| Los comienzos Mucho tiempo toda su juventud pensó en un simple sello para firmar sus obras. Con algún logogrifo (enigma que resulta de una combinación arbitraria de las letras de cualquier palabra), o abarrotado de cruces diminutas, o de líneas que remitan a los quipos o simplemente vacío. ¿Miedo, timidez, humildad de convicción por cierto, pues no hay asomo de pose en este artista o un anhelo oculto de desconcertar al espectador no solo con los profundos y avasallantes sentidos de sus composiciones: óleos, dibujos, grabados, retablos, objetos, instalaciones, sino también dejándolas anónimas? Por la memoria de Enrique Estuardo (así decidió no hace mucho rubricar sus creaciones), rondan implacables óleos de nuestros imagineros, quienes, a más de no abdicar de su cosmovisión ni de su religión (recuérdense sus vírgenes emplumadas, sus soles devenidos en Dios Padre, sus papagayos volando junto a ángeles), se mostraban reacios a firmar sus telas. Pero en lo conceptual, también se les parece, abjurando del mestizaje, develando sus estigmas. Buena parte de la pintura latinoamericana se ha movido entre el pastiche europeo o norteamericano y el acarreo de elementos autóctonos. Enrique Estuardo se rebela en contra de este fragilismo y pinta desde sus opuestos, llegando incluso a ultimar su vena mestiza. |