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 ANIBAL VILLACIS, los signos de nuestra sangre

 
 
 
La realidad que el ser humano es capaz de aprehender es solo una interpretación de esa realidad. "El mundo es mi representación", decía Schopenhauer. En efecto, el hombre no conoce ningún sol ni ninguna tierra ni ningún mar, sino solo ese ojo suyo e intransferible que ve un sol, solo esa mano suya que toca una tierra o que hunde en la ola del mar.

Y solo conoce ese espíritu suyo que capta sol, tierra, agua y todo lo demás y lo interpreta según sus conocimientos, sensaciones, voliciones.

"En todo mi trabajo quiero que se vea la materia, que se vean mis manos: es esto lo que da sensibilidad a las construcciones plásticas", afirma Aníbal Villacís (Ambato, 1927). Y el histórico aporte de Villacís a nuestras artes visuales es, sin duda, el tratamiento de la materia que él construye con sus propias manos; luego vendrá la resolución de sus temas, obsesivamente coadunados a nuestro ancestralismo: historia y fantasía, pensamiento y prodigio, nuestras raíces más antiguas aliadas a recursos novohispanos (la imaginería) y recursos de la modernidad (colores cautivados en los raspados e incisiones únicos del maestro). Creación continua la vida consciente, el pasado sobre el presente acumulado para engendrar el futuro. El pasado, en la obra de Villacís, tiene vida de hoy, vida que se realiza en nosotros, los actuales, y cuando la contemplamos, en nuestra conciencia van aguzándose nuestros ojos, y vamos viendo también la vida de ayer. Las sombras del tiempo toman cuerpo, se congelan en formas hermosas y perennes. Y ahí quedan, para quienes vengan después.

Lo conocí en su casa del tradicional barrio de El Placer. Hacía tiempo que había rastreado en su arte y que su figura humana rondaba en mi imaginación. Siempre lo imaginé nervudo, encastillado, capaz de sostener el mundo oscuro y portentoso, milenario y pujante que él había creado. Pero Villacís es un hombre pequeño y amable, menudo y frágil, solidario y solitario, lúcido y sensitivo en extremo. Quien se aproxima a él se prenda de su transparencia y humildad. Su buen humor, vigente no obstante los infortunios vividos, le ha permitido desairar varias veces a la muerte y mantener sus manos intactas para seguir forjando su obra. Su amor por la vida está nutrido por su amor por los olvidados de la tierra y su compromiso con la historia de su pueblo, en plenitud.
 
La moneda de oro
 
"Todo pintor auténtico viene con una moneda de oro en la mano", comenta Aníbal Villacís, y rememora con tristeza a aquellos compañeros que desperdiciaron ese don, alejándose del arte o enceldándose en imposturas. Así es, de todas las expresiones del arte, la pintura es la que más se fragua en lo sensorial. Todo pintor va tras la aparición de una final e inasible verdad que pervive en la raíz de la materia y que designa la realidad otorgando sentido al universo de las aparencialidades, tornando el caos de lo representado en un medio que se alimenta de aquél y sostiene la tensión a través de la cual se evidencia la vida en toda su desmesura. La incesante búsqueda y construcción es lo que señala la tarea específicamente humana; la realización artística radica en precisar (elucidar y demostrar) esta realidad erigida, y en expandir el horizonte de la conciencia coherente, en descubrir nuevos atributos y signos para los refinamientos del sentimiento. En esta línea persevera la creación de Aníbal Villacís y de ésta se han sustraído ­por fatiga o comodidad­ muchos de los artistas de su generación a quienes evoca con afecto pero con pesadumbre.


 
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