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ESTUARDO
MALDONADO, las búsquedas de lo absoluto
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- El abrazo
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- El artista se inclina erguido
como un árbol intemporal para enseñarme el
plato valdivia que en su reciente peregrinaje por la Costa descubrió.
En sus manos, grandes como zarpas, con ellas ha explorado el
tiempo y el espacio, indemnes a pesar de lidiar con acero, ácido,
fuego, piedra, yace el plato,
y el sol que es una araña centelleante, plantada en la
mitad del austero comedor donde estamos, zarandea por la multitud
de líneas que se entrelazan sin pausa tramando una celdilla
perfecta (cuadrada) en el núcleo de la pieza que el maestro
exhibe.
Sin advertirlo, los dos, regresando quizá a un perpetuo
nacimiento, comparamos, una y otra vez, la similitud del cuadrado
del plato valdivia con cualquiera de los lados de un hipercubo
(Estuardo Maldonado, Píntag, 1930, está trabajando
desde hace un tiempo en su Serie de hipercubos), que cuelga de
un hilo luminoso: cinco mil años de historia se refunden
en un abrazo inexpresable en el más hondo silencio. ¿Percibió
el alfarero el vértigo del absoluto del cual ha estado
en vilo, en su dilatado ir creativo, la vida de este creador?
¿Se conoció ya, en su tiempo, esa voluntad incoercible
de Maldonado de averiguar a fondo lo desconocido: ser y estar
a plenitud en el espacio-tiempo (presente), primero, y, luego,
obsesivo rastreo de un más allá cada vez más
insondable?
La vivencia divina supone interactuar en un infinito que es compás
y armonía. Pero en nuestro ser se congregan las nociones
de sol, viento, agua, barro, ámbito abierto, retumbante.
El yo se difumina, pero en el vacío abandonado no se instaura
otro yo. Ninguna divinidad sino lo divino (per se). Ninguna fe
sino el magma anterior que involucra a toda fe. Ningún
rostro sino el ser sin identidad que es todos los rostros: tregua
del ser humano con su esencia, reconciliación y paroxismo,
cercanía del absoluto, zona en la cual se ha desplazado
hasta el asombro, pero siempre en los cauces de un tiránico
raciocinio, el arte de Estuardo Maldonado.
Píntag
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- Estuardo Maldonado nació
en Píntag, un pueblo que rezuma soledad y aislamiento,
en 1930. Abrumado por grandes latifundios no tiene posibilidad
de acceder a ninguna manifestación cultural. El profesor,
en la escuela, entrega a sus alumnos parcelas de tierra para
que se adiestren en labores de cultivo. Maldonado no atina con
los ejercicios cotidianos, por lo que se lo castiga asignándolo
al desbrozo de la tierra. En uno de sus empeños halla
un fragmento de un muñeco de arcilla, entre otros cacharros
rotos, y en él, el signo (la S) que se convertirá
en soporte histórico-mágico de su propuesta artística,
así como de sus texturologías abigarradas de inusitadas
y admirables simbologías.

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