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CRISIS DE REPRESENTANCIÓN
Política y corrupción



Por: Juan de Dios Parra

LAS DEMOCRACIAS MODERNAS funcionan de manera indirecta y, a diferencia del modelo democrático griego, se sostienen en la separación entre el Estado y lo ciudadanos. En las democracias contemporáneas, en que no existe la relación simbiótica entre Estado y sociedad que se producía e la polis griega, ésta únicamente puede expresarse como un sistema indirecto de limitación y control de poder.

Por tanto, las democracias modernas están condenadas a funcionar de modo directo. No pueden obviar el papel de los intermediarios, de los representantes. Por ello, el desatar una retórica en contra de la representación, como lo hace el discurso antipolítico, implica un ataque a la democracia misma. Es necesario, en ese sentido, discutir y ubicar adecuadamente la función de la representación política en las democracias contemporáneas, de modo que podamos identificar sus debilidades y trabajar con su consolidación. Esta discusión es un campo ambiguo y no exento a la contestación entre diferentes visiones de la misma. Sin embargo, según lo anota Mauricio Cotta en el Diccionario de Política, la representación política tiene que ver con el establecimiento de una relación regularizada de control entre gobernantes y gobernados.

Adicionalmente, la representación política "de los gobernantes por quienes lo eligieron. La representación política no se limita al papel de expresión política de distintos y diferenciados sectores de la sociedad, sino que incluye una función política, uno del os ejes fundamentales de la relación entre representantes y representados en un régimen político representativo.

Los partidos políticos

Son las instituciones que cumplen la función de representación en las democracias contemporáneas.

Esa función entraña que los partidos se organicen, se desarrollen y trabajen en el marco de varios parámetros que los conviertan en instituciones aptas para la representación y la competencia electoral.

Para ello, de acuerdo a Giovanni Sartori, los partidos siendo una parte, deben trascender su parcialidad y expresar un interés general.
"Aunque un partido solo representa a una parte, esta parte debe adoptar un enfoque no parcial del todo" . Si no logra, entonces, su lógica no diferirá de la de una facción.

El punto clave está en que los partidos, siendo partes, actúen como "mecanismos de expresión, esto es que sirvan para el objetivo primario de comunicar con vigor a las autoridades las exigencias del público como un todo. Si bien los partidos no son más que grupos políticos que se presentan a elecciones y colocan, por esa vía, a sus miembros en cargos públicos, no pueden prescindir de su función de expresión de un sector o grupo que va más allá de su membresía inmediata. Sin ese salto, un partido sería incapaz de trascender la lógica faccional de los demás atores de la sociedad.

El problema surge cuando las instancias de representación fallan, cuando los partidos políticos cumplen deficientemente el papel que están llamados a desempeñar. Este es uno de los problemas centrales de la democracia ecuatoriana y de gran parte de las latinoamericanas. Los partidos existentes difícilmente articulan intereses y demandas de sectores de la sociedad, transformándolos en proyectos colectivos, y como si fuera poco están muy lejanos a establecer vínculos de rendición de cuentas que permitan un efectivo control político por parte de los representados. (tomado de Ecuador debate No. 62)

La Corrupción

El flagelo de la corrupción destruye los fundamentos de los regímenes políticos democráticos. En diversas areas del mundo diferentes por su cultura, religión y régimen político, los escándalos de la corrupción menoscaban la dignidad del quehacer público. Siempre hubo prácticas corruptas. Los grandes propietarios de la tierra, de las riquezas minerales, de la banca y del comercio, hicieron del cohecho electoral una práctica definida.

El clientelismo político permitió mantener una base electoral nada despreciable. El nepotismo fue un procedimiento usual. La coima llegó a ser una institución. Sin embargo, hoy sorprende la complejidad del fenómeno al agregársele nuevo ingredientes como el narcotráfico y el lavado de dinero.

La corrupción en el sector público

Es propio de la conducta corrupta de deslealtad de una fe que ha sido otorgada. Se la concibe como la distorsión de los mecanismos políticos e institucionales de una sistema de gobierno. Supone un mal uso del cargo o función, en perjuicio de toda la comunidad. Generalmente se revise de una apariencia de legalidad para consumar en la penumbra un propósito contrario al interés público.

Puede asumir diversas formas, entre las que destacan:

- El cohecho: que es el uso de dádiva o promesa destinada a un agente público para que realice una conducta delictiva en el ejercicio de su cargo, o reciba dinero por ejecutar algún acto obligatorio de sus oficio, no sujeto o remuneración.

- El nepotismo: que consiste en otorgar protección o privilegios por motivos de la relación familiar en lugar de razones de mérito.

- El favoritismo y el clientelismo político; que supone obtener para amigos o partidos políticos, beneficios o ventajas injustificadas, en detrimento de la igualdad de oportunidades.

- La marvesación de fondos públicos: que es la sustracción, uso indebido o empleo arbitrario de los caudales públicos, para una aplicación diferente de aquella a que estaban destinadas.

- La concusión: que ocurre cuando el agente público exige, en beneficio propio y para realizar un acto obligatorio de su cargo, mayores derechos que los establecidos por el ordenamiento jurídico.

Hoy se comprueba una cantidad de esfuerzos de orgánicos, legislativos e incluso extragubernamentales, para estudiar y hacer frente a la corrupción. Este es un tema enunciado en todos los programas de gobierno y se presenta como una prioridad, cualquiera que sea su ideología.

Ética Pública e instituciones

La corrupción, en su sentido genérico, es un problema que se sitúa en el plano de la ética. Preocupa su extensión en la sociedad moderna. No cabe dudas de que el mundo enfrenta hoy una crisis que hipertrofia la dimensión individual de libertad y desconoce el carácter heterónomo de las pautas morales y jurídicas. El relativismo en el ámbito privado se extiende a la ética pública. Su resonancia social aumenta en una sociedad que sacraliza el éxito, entendido como la acumulación de bienes, prestigio posición e influencia.

Existe hoy un desequilibrio entre el desarrollo de la ética individual y el de la ética colectiva. La primera ha estado más presente en la familia y en el sistema educativo. La segunda ofrece vacíos. Constituye un reto para los responsables de la educación, a veces más volcados a lo técnico y profesional que lo cívico.
En la presente década, ya no se discute el papel del mercado como principal asignador de recursos. La publicidad ha cobrado gran importancia pero ha provocado efectos esperables. Se ha acentuado una necesidad ficticia de adquirir bienes y servicios, asociado su posesión al éxito y reconocimiento social. El fenómeno del consumismo parece ser un caldo de cultivo para la corrupción.
La ausencia de instancias de autoevaluación y control de las acciones de funcionarios públicos e instituciones o empresas privadas, constituye una grave falencia del sistema democrático. Cuando no está puesto el énfasis en la prevención, los mecanismos represivos no son suficientes. La carencia frecuente de instrumentos fiscalizadores puede favorecer un sentimiento de desregulación e impunidad. En este sentido, permitir más allá de lo estrictamente necesario la práctica del secreto o la reserva en la administración pública, posibilita la generación de espacios de discrecionalidad que pueden alentar la corrupción.
Por otra parte, cuando el Estado no cumple con eficiencia sus funciones propias, retarda su acción u obstaculiza innecesariamente las actividades de los particulares, éstos buscarán la manera de agilizar los procedimientos para que sus intereses no se vean perjudicados. Ello implica recurrir a las vías alternativas o no oficiales.

Los agentes públicos son los más expuestos a la corrupción, pues está en su mano adoptar decisiones en las que eventualmente se pretende influir. Ello hace urgente diseñar medidas que desarrollen su capacidad profesional y técnica, mejoren sus remuneraciones, eleven su reconocimiento público y ofrezcan estímulos acordes con la dignidad de sus cargos.

Finalmente, es preciso recalcar la importancia de los medios de comunicación social en la pesquiza de actos corruptos. La información al respecto debe ser fluida y sistemática. La gestión pública requiere que el cumplimiento de sus metas sea siempre evaluado y sometido a control.

Efectos de la corrupción

La corrupción desencadena una pérdida gradual de credibilidad y respeto en la conducción política. Dificulta la puesta en marcha de programas de gobierno y la colaboración de la ciudadanía e la gestión pública. Esto es más necesario aún, cuando las autoridades invocan la necesidad de un cierto sacrificio de la ciudadanía para superar situaciones críticas. Ello puede ser justificado solamente cuando se predica con el ejemplo.

Un sistema corrupto afecta a todos los que viven en él. La gente termina por convencerse e que, para lograr fines legítimos y resguardar adecuadamente sus intereses, debe recurrir a canales irregulares, al constatar que las vías oficiales no funcionan, son insuficientes o demasiado lentas. Ello crea un clima generalizado de desconfianza, no sólo en el ordenamiento jurídico existente, sino también en la actuación de las personas que lo integran.

Otro efecto de una corrupción extendida es la aparición de grupos que giran en torno a las instancias del aparato público, y que operan mediante relaciones informales. Estos pueden estar movidos por fines legítimos, como ciertos intereses económicos, sociales y políticos. Pero distorsionan la igualdad de oportunidades e influyen en la toma de decisiones. Más preocupante resulta ser cuando se persiguen objetivos en sí mismos ilícitos, como ocurre con el narcotráfico y al crimen organizado.

Desde otro ángulo, la corrupción supone muchas veces un costo económico., No es raro que un ciudadano particular, con el fin de acelerar un trámite o pronunciamiento, deba pagar "comisiones" irregulares a los funcionarios.
Cuando esta práctica es generalizada, este gasto pasa a ser considerado como parte del costo económico normal de un negocio. El interés público también se ve perjudicado.

En ciertas oportunidades se opta por contratar a quien no ofrece el servicio más económico. Se registran costos más altos, se inventan gastos o se desvían fondos para fijes ajenos a los oficiales.

A la larga, la práctica corrupta termina por no incentivar la inversión. Si quien decide invertir debe soportar costos variables e inciertos, o no posee claridad sobre los procedimientos, ni certeza sobre la rentabilidad de su inversión, preferirá mercados que le ofrezcan menores riegos. El inversionista nacional, puede terminar invirtiendo en el exterior, y el extranjero orientarse a lugares en que las reglas del juego sean claras y respetadas.

Por último, la corrupción tiene a veces efectos que desalientan los esfuerzos para redistribuir la riqueza. No es raro que recursos destinados a los sectores más desposeídos sean desviados o reducidos con fines ajenos al previsto. Un clima de corrupción extendida puede obstaculizar intentos de redisribución equitativa de la riqueza y favorecer la permanencia de focos de pobreza y marginalidad.

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