| El encuentro Veo a Eduardo Kingman uno de los pintores más eminentes de la plástica ecuatoriana y latinoamericana de este siglo, desde que en 1983 trabajé para él un modesto libro que inició una pomposa y quimérica colección de pintores ecuatorianos. Lo hallo igual, erguido ante las oleadas irrevocables del tiempo, apasionado, libertario, sin mácula alguna. Tal vez esté más delgado, pero su reciura de hombre, su entrega por un arte de vida, el sentido humano que registra toda su obra a lo largo de los años de trabajo no de experiencia, ya que en arte solo se empieza cada vez, se observan incólumes, en plena vigencia. Kingman es pequeño, como tallado en el metal más excelente y tenaz. Sus manos grandes y venosas conocen todos los intersticios de la creación y han palpado descarnadamente el dolor de su pueblo. La mirada atenta a las tormentas que se abaten sobre los desheredados del mundo. Su sencillez luce más clara y edificante y su sonrisa que es la pupila de su espíritu más sapiente. |