- El abrazo
El artista se inclina es alto y erguido como un árbol intemporal para enseñarme el plato valdivia que en su reciente peregrinaje por la Costa descubrió. En sus manos grandes como zarpas con ellas ha explorado el tiempo y el espacio, indemnes a pesar de lidiar con acero, ácido, fuego, yace el plato, y el sol que es una araña centelleante, plantada en la mitad del austero comedor donde estamos, zarandea por la multitud de líneas que se entrelazan sin pausa tramando una celdilla perfecta (cuadrada) en el núcleo de la pieza que el maestro exhibe. Sin advertirlo, los dos, regresando quizás a un perpetuo nacimiento, comparamos, una y otra vez, la similitud del cuadrado del plato valdivia con cualquiera de los lados de un hipercubo (Estuardo Maldonado está trabajando desde hace un tiempo en sus Serie de hipercubos), que cuelga de un hilo luminoso: cinco mil años de historia se refunden en un abrazo inexpresable en el más hondo silencio. ¿Percibió el alfarero el vértigo del absoluto del cual ha estado en vilo, en su dilatado ir creativo, la vida de nuestro artista? ¿Se conoció ya, en su tiempo, esa voluntad incoercible de Maldonado de averiguar a fondo lo desconocido: ser y estar a plenitud en el espacio-tiempo (presente), primero, y, luego, obsesivo rastreo de un más allá cada vez más insondable? La vivencia divina supone interactuar en un infinito que es compás y armonía. Pero en nuestro ser se congregan las nociones de sol, viento, agua, barro, ámbito abierto, retumbante. El yo se difumina, pero en el vacío abandonado no se instaura otro yo. Ninguna divinidad sino lo divino (per se). Ninguna fe sino el magma anterior que involucra a toda fe. Ningún rostro sino el ser sin identidad que es todos los rostros: tregua del hombre con su esencia, reconciliación y paroxismo, cercanía del absoluto, zona en la cual se ha desplazado hasta el asombro, pero siempre en los cauces de un tiránico raciocinio, el arte de Estuardo Maldonado. - Píntag
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