Indicios La obra de Monsalve no admite clasificaciones, las rebasa o esquiva da lo mismo. Por los años setenta pinta su primera Serie de Castraciones. Lector de Sade ha entendido que, en el fondo, su escandaloso discurso filosófico era, más que una invectiva en contra de la especie humana, un propósito de despertar y disipar los engaños que la nublan. Pero estos cuadros nada tienen de excesos o desenfreno, así como no los tendrán sus travestidos, sus burdeles, sus paseadoras o sus retablos de erotismo mitológico. Monsalve conmina con su arte a la reflexión de los espectadores, los convierte en cómplices o develadores de sus contenidos. He aquí un ejemplo: un medio rostro de hombre convertido todo él en pupila inquisitiva; un ángel merodeador; una guillotina apenas entrevista y un falo mutilado en levedades cromáticas. Mucho hay de apelación a una rica simbología en el arte de Monsalve. Y en cuanto a los colores lo veo hornéandolos hasta dejarlos en una escala austera, se diría monocromática, muy suya, así tenga cuadros donde los colores estallen, pues éstos son la excepción. Lo imagina atizando a fuego lento la luz que él empleó. Aprehendiendo la química con los ojos abiertos. Queriendo que la materia reaccione solo por el placer de ver. Adivinando el esmalte cuando la materia está aún suave, tierna, apenas brillante. Monsalve entonces es, al punto, un maestro de esa pintura que emerge de la superficie y se inscribe en una química de lo profundo. |