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 ARACELI GILBERT, el arte como forma distinta de amar

 
 
 
Retrato
 
La pintura ­la verdadera pintura­ es una forma distinta de amar. Aquello que San Ailerd llamaba 'el paladar del corazón' seguirá en plena vigencia hasta el final de los tiempos. Estas reflexiones iniciales (axiomáticas) han vuelto a mi memoria al recorrer vida y obra de Araceli Gilbert (Guayaquil, 1914 - Quito, 1993).

La imagino menuda, bella, suave y delicada como un hálito, a pesar de la reciura proverbial de su temperamento; luciendo atuendos únicos no para convocar la atención, sino para armonizar con su personalidad: lúcida, generosa, auténtica (frente a ella ­a ella y a su obra, ¿es posible escindirlas en su caso?­ no había términos medios, solo suscitaba admiradores o detractores); ojos y manos siempre inquietos ­aunque muy lejos de Araceli aquello de que la pintura se represa en lo visual y manual­; yendo de un lado a otro por el mundo y por los infinitos del arte. Lo que llamamos perfección, ¿no será sinónimo de realidades consumadas y, por tanto, afianzadas para siempre en un ser humano?: este es el caso de Araceli Gilbert.

Por línea paterna, Araceli perteneció a una familia conservadora. Su padre, Abel Gilbert Pontón, adusto y estricto, médico destacado que incursionó en la vida pública accediendo a la Vicepresidencia de la República, en el gobierno de Galo Plaza Lasso. Su madre, Leonor Elizalde Bolognesi, aristócrata, pero de tendencia liberal (¿de ella heredó Araceli su sentido de independencia, su vivacidad, su alegría?), murió cuando ésta apenas era una adolescente. Su primer gran dolor, su primera prueba frente a la adversidad. El signo humano de Gilbert, fraguado en el metal más noble, pero a la vez indómito, arranca, quizás, de esta desoladora vivencia.

La música, la danza, la poesía sedujeron muy pronto a Araceli, pero también ­más por su connatural solidaridad con los desposeídos que por la influencia que pudieron ejercer en ella sus familiares médicos­ muchas veces pensó estudiar enfermería. Sin embargo, su suerte estaba echada. Lo suyo habría de ser la pintura, por lo que fue a Santiago de Chile a prepararse académicamente.
 
La principal condición del talento artístico es la posesión de una susceptibilidad refinada y sensible ante ciertas cualidades de las cosas. En Araceli Gilbert esta señal es verificable desde muy niña. En artistas como ella, podemos hallar esa profunda relación de la sensación y de un sentimiento respecto de la totalidad de los objetos naturales. Araceli amó la naturaleza, al punto de que ésta influyó de manera preponderante en la colorística de su obra: colores del corazón, pero arrancados de la exuberancia tropical. Por cierto, la posesión de estos valores constituyen solo el prerrequisito de la capacidad creadora ­y esto tiene vigencia en otros ámbitos de carácter mental­ pues quien no trate de aprehender a la naturaleza con el poder de su intuición nunca podrá abrazar a la naturaleza o a su propia conciencia mental más elevada.
 
 


 
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