| En este Café 77 conocí por primera vez a Gilberto Almeida. Precedido ya de justa fama, lo avizoro entre densas volutas de humo de cigarrillo el gran artista era un fumador impenitente, flaco, esbelto, el pelo negro peinado a la gomina, la mirada retadora, osada como perforando o tentando al menos y de cuántas excepcionales maneras lo ha hecho los espacios mistéricos del arte, y sus manos nervudas, desprendidas de su ser (con ellas rastreará las raigalidades de nuestra historia), siempre agitadas, nerviosas; todo él develando su temperamento tumultuoso, apasionado, ciclónico. Nadie podía con él. Nada lo arredraba. Defendía su creación y sus postulaciones con tal vehemencia abrasadora que en seguida consumía a sus contertulios. Un aire aristocratizante nuestro pintor desciende de familias liberales ilustres rodeaba su magnética figura. (Desvanecido el Café 77, entrañé con el maestro irrevocable amistad, en la Galería Charpantier, identificados por aquellos aspectos sustanciales de nuestra estructura íntima, él por las artes visuales, yo por la literatura, en el ejercicio de una bohemia transida de música, ideas, arte y poesía). "Gota a gota el tiempo horada su piedra desnuda / Pecho abarrancado por el acero de los minutos / Y la mano en la espalda que te empuja hacia lo desconocido". |