| Los orígenes Washington Mosquera (Quito, 1955) nace en el barrio de San Diego que circunda al cementerio más antiguo de la ciudad. Mitología de un pasado tramado por barajas y puñales, inútiles aldabones de bronces oxidados, fantasmagorías de frailes libertinos, beodos y pecadores célebres, salteadores románticos, ecos de serenatas suicidas. La niñez de Mosquera decurre signada por la pobreza más extrema, por eso, aprende pronto a inventar la vida: vende agua a los visitadores de muertos para floreros de nichos y mausoleos; fabrica a destajo con otros rapazuelos del barrio pelotas de viento de aquellas que no resistían un segundo puntapié, porque eran el viento enmascarado; se gana a puñetazos el empleo de "gritador" de buses urbanos (el chofer organizaba peleas rápidas entre los innumerables muchachos que postulaban la ocupación, el ganador se quedaba en el estribo del bus e iba voceando su ruta). Así se pagó su instrucción primaria. A los ocho años fue con sus amigos a una corrida de toros en la Plaza Quito. El espectáculo se le fijará para siempre en la memoria, al punto de querer dejarlo todo y convertirse en torero. Felizmente para nuestras artes visuales, esto no pasó de ser un sueño, pues en este momento empezó a dibujar con frenesí devorador signo con el que trabajará toda su vida estampas taurinas de inocultable influencia goyesca. Dos cuadernos y dos lápices agota Mosquera cotidianamente para sus dibujos y en ese mismo ritmo paradigma de disciplina y pasión prosigue este artista. |