| Obra jubilosa y seria, animada y honda la de Gustavo Cáceres (Ibarra, 1947), no intenta dar presencias o formas intrincadas, sino, a través de cada uno de sus cuadros, narrarnos leyendas que son genuinos mitos de nuestra Amazonía, es decir, textos sagrados emergidos de la naturaleza para inculcar a los hombres un comportamiento de vida, un código de rituales, una teología dogmática y ética que explica las razones de las cosas y de la vida. Todo esto, desnudando el dibujo y las estructuras y erigiendo los temas con desenfado ingenuista. Para el hecho artístico más para el de las artes visuales, la realidad es algo que constituye el artista con los elementos del caos de sus impresiones sensoriales. Así, el artista en el caso de Cáceres es prodigiosamente tangible, deviene hechicero o mago que ignora lo que hace o cómo lo hace y prescindiendo de la verdad, se insume en los medios de expresión para impresionar a otros. Tal vez, el artista, por ventaja sea inepto para discernir entre realidad y apariencia. Tenga acaso, los prejuicios de sus ideas y de aquellas que incorpora a su obra, representando entonces una personificación de la voluntad de poder sin llegar nunca a la esencia de sus propios motivos. En auxilio de estas disgresiones vino a mi memoria Jasper describiendo el carácter de la magia en la filosofía, aunque si este planteamiento del filósofo es cuestionable, no lo es para la pintura donde ocurre con certeza irrevocable, y con mayor intensidad y transparencia, en artistas como Cáceres, recreadores natos de mundos maravillosos. |