- Todo lo usa para su arte: las personas (su abuela Isolina, exiliada en un camastro por una insanable artritis, amasará su aguzada sensibilidad con fábulas, ternuras y golosinas); los días y las noches con sus luces y penumbras irrepetibles de su comarca natal; sus lecturas y vivencias; los asombros más hondos de la condición humana: el origen de los seres y las cosas, el amor, la soledad, el tiempo, los sueños; los objetos más extraños: desde un imperdible oxidado hasta el tinto, aquella bebida extremadamente cafeinada que suele permearnos los nervios, pero que este pintor aplica en sus lienzos; lo que ve, respira, oye; en suma, su ir existencial íntegro, en ávida, implacable, perpetua ofrenda a su creación.
Jorge Porras (Cotacachi, 1968) dibujó desde muy niño. Esfero en mano lograba espléndidas copias o caricaturas según el pedido de sus compañeros que le pagaban uno o dos sucres por trabajo. Las primeras servían para cautivar el rostro amado, las segundas para ridiculizar a algún personaje caído en desgracia ante tal o cual alumno. Bachiller en la especialidad Físico-Matemáticas, vino a Quito, carpeta que apenas podía sostener bajo el brazo, atiborrada de dibujos. Los últimos ya no reproducían caras o paisajes, sino que constituían una especie de tachismo más intuitivo que conceptual que impresionó a algunos profesores de la Facultad de Artes de la Universidad Central, quienes lo exhortaron para que ingresara a la misma. En Artes Jorge Porras los evoca con gratitud aparecen dos figuras que contribuyeron a fortalecer su oficio: la del maestro Nicolás Svistoonof y su "música del vacío", a quien le debe ciertos estupendos espacios puro aire y poesía, y la de Manuel Esteban Mejía. |