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Tomás Ochoa
 
 

 TOMAS OCHOA, América

 
 
 
Paisaje
 
En la obra de Tomás Ochoa (Cuenca, 1965), la naturaleza es más que un simple referente convencional. Es su sustento, su ánima, su esencia, pero también su fuente de disidencias: asombros y reconocimientos; flujo y reflujo de sueños y realidades; actos refundidos en memorables representaciones estéticas (su Devenir Animal o Máquinas de Guerra - Quién nos representa o sus Series sobre la migración, por ejemplo); fusión de sus padecimientos y los de la humanidad; reunión del hombre ­de todos los hombres­ con su imagen oculta; fulgores del pasado, del hoy y del mañana en revelaciones súbitas. Y esta obra la resuelve mediante técnicas propias (Ochoa es un osado y compulsivo experimentador). Oficio riguroso. Agobio y éxtasis. Fantasías de materia y lumbre fraguadas sin pausa. Imaginación desbordada para resucitar sustancias perdidas.

Son los 'devenires' de un gran artista y éstos solo pueden ser expresados a través de un estilo único, intransferible. Y los estilos, como los modos de vida, no son construcciones. Ochoa ha accedido a una ontología del color, sin la cual, su propuesta visual, una de las más profundas y sólidas de su generación en América, hubiera zozobrado. Elevación desde lo informe y, en el camino, conmoción y excitación, originados por los descubrimientos realizados, marcan la creación de Tomás Ochoa. La obra de este artista no es el lenguaje de un ideal estético menguado, sino un estatuto de códigos que sobrevienen símbolos de una realidad profunda. De aquí su carácter excepcional. Y ésta, por supuesto, tenía que recurrir a los medios adecuados para articularla. Sí, la técnica es solo un vehículo, pero un artista serio no puede menospreciarla nunca.

Las morosas búsquedas de su arte
 
No hay en el camino artístico de Tomás Ochoa rupturas drásticas. Estas revelan esnobismos o inseguridades. Movimientos de rituales lentos son los que se perciben en sus ciclos pictóricos. Y en el fondo: música, danza, tambores, hachas, artesanías antiquísimas pugnando por apoderarse del espectador. En el dominio del arte, lo que nos conmueve en tantas manifestaciones prehispánicas no puede emanar sino del sentido trascendental que éstas encierran. Y es siempre lo trascendental aquello que busca Ochoa. Le seducen nuestras culturas milenarias. Se aproxima a ellas y extrae sus esencias sagradas. (Ochoa accedió al abstracto, porque quiso 'trascender' la esfera de lo relativo). Reintegración a la inmensurable tradición universal, constatando que en ella insurgen las grandes culturas indoamericanas: he allí el arduo proceso de Tomás Ochoa. La huella ­toda huella­ es la manifestación de una cercanía, por lejos que esté lo que abandona ­dice Walter Benjamin­, y el aura es la manifestación de una lejanía, por cerca que esté lo que la motiva. En la huella nos apoderamos de la cosa; en el aura ella nos domina. Ésta es, en final y suprema instancia, la aporía del arte de este extraordinario pintor. Gozo y fascinación. Perplejidad y misterio. Sensaciones que provienen de una nostalgia atemporal que logra arrancar del pasado y plasmarlo en el futuro que vendrá.



 
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