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CAMILO
EGAS, un adelantado de su tiempo
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- Debió ser de mediana
estatura, pulcro en el vestir y refinado en sus modales; triste,
huraño, tímido, extranjero de los sitios donde
erró su sombra, pero también del tiempo que le
tocó vivir. La vida de Camilo Egas: ¿expedición
o encuentro? Un viaje forzado y un doloroso hallazgo con la verdad
del arte.
Lo veo como en duelo perenne con sus propios singulares laberintos
interiores y con los distintos episodios pictóricos que
signaron su creación. Espacio, vértigo puro, lo
último de su obra, momento en que se hunde en el vacío
en el suyo y en el de su entorno. Al final de la contienda
su tránsito existencial estuvo jalonado por un constante
bregar con el temblor de la tierra y con la agitación
de su propio yo no hay el artista, hay el espacio, la vibración
angustiosa de su ánima en busca de sensaciones pasajeras:
escaramuzas, pánicos, exaltaciones, gozos, todo atravesado
por la fugacidad más agobiante.
Su última obra: un perturbador sondeo en el silencio.
Sobre fondos ocres, en los cuales balbucean ecos del mundo real,
rasgos delirantes (rasguños) de una víctima que
está al borde de la asfixia, recogimiento de pasos, huellas
apenas identificables de vivencias extinguidas, remembranzas
de un ser que fue, danzando al ritmo del silencio solo grises
y azules en lo formal, hacia adentro, la impronta de
un hombre lacerado por buscar una respuesta a su vida, a su creación,
a la razón de ser de las dos.
"Hemos bebido furtivamente / En vasos quebrados / Vino que
quizá / No era de nosotros" Esa fue su propuesta
final. Suerte de cabriola entre la vida y la muerte (el equilibrista
a punto de dar su paso en falso y desaparecer. ¿Desvanecimiento
de la vida vivida, vehemencia desesperada de ser y estar, o canto
funéreo lívido de asentimiento ante la
muerte?) Todo es caos en estos cuadros. Irresolución.
Postrera tentativa de alcanzar de dónde asirse. Simulacro
de seguir siendo. Guiño a lo invisible. Nada más.
Guardar silencio: lo que el pintor quiso en varios tramos de
su existencia (casi obvio, más en el último). Hurgar
en él; multiplicarse (irradiarse); volver a él,
solo con él mismo, y, al final de la partida, silenciarse.
¿Qué son sus autorretratos y sus maniquíes,
sino una confrontación con el silencio y luego una rendición
ante él? Por allí le enreda la leyenda brumosa
y desvaída con episodios bohemios, amores turbulentos,
soledumbres y una larga y 'dolorosa' enfermedad que, aunque lo
hirió de muerte, no le impidió seguir trabajando.
(Uno de sus más conmovedores cuadros, el de un hombre
desnucado, como pendiendo de una oculta, vulgar percha, difuminado
mediante colores exangües y líneas exacerbadas, rezumando
su terminal angustia desolada, fue pintado cuando él ya
sabía de su muerte. Reflejos 2 lo llamó).

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