-
-
- El 'descubrimiento'
-
- Una vez descubrí que
la tierra era alto monte a un lado y hondo abismo al otro con
el ser humano al centro", escribe Jesús Cobo (Chunchi,
Ecuador, 1953). ¿Cuándo ocurrió esta revelación
en él? ¿En su lugar de origen, un parvo pueblo
perdido en las rugosidades andinas?
¿En Quito, cuando ya cursaba sus estudios en el Colegio
Universitario de Artes de tan entrañable recordación
para el artista? ¿En Italia, cuando, poseído por
el encanto de sus mármoles estudiaba y trabajaba con esa
febrilidad que signará toda su creación? En todo
caso, ahí está, suspendido en espacio y tiempo,
absorto en sus reflexiones y ensueños, tentando esa lógica
de las formas, las líneas y los volúmenes que es
la sustancia de su cosmovisión. El espacio fluye en Cobo,
se dilata y represa gracias a ensalmos intermitentes, es tiempo
revertido en extensión, y el tiempo es sólido:
cubos, bloques, pirámides, cuerpos Espacio que discurre
y tiempo fijo, congelado: movimiento cósmico.
De niño le fascinaba la niebla: mutaba el paisaje, los
seres, las cosas, o las borraba Erige y suprime, erige y suprime
Conciliación de espacio y tiempo, encarnación del
movimiento en formas indelebles (mármol, piedra, hierro,
bronce). ¿Y el ser humano? Es uno de los signos que el
movimiento que envuelve la obra de Cobo erige y suprime, erige
y suprime Somos seres de carne, hueso y sangre, pero tenues como
sombras que borra el viento. "Solamente en tu arte vivimos,
aquí en la tierra", dice un poema indígena.
La niebla disipaba todos los elementos: hombres, montañas,
árboles, cosas, y en ese sortilegio el precoz artista
intuía las infinitas posibilidades formales de éstos.
Cuando desentrañó la arcilla en la acequia cercana
a la casa campesina (capacidad para ver el fondo y el trasfondo
de algo y su gravedad), el niño halló el mundo
de la representación tridimensional. Daba igual, sus sobrinos,
Antonio o Rodrigo, la vieja y ululante locomotora, el jamelgo
triste o los toros que difundían miedo, todo era asunto
cuya recreación ocupaba la mayor parte de su tiempo. Luego,
por el trabajo de su padre, se sintió casi 'trasplantado'
a la selva tropical, lujuriosa y abundante en colores y sonidos.
El río le surtía ramas y raíces a las que
su imaginación dotaba de significados y contenidos. Así
proyectó mariposas, caballos, esqueletos, casas que, luego
de su efímera existencia, iban a parar al fogón
familiar. A este mismo río Jesús Cobo volvería
años más tarde, dueño ya de una sólida
formación, para develar las nupcias del agua con la piedra
(música, formas, devaneos, suscitaciones), para trabajar
una de sus series más fascinantes Piedra-Agua, 1994. "
escribes en mi piel y esas heridas / como un traje de llamas
me recubren, / ardo sin consumirme, busco el agua / y en tus
ojos no hay agua, son de piedra"

|