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 KINGMAN, y los años

 
 
El aire y los recuerdos
 
A veces, muy de repente, porque Eduardo sigue vivo, ni más faltaba, suelo verlo en su última morada: un féretro de madera humilde (fue su voluntad), sobre el piso de su Posada de la Soledad. A su alrededor estábamos todos, es decir, no solo sus familiares, vecinos, amigos lejanos o íntimos, sino su pueblo, su humanidad en suma, que tanto amó y le dolió.

La escena me luce arrebatada de uno de sus cuadros, acaso el más triste, pero también el más luminoso. ¿Llovió ese día o la víspera?, lo cierto es que su Posada estaba olorosa a tierra mojada, a romería llamando a la esperanza, justo como hubiera sido su deseo, porque el pintor de las más hondas aflicciones humanas creía a ciegas que la humanidad algún día llegaría a merecer su nombre, (¿influían en esta convicción las postulaciones éticas del socialismo de las que nunca abdicó?).

En cambio, todo el tiempo lo veo airoso, apasionado, libertario, erguido ante las oleadas irrevocables de la vida, sin mácula alguna, magnánimo con quienes lo ofendían ­algunos de su oficio, ante la eminencia de su obra, urdían irrisorios embustes en su contra­ solidario hasta el extremo de malbaratar su arte (jamás negó a nadie su ayuda: una acuarela, un dibujo, un óleo, muchas veces a conciencia de que lo estaban engañando, pues nunca tuvo un centavo en su bolsillo). Iba y venía el gran pintor por su amplio estudio todo de vidrios translúcidos, suerte de gorrión tejedor de sueños, su sempiterna sonrisa ­desdeñosa y socarrona­ alumbrándole el rostro, el infaltable cigarrillo y la taza de café humeante, siempre a mano, como para afanarle a la muerte (o mofarse de ella, ¿no da lo mismo?), anulando las interdicciones de sus médicos, y las de Bertha, claro, su celosa guardiana. Cada vez, eso sí, se me aparece más delgado ­es el mismo proceso imaginario que guardo de nuestro Padre Señor Don Quijote, ¿por qué será?­ pero su reciedumbre, su entrega por un arte de vida, las raíces humanas que registra su caudalosa obra, las hallo más sabias, meditadas, padecidas, sobrevividas.

Kingman (Loja, 1913 - Quito, 1998) era pequeño, sosegado ­lo cual, ni de lejos, era sinónimo de pasividad­, tallado en el metal más noble y obstinado: el amor plural, esa emotividad vasta y abundante que solo habita en determinados seres superiores; era la sustancia nutricia de su ser y tramaba todos los actos de su vida (el amor es, sin duda, la nervadura de su arte, revelaciones de urgente y rebelde amor, así fueron concebidas sus obras). Sus manos grandes y venosas conocían todos los intersticios de la creación pictórica y palparon el dolor de su pueblo y el de los pobres de la tierra. Alguna vez, cuando niño, vio a su madre en actitud de vencimiento, las manos apoyando su amargura. Desde allí sus manos desmesuradas, ímprobas, alucinantes, que no solo se apoderaron de sus lienzos, sino que él mismo las llevaba uncidas a su cuerpo como el signo inconfundible de su bondad y su fuerza.



 
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