| El hombre Hay en Miguel Varea (Quito, 1948) un aire de infante triste y terrible que alienta su arte con el cual no han podido los años. La cabellera larga, de oro viejo, que flamea sobre sus hombros es, acaso, el último e inocultable signo físico de su rebelión en contra del sistema donde nos consumimos. Sistema de rupturas y enajenaciones, dominación, sumisiones, miedo, muerte. Su figura es desgarbada, frágil, casi etérea, sacudida por ignotos estremecimientos, y de sus brazos cuelgan dos manos ávidas de arte y de vida. Su rostro fatigado, cruzado por profundas arrugas, devela su azaroso camino: rupturas y levantamientos, insatisfacciones y soledades, búsqueda obsesiva de los trasfondos de la condición humana, abismos y horizontes. Todo a la vez en tumultuosa versión trabajada a lerdo golpe de tiempo. Confrontación con el fondo de su subconsciente y la falacia de nuestra sociedad. Es decir, la desgarradura y el gozo de todo creador auténtico. Varea abdica a las normas acartonadas de la moral burguesa y conservadora de sus orígenes: milita en el hippismo en tanto movimiento que sueña y lucha por la paz; incurre en excesos que le conducen al infortunio de perder su centro y su guía para comunicarse con la vida. Y otra vez el júbilo de vivir, padecer y crear. Y otra vez los pájaros ciegos de sus vacilaciones existenciales. Otra vez la desvida de crear sin tregua. Nuevamente las utopías por un mundo diferente. |