| Al repasar el itinerario artístico de Gustavo Egüez (Quito, 1959), sorprende, ante todo, su tenacidad en la búsqueda de los más diversos lenguajes y un compacto amalgamiento de ideas él nunca cedió al facilismo que entraña comprender a la pintura como un arte puramente manual y visual. Egüez pertenece a una generación que emergió a la conciencia histórica en pleno auge petrolero, el jaleo de los militares en el poder y un grueso estirón de nuestras principales ciudades devenidas caricaturescas metrópolis. Entre otras afectaciones propias de la porosa bonanza económica rebosaban las galerías de arte para abastecer el consumismo ramplón de una multitud de nuevos ricos. A esos sitios fueron a parar la mayoría de nuestros pintores para repetir, plantilla en mano, sus paisajes más bobalicones o sus extraterrestres más fieros y feos o, de acuerdo a las exigencias, modificar las proporciones de sus obras, cuadrarlas o rectangularlas. Los mismos artistas clasificaban sus cuadros en comerciales y serios. Sin embargo, los auténticos, los iconoclastas que por ventura nunca faltan asqueados unos, rabiosos y esperanzados otros continuaron deliberando propuestas sólidamente vertebradas que mantendrían a las artes visuales como la expresión más significativa de los últimos tiempos. |