| Los pasos perdidos Camino con Ramiro Jácome (Quito, 1948) por el barrio de la Basílica. El templo que dio su nombre a la barriada luce encrestado, inalcanzable, ajeno a las calles y a las casas que se apretujan a su alrededor, refrendarias de penurias inmemoriales. En una de estas casas y por estas escuálidas calles transcurrió la infancia de Jácome. Pertenecí a una familia numerosa, rememora: once hermanos. La sonrisa se le escurre con un vaho de nostalgia por el rostro cetrino, terso, ojos rasgados. Poco ha podido el tiempo con él desde más de veinticinco años que lo conozco, a no ser por las ráfagas grises que cruzan su pelo. Enjuto (nos recuerda a esos magros pero invencibles luchadores chinos), esquivo, taciturno, obstinado zapador de sueños y utopías, del magma de su ser despegan intactos su delirio, su pasión, sus conocimientos, sus búsquedas sin reposo de la verdad en el arte, en la vida, en la historia. ("¿Cómo el mundodolor será / Más mundo y ningún dolor? / ¿Cómo la fiel lluvia caerá / Más mojada y más seca?"). Sin duda, la personalidad de Jácome pervivirá siempre así: pujante, irreverente, encarnando a uno de los más rebeldes y extraordinarios pintores de las últimas décadas. (¿Cuatro mil y más obras suyas son suficientes para apoyar mi aserto?) Pero más aún, jamás pidió nada a nadie, solo a su arte. Nunca cedió a los requerimientos de una sociedad en donde predomina el hombrecosa, únicamente a su edificante honestidad creadora. |