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GILBERTO
ALMEIDA, y sus caminantes de los andes
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- Memoria
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- Los años sesenta se
registrarán como un período axial del siglo veinte.
Serán los años de la rebeldía y la esperanza
por antonomasia. África bramó como un animal herido,
en América se irguieron banderas libertarias, Nepal sumergió
a Vietnam, los Panteras Negras asustaron al Imperio, los estudiantes
se volcaron a las calles en busca de las utopías.
El 'hippismo' y la Revolución de las Flores (Mayo, París,
1968): las pasiones del ser humano fusionadas por primera vez
en escenarios públicos, bullendo entre la magia y la cotidianidad;
en el fondo, meros actos de representación estética,
simulada reunión del ser humano con su imagen.
Ecuador, pese a su asincronía histórica (retraso,
desfase), más acentuada, quizás, que en otros países
latinoamericanos, vivió, a su modo, ese decenio. En la
literatura surgió el Tzantzismo, impregnado por tres corrientes
fundamentales: la Revolución Cubana, el existencialismo
sartreano y los iconoclastas argentinos, y en artes plásticas
el surgimiento del VAN, grupo de artistas revolucionarios y propositivos.
Quito, apretada y beata, cabía aún en el cuenco
de una mano y, en la esquina de las calles Benalcázar
y Chile, se abrió el Café 77 al cual acudían
los jóvenes 'reductores de cabezas' con el objeto de mantener
acaloradas y a veces catastróficas confrontaciones con
los integrantes del Grupo Caminos: poetas, escritores, pintores,
músicos, que perseguían, desde una noción
conservadora, 'el arte por el arte'.
Estudiante de colegio y llevado por mi profesor Manuel Zabala
Ruiz, el poeta más significativo de Caminos, asistía
yo, perplejo y confundido, a esos forcejeos, pues, al oír
a los dos bandos, no sabía a cuál sumarme. Ímpetus
revolucionarios fluían ya por mi sangre, pero mi lealtad
hacia Manuel me anclaba entre los 'caminos'.
En este Café 77 conocí por primera vez a Gilberto
Almeida (San Antonio de Ibarra, 1928). Precedido ya de justa
fama, lo avizoro entre densas volutas de humo el gran artista
es un fumador impenitente delgado, esbelto, el pelo negro,
la mirada retadora, osada, como perforando o tentando al
menos y de cuántas excepcionales maneras lo ha hecho
los caminos misteriosos del arte, y sus manos nervudas, desprendidas
de su ser, siempre agitadas, nerviosas; todo él develando
su temperamento tumultuoso, apasionado, ciclónico. Nadie
podía con él. Nada lo arredraba (su reputación
se extendía a sus dotes de temerario boxeador). Defendía
su creación y sus postulaciones con tal vehemencia abrasadora
que en seguida consumía a sus contertulios. Un aire aristocratizante
nuestro pintor desciende de familias liberales ilustres
rodeaba su magnética figura. (Desvanecido el Café
77 entrañé con el maestro irrevocable amistad.
Durante largo tiempo frecuentamos la Galería Charpantier,
identificados por aquellos aspectos sustanciales de nuestra estructura
íntima, él por las artes visuales, yo por la literatura,
en el ejercicio de una bohemia transida de música, ideas,
arte y poesía).

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