| La niñez de Washington Iza (Quito, 1947) transcurre en El Tejar y San Diego, esos barrios que se prenden inútilmente del cielo y en donde acecha omnímodo el ojo venéreo de la miseria y la muerte. El panorama que se abre desde esos miradores es el de la ciudad antigua engullida ya por la moderna y, aún con sus calles y recovecos, sus plazas y monasterios, transfigurados siempre por una claridad que no asomó el día anterior y el forcejeo de sus habitantes con una realidad injusta. En el aire, se condensa el tufo obeso del infortunio. Introvertido, silencioso, triste, Iza va develando el mundo en sus colores y texturas, en sus luces, sombras y figuraciones, con ese aguzado ver y observar connatural a todo pintor auténtico (vida y obra de Iza hilvanan un arquetipo de autenticidad), diferente a otros artistas que viven asidos a postizajes. Al pintor le cuaja el oficio, así lo creemos, pero rescatamos para él, cierta sensibilidad especial capaz de detectar el objeto y el color preciso para acceder a la producción artística, allí en donde el común de los hombres no los vemos. Y de ella dimana su urgencia por comunicarse. El dibujo entonces deviene vaso comunicante entre lo que le interesa al pintor y el público. |