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LEONARDO
TEJADA, los caminos recuperados
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- Retrato de familia
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- El gran artista vive en el
último piso de un edificio de La Floresta (Quito), junto
a la mujer que lo ha acompañado durante su dilatado y
feraz periplo existencial y creativo.
Ella se llama Elvia Chávez Jaramillo y desciende de Fernando
Chávez, autor de Plata y bronce, relato crucial para el
reencuentro con nuestro ser nacional a través de la literatura.
Elvia es una mujer lúcida y sensitiva, en cuyo bello rostro
esplenden sus intensos ojos verdes que han alumbrado al maestro
durante su apretado camino por la entraña de nuestra historia.
Leonardo es el mismo hombre nervudo, de rostro atezado y carácter
pujante y transparente que fue siempre. "Estoy intacto,
me dice, salvo esto que no me permite caminar". Son sus
piernas que ya no lo obedecen. Pero sus manos grandes y venosas,
su inteligencia creadora, su memoria prodigiosa, permanecen intactas,
no obstante sus noventa y dos años de edad.
Y Leonardo Tejada (Latacunga, 1908) sigue pintando y es, quizás,
lo único que cuenta. Alejado de esa obsesión neurótica
como llamaba Eco de los artistas latinoamericanos por
imitar todo lo que viene de afuera, continúa trabajando.
Y pinta porque ese oficio ha sido el emblema de su vida. "He
mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra / y sólo
me ha dolido el corazón del hombre. / Sueña y no
descansa. / No tiene casa sobre el mundo. / Es solo. / Se apoya
en Dios o cae sobre la muerte / pero no descansa"
Una sensación como de aire recién nacido me envuelve,
cuando Elvia y el pintor me circundan junto al ventanal del encantador
pero austero espacio donde habitan, para indicarme el paisaje
de Quito tan caro y entrañable para uno de los períodos
artísticos de Tejada y especialmente, para señalarme
por dónde llegan los aviones a nuestra ciudad. "Parecen
naves espaciales y algunas veces pienso que me van a llevar a
algún lugar desconocido", me confiesa ella, titilando
en sus ojos un fulgor saturado de vida.

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