erróneamente como tal? ¿O
simplemente, y reiterando la pregunta, satisface necesidades
personales?
Maravillosa virtud la de las
preguntas cuando son genuinas : develan mayor potencial como
generadoras de nuevas preguntas que como fuente de respuestas.
Una última para finalizar ¿hay relación
entre el título de este artículo y su contenido?
Lic. OSVALDO AGUSTÍN MARCÓN
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