- El hombre
- Hablar sobre vida y obra de Voroshilov Bazante, con un lenguaje que no sea el de la pasión, sería, por lo menos, inauténtico. Para Bazante los poderes del arte y, por cierto, los de la vida, son sinónimo de pasión, y ésta, en su cota más empinada y tensa, no es sino su expresión plástica en estado de pureza caótica: libertad desaforada, poesía.
El artista tuvo una niñez difícil, pero algo en la fibra más íntima de su ser (un espejo de obsidiana, de aquellos que usaban nuestros antepasados para afanarle energía al sol), impidió que se impregne de amarguras o flaquezas, al contrario, lo talló en la madera más altiva e indócil, pero a la vez noble, generosa, sensible. Su padre, militar de ideales revolucionarios, lo llevó de un lado a otro por el país. En la Base Militar de Galápagos, vio, fascinado, la saga filmográfica de Tom Mix. La figura del caballo que completaba la de este ícono se le grabó para siempre. Ella sería una de sus obsesiones. La ha hecho y deshecho recuérdese su extraña Disección de las formas de un caballo en la cabeza de toro, 1982; la ha dotado de brío y frenesí (Bazante pinta un caballo en cuarenta segundos, ¿para qué bocetar, si todos los temas que asume Bazante están coadunados a su sangre?). Actos tumultuosos de amor como toda la obra Bazante sus caballos galopan en el tiempo. |