| Alto, magro y desgarbado, chamarra y zuecos inextinguibles, Carlos Rosero da la sensación de un caminante empedernido que, lápices, telas, colores y carboncillos al hombro, va a la caza de una ciudad permanentemente recóndita. No de aquella que se desmesura hacia el norte prepotente y postiza, sino de esa otra que rebulle en el centro de una realidad injusta pero siempre remodelada por una luz que no estuvo la víspera y el ejercicio diario y abierto de la vida o la muerte de sus inquilinos. Las calles del Quito antiguo caben en las líneas de una mano, se agazapan y juegan a las escondidas, se ovillan dóciles en las plazas, se detienen perplejas frente a las iglesias, toman aires de fantasmas en los recovecos o testarudean en las cuestas para alcanzar El Panecillo o La Libertad, pero todas conducen al corazón de la ciudad. La obra de Rosero es un itinerario de esas calles, un testimonio cáustico pero extrañamente amoroso de los vecinos que las pueblan. |