| Luego de graduarse de arquitecto el de la universidad fue tiempo en el cual apenas se dedicó a su arte, va a trabajar a Cayambe y Otavalo, zonas devastadas por el terremoto de 1987, en proyecto de autorreconstrucción de viviendas. Aquí se impregna de la cultura indígena: sus usos y costumbres, sus fiestas y ceremonias, su sincretismo. Agua, fuego, piedra y viento intemporales de uno u otro modo marcados por la intrusión de civilizaciones y pueblos extraños y, sin embargo, en su raigalidad, tercamente rebosantes, vivos. Esta experiencia es axial en la vida y obra de Enrique Estuardo. Constata su desarraigo (no es indio, pero tampoco se siente parte de ese género amorfo, anodino llamado mestizaje). Desnuda entonces su soledumbre. Observa, perplejo, el guiño del vacío. Palpa su inermidad, el vértigo de saberse despoblado, ajeno. Para resarcirse de su exclusión del mundo se aferra para siempre a su arte. En él refundirá sus ideas, sacralizándolas y desacralizándolas a la vez en una proyección sin finales; en él (espíritu chocarrero), urdirá sus trampas para la vida y la muerte en un ludismo desgarrador a través del cual se mofa vitriólicamente del espectador. El arte de Enrique Estuardo es, por sobre todo, conceptual, lejos de él eso de que la pintura solo es un hecho solo de manos y retinas. Su paso como restaurador de los frontispicios de las iglesias de El Sagrario y San Agustín no hace otra cosa sino reafirmar su vocación. Meses de meses, palmo a palmo luego lo hará por todos los templos de Quito recorre esos conventos, sobre todo, su patrimonio artístico, conjurando el terror que le causaba la sangre de cristos y santos cuando su madre lo llevaba a las iglesias. (La sangre, ¿arquetipo de la vida y la muerte?, una de las constantes de la obra de Enrique Estuardo). |