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Monsalve:

la búsqueda incesante
 

    Concierto para flauta y chelo / 1998
    Oleo sobre tela / 100 x 140 cms.
 

El encuentro y los orígenes de la luz
Carlos Monsalve (Cali, 1957) es más bien pequeño, menudo, frágil, pero detrás de sus lentes bullen dos ojos agudos, desafiantes, osados, implacables rastreadores de elementos para su arte. Es que la vulnerabilidad física de Monsalve, incluso su connatural retraimiento (vive encastillado en su obra evitando cualquier forma de promoverla), se desvanecen cuando se lo ve a los ojos, en ellos radica toda su fuerza, su manera de ver el mundo, combativa y dinámica, el otro lado de una personalidad inconfundible, de una marca artística arrolladora y una máscara humana fraguada por el duro oficio de su creación (Monsalve ama el grabado y la escultura, el primero lo asume en toda su potencia expresiva empinándolo a categoría artística y en la segunda prefiere los bronces a la cera perdida, los dos, en tanto procesos de trabajo, son extremadamente duros).

Su obra tiene un carácter fundamentalmente interior, en ella las verdaderas aventuras tienen lugar por dentro y están siempre relacionadas con su obsesión creadora. Mientras se buscaba continuamente a sí mismo y esperaba encontrar dentro de sí el sentido de su arte, estudió pintura, merodeando de cerca movimientos culturales de su época pero no insertándose en ellos. Los primeros dibujos figurativos realizados desde muy temprana edad recobran vida y lo persiguen a toda hora. Por esto su trayectoria artística está basada en su estrecha relación con el otro lado de la realidad. Día tras día trata de perseguirla ­¿dominarla?­ sin entregarse a ella, sino buscando llevarla a la luz por medio de la obra. Así, el itinerario de Monsalve es indagación de un equilibrio que debe transformarse en el lenguaje. Este artista busca más allá de las aparencialidades del mundo, registra aquello que le permite ver cada cosa hasta sus nervaduras, como un muestrario cifrado cuyo alfabeto dé la posibilidad de recuperar esa ingenuidad original desde que la naturaleza, la realidad, se abre a nosotros, desplegando sus dos caras, es decir, su misterio en acción permanente. No obstante, el equilibrio lo halla en la unificación de los contrarios, el lado oscuro y el lado luminoso. De ahí ese signo ambiguo de su obra. En ella los códigos parecen oponerse pero siempre son ultimados por el significado total, dentro del cual todo se resuelve en una maravillosa unidad: nos encontramos frente a una continua metamorfosis de la realidad, el cambio y el movimiento sin finales de la vida. "Rostros sin nombres de antiguos recuerdos, de otras vidas quizás. / Diamantes del amor o la desdicha que flotan sobre las difusas aguas de los sueños".

 
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