- Memoria
- Su madre escribe versos y dibuja perfiles de Cristos adoloridos y perfectos como solía decir. Su hermano todavía conserva un hermoso trabajo enmarcado en una estrella de terciopelo púrpura. En la escuela, el artista Carlos Vicente Andrade se convierte en su maestro. Es diferente al resto de profesores. Mezcla el trabajo y el juego. No le importa terminar manos y ropas manchadas de colores. Es una especie de mago y prestidigitador que pinta los rostros de los niños, monta pequeñas obras de teatro, trabaja alfombras gigantescas con virutas y anilinas, construye decorados y carros alegóricos. En los recreos, rodeado de escolares curiosos, lee sus poemas de corte vallejiano que los niños no entienden. Él es quien labra en el espíritu de Carlos Viver la aventura del arte. El momento que borraba del pizarrón los paisajes que había trabajado, Viver sentía que algo entrañable se desvanecía en el polvo de la tiza, la pizarra se transformaba en algo triste y él también. Así fue fraguándose este pintor para el arte y la vida. Hombre inquieto y versátil, recuerda haber ejercido de tipógrafo, publicista, cadenero, empleado público, profesor, activista político de un movimiento de vanguardia Tempranamente descubre el amor y se casa con Miriam Borja Anderson, con quien procrea tres hijos: Nastia, Nina y Carlos. Viver ama profundamente a su familia.
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