- Estuardo Maldonado nació en Píntag, un pueblo que rezuma soledumbre y aislamiento, en 1930. Abrumado por grandes latifundios no tiene posibilidad de acceder a ninguna manifestación cultural. El profesor, en la escuela, entrega a sus alumnos parcelas de tierra para que se adiestren en labores de cultivo. Maldonado no atina con los ejercicios cotidianos por lo que se lo castiga asignándolo al desbrozo de la tierra. En uno de sus empeños halla un fragmento de un muñeco de arcilla, entre otros cacharros rotos, y en él, el signo (la S) que se convertirá en soporte histórico-mágico de su propuesta artística, así como de sus texturologías abigarradas de inusitadas y admirables simbologías. La S, regocijo y emboscada del artista, vaso comunicante misterioso y único de una cultura milenarista (la valdivia), a la nuestra. Grafía que entraña la peripecia de la vida y de la muerte. Unidad y pluralidad de los ecos más remotos de hombre. La verticalidad es sinónimo de vida, la horizontalidad de muerte, pero, en la obra de Maldonado (pintura, escultura, objetos, dibujo, grabado por millares polivalencia y trabajo desaforado), ¿importa la posición que asuma? Ocurre que él dociliza hasta su raíz más íntima su grafema y, así como puede sin hiperbolismos construir ciudades con él, también puede tomar el pulso del tiempo y del espacio y adentrarse en los meandros de la abrasadora metáfora del eterno retorno. Su signo entonces es devorado por la inmensurabilidad de su obra.
Ciclos cargados de sabiduría y belleza los de este pintor. Nada está fijo en su creación. Manar de elucidaciones lúdicas que jamás terminan, como la vida, como la muerte, porque solo la pasión de su aventura artística es verdad. Avalancha de pensamientos, sensaciones, voluntades, conducidas por la racionalidad y el rigor de un artífice excepcional. Reino del número innumerable, inquisición del absoluto. Sacudido por la ráfaga de su americanismo (barro, piedra, luna, sol, agua, firmamento, estados puros de la vida fiesta y sacrificio), empieza todos los días su camino en cada uno de los cuales deja auto de fe un jirón de su ser en señal de su entrega. El hombre occidental de fin de milenio olvidó su nombre, el de Dios lo sepultó hace tiempo. Nuestros antepasados apenas musitaban los nombres de sus dioses y éstos aparecían de inmediato como por obra de conjuro. |