- Los comienzos
- Bulle en la personalidad de Pablo Cardoso (Cuenca, 1965) una pasión abrasadora por su arte. El yo, esto es un estado particular de conciencia, está adiestrado para asumir algo indefinible, etéreo si se quiere que rebasa a ese propio yo. En el instante creador la conciencia se aguza al punto de estallar, sólo así el artista está apto para extenderse ("dilation"), pero a la par, para reflexionar enhebrar, coordinar, así su obra se "asiente en el caos" (Foucault). Cardoso se halla siempre en este ámbito y, si éste lo esquiva, lo busca desaforadamente. (Desde hace siete años ha sido promovido, con profesionalismo y eticidad, por la galería David Pérez-Mac Collum Arte Contemporáneo; en el compromiso no hay conminatorios o exigencias fenicias, pero éste le ha servido a Cardoso como guía de su oficio disciplinado). Y en cuanto a las calidades artísticas de este pintor, dan fiel testimonio sus obras, cada día más sólidas y mejor potenciadas por sus lúcidas búsquedas impregnadas de talento y emotividad. Sin embargo, en el fondo de este joven artista, serio y profundo, vibra un ánima angustiada por llegar a los finales del arte, consciente de que éstos son inalcanzables. ¿Cuál es la obra definitiva en los caminos de un creador ? Cardoso sabe que ésta es la que se comienza después de concluida la más reciente, círculo bello y terrible que encarna toda creación cuando es genuina.
Último de una familia de nueve hermanos, fue su madre mujer culta y abnegada quien lo orientó hacia la pintura, rodeándolo de un ambiente propicio para que se inclinara por ella. (Su padre, por cierto, considerado hasta ahora como uno de los más brillantes radiodifusores azuayos, nunca lo desanimó). Una colección de fascículos con semblanzas y reproducciones de los clásicos de la pintura universal fue lo primero que acercó a Cardoso a las artes visuales, esto, y el material que su madre puso siempre, puntual y solícita, en sus manos, para sus ejercicios de transcripción de las imágenes que iba descubriendo. Avidez y deslumbramiento; destrezas naturales que fluían raudas e insofrenables para asimilar expresiones, trazos, movimientos y espacios de los grandes maestros; una vocación que provenía de los meandros más remotos de un ser nacido para el arte; llamado urgente e inexorable de su sangre. |