- Pasiones
- Nada sabemos de las pasiones humanas, salvo que germinan en nosotros mismos. El magma del que estamos hechos las crea, quizás la vida las va azuzando o aplacando, pero más las propias sustancias de nuestro ser, y mueren con nosotros. Su imperio avasalla nuestro carácter, nuestra formación intelectual y espiritual. Se proyectan en nuestros hábitos y costumbres, son ineludibles, no dependen de nosotros, no nos pertenecen, les pertenecemos. En este ámbito se ha movido vida y arte de Carlos Viver (Quito, 1946).
Viver nació en el tradicional barrio de La Tola. El barrio es el portillo por donde descubrimos el mundo; en él nuestros primeros pasos graban sus huellas, por sus incontables resquicios se filtran nuestros propios fantasmas; es el espacio donde circulan las sensaciones que apremian nuestros cuerpos y sentidos. El niño colecciona hojas de plantas que luego las seca entre libros y las ordena según sus formas. Juega y vagabundea en esas zonas sagradas que son las quebradas. Observa cómo una columna de hormigas una sola implacable línea negra devora el cuerpo de un pájaro muerto; días después vuelve al sitio y sólo encuentra un pequeño y blanco esqueleto. Todo cambia, todo se transforma. Las leyes de la vida y la naturaleza se develan en el acto de mirar. Vive junto a la gallera. Obligado entra en contacto con las peleas de gallos. Ritual colorido y violento. La vida es un instante, por eso hay que vivirla de una sola corrida intensa. Algo va agitándose en su espíritu: hay que luchar fieramente para sobrevivir. (La obra de Carlos Viver es, desde cierto punto de vista, defensa del mismo artista y de lo que cree justo y verdadero; actos de amor apasionado a ratos y a ratos crispado; ironía voluptuosa que va desbrozando su propio camino). |