|
|
OSWALDO
VITERI, la creación perpétua
|
-
-
- El principio necesario
-
- La propuesta fue rastrear
a fondo en el mundo de Oswaldo Viteri (Ambato, 1931). Azar y
reto. La obra de Viteri me había replegado a superponerla
de conceptos, a mudarla o reducirla a traveseos irreverentes
de mis pensamientos.
Ella fue cada día más drástica con la interacción
humana que iba suscitando en mí. A ratos pasé a
pertenecerle y, como es evidente, a soportar su opresión,
como si se tratara de pagar el tributo o el castigo
de conocerla en sus meandros más ocultos, esos que subyacen
detrás del lenguaje pictórico cuando éste
oscila en la raíz de lo excepcional y la eminencia. Creo
que esto sobrevino porque la obra de Viteri es materia eterna
en cuanto interpelación asombrosa de una realidad que
es común a todos, y porque, especialmente en sus ensambles,
no admite posturas medias.
-
- La niñez, esa distancia
-
- Un encumbrado graderío
lleva a la planta de la casa donde nació Viteri. La casa
está enclavada en el centro de Ambato y parece un colmenar
por la profusión de ventanas. Apenas repeché las
gradas, descubrí una gran mampara de vidrio. Estoy en
el umbral de la infancia del artista. (Su madre, María
Elena Paredes Borja, me había referido que él apenas
salía de este espacio). Explico a la nueva propietaria
una anciana artrítica de rostro bíblico atada
a una silla de ruedas la causa de mi visita. Con su consentimiento,
empiezo a huronear los sitios que atestiguaron los escarceos
iniciales de la tiránica voluntad creadora de Viteri.
En el bloque posterior hallo dos sótanos donde él
se enceldaba de muy niño. (Acaso no los buscó,
los halló, al igual que a su arte: tortura y júbilo,
ninguno de los pintores de su tiempo ha hurgado tanto como él
en los laberintos de la condición humana). Recluido en
esos lugares cerraba y abría los ojos para imbricar en
su memoria cesto de llamas la oscuridad hasta palparla,
coagulada, mientras la luz, filtrada por las rendijas, desnuda,
ascética, impúdica y perversa, absorbía
su sangre. ¿Casualismo? ¿Un simple juego infantil,
extraño e inusual, pero puro juego al fin? ¡Quién
sabe! En todo caso, aventura premonitoria de lo que sería
el modo de resolver su vida y su obra. El negro y el blanco refundiéndose
en una sola sacudida mágica. Jaspers advirtió que
en los grandes espíritus hay siempre un elemento de hechicería.
¿Quién podría negar que éste desborda
el de Viteri? Muerte y vida. Amor y odio. El bien y el mal. Lo
sagrado y lo profano. Negro y blanco: los estados puros del arte
pictórico, pero también de la vida.

|
|