| En una pequeña casa austera, sin vestigio de opulencia, en el añoso barrio de El Placer, vive Aníbal Villacís, uno de los más notables pintores latinoamericanos de los últimos decenios. Hacía tiempo que había rastreado su arte y que su figura humana rondaba mi imaginación. Siempre lo imaginé nervudo, encastillado, indomeñable, capaz de sostener el mundo oscuro y portentoso, milenario y pujante que él creó. Pero Villacís es un hombre pequeño y sensitivo; apenas se lo conoce uno se prenda de su transparencia y generosidad, de sus silencios sabios, de su sencillez trabajada durante el arduo peregrinaje por la matriz de nuestra América. El humor de Villacís luce vivaz no obstante los infortunios vividos desaira a la muerte y sus manos están intactas para seguir forjando su obra. Su amor por la vida está nutrido por su amor por los olvidados de la tierra y su compromiso con la historia de su pueblo, en plenitud. |