- Las raíces
- Las líneas se enlazan una tras otra pero es la misma, una sola, vena de vida corriendo. En los cuadros la linealidad se suspende el momento menos pensado al igual que la vida pero vuelve a aparecer, (porque la muerte es mentira y sólo el amor es verdad, cuentan los makiritare), retorna sobre sus pasos, viborea, reclama su sitio, su aire: las líneas verticales traman una humanidad erguida, las horizontales una yacente, en reposo, nunca la muerte, siempre la vida. Hay momentos en que la línea deja de deslizarse sobre el blanco insondable de la cartulina (atributo que le concede solo esta artista: suerte de encantamiento), y, por así decirlo, se alza para hamacarse en el vacío: soledumbre, abandono, mansedumbre, reflexión; otros en los que deja de fluir y se transforma en amor, inexpresable, indefinible, (¿quién ha dicho la última palabra sobre él?), pero allí está, y los profanos vemos y creemos (fusión de ver y creer, balbuceó Rimbaud, el niño viejo y sabio: en la conjunción de estos dos verbos se aloja el secreto de toda poética); otros en los que asoma la ternura: sean él y ella resueltos en la prolongación del éxtasis; sea solo él, portentoso, devenido en horizonte; sea solo ella elevando como un canto a su hijo, o un escorzo de alguno de ellos, o tan solo un rostro irrumpiendo como una proa al viento; otros, por fin, en que aparecen grupúsculos de seres andariegos, ¿adónde van? En el arte de Pilar hay una sola respuesta: a la vida, de ella emergieron, a ella retornan. No hay en sus figuras ojos, bocas, manos, pies, pero allí estamos los humanos, todos, acurrucados, absortos, cavilantes, amorosos, silenciosos o susurrantes, ¿para qué más, por qué?
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