- Éste es el caso de Francisco Coello. Por los años sesenta, una codiciosa, fulgurante arremetida en nuestro mestizaje, signó su obra. Figurativismo poderoso resuelto en ensayos matéricos turbadores que disgustó a más de un crítico. (El interés de Coello por las superficies es obsesivo hasta nuestros días). Pero estos dos aciertos propositivos: indagación en nuestro mestizaje y ensayos con la materia, le permitieron acceder a un Segundo Premio de la Bienal de Quito. La obra premiada exhibía pegados de contenido historicista.
Luego de trabajar varias Series en esta línea, trata lo precolombino adhiriendo a sus cuadros elementos de extracción primitiva tejidos sobre todo. Esta sustancia ensamblada a su ser creador lo guiará siempre. Contrapunto entre realidad e imagen tensada por la tradición milenaria llena de simbologías y alegorías, suerte de propuesta magicista de la historia. Ya en Europa (vive en Suiza desde hace muchos años), insistiría en nuestro mestizaje, obteniendo indudables logros en este ejercicio. Figuras mestizas recamadas por colores planos y singulares trazos composicionales, que evocaban a nuestras finas artesanías, deslumbraron a los espectadores. Phil Markus Bamert (suizo, historiador y crítico de arte) tituló su comentario, precisamente, aludiendo esta postulación. Pero, en Coello, admiro su ir alucinante, frenético en pos de la creación y no de una u otra corriente rígida y, por cierto, esa contraseña suya, que durante décadas lo mantiene incontaminado de influencias europeas. |